¿Cero horas u hora cero? Heteropatriarcado y cuidados en Chile durante la pandemia de COVID-19

Según el Centro de la Universidad Católica de Encuestas y Estudios Longitudinales, en una encuesta publicada en agosto 2020, 57% de los hombres dedicó 0 horas a los cuidados de niños/as y 38% de los hombres dedicó 0 horas a las labores de la casa (como hacer aseo, cocinar, lavar ropa, etc

Según el Centro de la Universidad Católica de Encuestas y Estudios Longitudinales, en una encuesta publicada en agosto 2020, 57% de los hombres dedicó 0 horas a los cuidados de niños/as y 38% de los hombres dedicó 0 horas a las labores de la casa (como hacer aseo, cocinar, lavar ropa, etc.) (“Trabajo doméstico no remunerado”, El Mostrador, 14 agosto 2020). 

Nos ponemos en los zapatos de una encuestadora:

¿Alo? Sí estoy llamando desde el CentroUC de Encuestas. ¿Cómo está usted hoy día?

Bien, súper bien.  Muy relajado.

Qué bien.  Estamos realizando una encuesta sobre cuidados en el hogar.  Cuénteme, ¿usted tiene hijos?

Sí! Tengo cuatro hijos, entre dos y seis años. Y una hija más grande que vive con su mamá.  

Una familia grande. Que bonito.  Señor, ¿usted cuantas horas dedicó a sus cuidados durante la semana pasada o dentro de una semana promedio?

¿Cómo? ¿Cuidados?

Sí, señor.  ¿Cuántas horas de la semana cuidó a sus hijos la semana pasada?

Pucha, yo trabajo desde la casa, soy proveedor.  Cuando termino mi jornada me dedico a lo mío, ver el partido, jugar Play, la pichanga, tú sabes.  ¡Me lo merezco! Si trabajo duro.  Además, cuidar a los niños es trabajo de mujeres.  Por eso tengo a mi mujer y a mi mamá.

¿Entonces, cuántas horas, señor?

¡Lo que me escuchaste! Nada, cero horas.  ¿No me entendiste?

Cero horas, ¿me está señalando cero horas, entonces, señor? ¿cero horas?

A estas alturas no nos debe quedar ninguna duda que la pandemia global de COVID-19 ha sido no solo una crisis sanitaria y una crisis económica, sino también una profunda crisis en cuanto el trabajo, la familia heteropatriarcal y los cuidados.  

Por “familia heteropatriarcal” me refiero a una familia basada en una pareja heterosexual, comúnmente co-habitante y frecuentemente unida en matrimonio, adonde existe una relación patriarcal de poder, dentro de lo cual lo masculino es tratado como “superior”.

Hasta cierto punto esto no nos debe sorprender, ya que existe una amplia bibliografía crítica feminista sobre capitalismo, cuidados y el Estado desde los años 60 en adelante, liderada tanto por economistas feministas (Hartmann, 1982; Carrasco, et.al, 2011), como filósofas, (Federici, 2013), y, complementada, además, por teóricas políticas que han trabajado la ética o la política de los cuidados (Tronto, 1993, 2013).

Por otro lado, también existen numerosos estudios del tema que apuntan hacia cómo el estado de bienestar en diversas latitudes se fue conformando, en gran parte, según parámetros “maternalistas” del Estado, los partidos y los grupos de mujeres (incluyendo feministas) y, además, como respuesta a las necesidades de los sectores populares, en particular, las mujeres trabajadoras y sus familias (Fraser, 2013; Gordon, 1998, 2001; Molyneux, 2003; Ramm & Gideon, 2020). 

En el caso chileno, este relato histórico es complicado por el desarrollo de un Estado de bienestar basado, en gran parte, en la consolidación de un modelo de familia nuclear y heteropatriarcal, hasta ese momento algo esquivo.  En primera instancia, las formaciones familiares campesinas y populares tenían a mujeres como las principales responsables, fundadas en la dupla de “madres y huachos” (Montecino, 1991) y tipificadas por familias extendidas rurales o recientemente urbanizadas, de redes fuertemente matriarcales y feminizadas (por ejemplo, la abuela, la madre, las tías, y las vecinas que cuidaban a los hijos y los nietos en común) (Tinsman, 2002; Valdés, 2007). 

A partir de los gobiernos del Frente Popular, hubo esfuerzos concretos estatales destinados a re-ordenar las familias populares, que validaron, en gran medida, la familia heteropatriarcal, basada en el padre, proveedor, que trabaja de forma renumerada fuera de la casa – participando, en lo posible, en los sindicatos y las actividades “saludables” asociadas con estos espacios (y en contraposición a los “vicios” del alcohol, las cantinas y los prostíbulos) – y la madre, ama de casa, buena “madre-esposa”, responsable del desarrollo armónico y saludable de su familia dentro del hogar (Illanes, 2007; Rosemblatt, 2000).

El Estado buscaba hacer estos cambios ya que se consideraba, con las teorías y los argumentos de su época, que así se iban a mejorar las condiciones de vida de las familias populares, y por ende, las fortunas de las generaciones futuras y la “raza” chilena (este último por teorías eugenésica en boga en ese entonces).   

Dentro de este esquema, el trabajo femenino remunerado, en particular el de las madres, es muy mal visto (Hutchison, 2001), ya que le quitaría horas y dedicación a lo que era su “trabajo natural” y más importante, ese de criar a sus hijos, futuras generaciones de la nación. 

Por lo mismo, y hasta bien adentrado en el S.XXI, Chile ha sido uno de los países latinoamericanos con las tasas más bajas de participación femenina en la fuerza laboral, y adonde generalmente las mujeres se restan de estas actividades justamente “por responsabilidades familiares” (“Chile es sexto país OCDE con menor participación laboral femenino”, La Tercera, 8 de marzo de 2015). 

Durante el gobierno de la UP de Allende, las políticas públicas para las mujeres eran, en su gran mayoría, políticas destinadas a las mujeres populares como madres y amas de casa, de esta forma, garantizando mejor salud materno-infantil, a través de programas específicos como el “vaso de leche” (Goldsmith, 2020). 

No obstante, hasta cierto punto, el gobierno de la UP también trataba de promover el trabajo femenino, construyendo 73 nuevos jardines y refaccionando más de 400, creando 467.000 nuevos puestos de trabajo sólo para mujeres, abriendo comedores populares en las fábricas y estableciendo un programa masivo de comidas preparadas en el casino del Edificio Gabriela Mistral (lugar de la Secretaría de la Mujer, edificio ahora conocido como “GAM”), llegando a preparar y entregar 150.000 raciones de comida que pudieran ser compradas a bajo costo y llevadas a casa por las mujeres trabajadoras (Vitale, 1999, p. 209).   

Con el golpe de estado de 1973 y la implantación, a la fuerza, del neoliberalismo, se cortaron o se redujeron drásticamente las políticas públicas asociadas con el Estado de bienestar y la socialización de los cuidados (Winn, 2004).  Sin el “salario familiar” y las garantías sindicales, y en conjunto con la masiva cesantía y la flexibilización laboral del Plan Laboral implementado por José Piñera, ahora no habría ningún incentivo para que las mujeres no trabajaran. 

Al contrario, y con las modificaciones económicas neoliberales introducidas – como el enfoque en rubros que valoraban el “trabajo femenino” por ser más barato y de manos más “delicadas”, tales como la cosecha y los packing de la exportación de la fruta y los vinos (Hiner, 2019; Tinsman, 2004, 2016; Valdés, 2001) – más mujeres que nunca iban a insertarse en trabajos precarizados y mal pagados. 

Esto sólo se ha consolidado desde los años 90 en adelante, con un enfoque en los “servicios” y la economía “gig” (un “gig” es un trabajo informal y esporádico) que emplea grandes números de mujeres, como cajeras en supermercados, garzonas en restauranes, operadoras de callcenter, y técnicas en enfermería en asilos de adultos mayores, todos trabajos altamente feminizados y generalmente mal pagados. 

A la par con esto, y particularmente notable desde el primer gobierno de Bachelet, ha sido el aumento en el acceso a jardines infantiles estatales, bajo el sello de la “protección social” y a través de una masiva expansión del sistema JUNJI.  De esta manera, en los últimos veinte años se ha logrado una mayor inserción de las mujeres en la fuerza laboral, en gran medida, justo por un esfuerzo “focalizado” del Estado subsidario y un SERNAM que buscaba posicionar programas laborales para mujeres “jefas de hogar”.

Lo que quedaba fuera de esta discusión, en gran parte, eran dos problemas interrelacionados.  Por un lado, una resistencia bien pronunciada por parte de los hombres chilenos – principalmente los heterosexuales, parejas de mujeres trabajadoras – a la hora de tener que ser “co-responsables”, esto es compartir de manera más equitativa las tareas de la casa y los cuidados, tal como vimos en la encuesta que abre este texto. 

Y, por otro lado, también quedaba fuera re-conceptualizar la economía neoliberal, o una relación vida-trabajo, adonde los “cuidados” se volvieran centrales.  Si el capitalismo neoliberal es fuertemente basado en el modelo competitivo del mercado libre, la mentalidad de “ganar a todo costo”, y el consumo del individuo, no nos debe sorprender que el bien común, de cuidar y velar por “otrxs” es algo invisibilizado y, hasta, vilipendiado. 

Si el actual sujeto neoliberal, según Wendy Brown (2015), es el “homo oeconomicus”, es evidente que este también incluye conceptualizaciones claras en cuanto género, raza/etnicidad, y clase: esto es que se desprende desde la figura del hombre blanco “exitoso”. 

Lo que no se cuestiona aquí es ese mundo invisible, pero totalmente necesario, de los cuidados que permite el posicionamiento político de este hombre “self-made” (el hombre que, literalmente, “se hace a sí mismo”), un contra-mundo poblado principalmente por mujeres y otros sujetos subalternos, cuyas labores no son remuneradas o sólo de forma muy mínima y desigual.  

Durante la pandemia global por COVID-19, se ha terminado con la posibilidad de “externalizar” los cuidados, lo cual había sido la opción para la mayoría de las mujeres trabajadoras, o a través de servicios individualizados caros, como pagar a trabajadoras de casa particular o a través de servicios socializados, tales como los jardines infantiles.  De esta manera, el peso total de los cuidados se ha caído encima de las mujeres, llevándolas a una “triple jornada” dentro de sus casas. 

Por los riesgos para la salud asociados con el traslado y los cuidados mismos, quedan muy pocos “servicios” pagados en cuanto los cuidados, fuera de los delivery de supermercados y restauranes, trabajos hechos generalmente por los cuerpos más precarizados y racializados de migrantes pobres.  Pero todo lo demás se ha replegado al hogar.

Y por lo antes mencionado sobre la falta de co-responsabilidad y el neoliberalismo, en prácticamente todos los casos han sido las mujeres las responsabilizadas y, por ende, las más agobiadas.  La crisis de COVID-19 sólo desnuda lo que muchas mujeres ya estaban viviendo, es verdad, pero también agudiza y sobrecarga esas mismas mujeres. 

Los momentos de crisis también son momentos de cambio.  El colapso de las mujeres trabajadoras durante la pandemia de COVID-19 en Chile es algo real y, en extremo, preocupante.  La cantidad de mujeres que están enfrentando situaciones graves de estrés, colapso emocional, ansiedad, depresión, o, incluso, idearios suicidas, no es menor. 

Muchas se automedican con alcohol, marihuana u otras drogas, como las típicas pastillas para dormir o para la ansiedad (Clonazepam y otras benzodiazepinas, en particular).  Algunas activan redes familiares y feministas en pos de criticar y resistir.  Pero lo que no se puede perder de vista es que esta situación ha sido extremadamente dura y, por tanto, al momento de re-posicionarnos frente cuestiones políticas y constitucionales, los cuidados deben estar en el centro de ese “nuevo mundo” que buscamos crear. 

Al no ser así, sólo será otro caso de un saludo tibio a la bandera, un “al rey muerto, rey puesto”, del neoliberalismo heteropatriarcal que actualmente destruye nuestras vidas y nuestra planeta.

Autor: Hillary Hiner

Historiadora feminista y doctora en Historia de la Universidad de Chile.

Referencias Bibliográficas

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