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Alcachofazos

                Uno puede ir por la vida tranquilamente, pateando un par de piedras, esquivando una poza de agua y contemplando lo hermosa que se ve la cordillera de los Andes, los días de invierno, desde la ribera del Mapocho. Llegar al trabajo y hacer lo mínimo posible, con el máximo de ganancia, para salir, a la hora precisa, con las siempre dispuestas zapatillas de clavos. Durante el ocaso de la tarde, las palabras de rigor con el vecino que te saluda cansado y obligado cumpliendo su ritual. En el hogar, dulce hogar, una televisión  te espera despierta y ansiosa para cubrir con su bullicio, las palabras que  no se dicen, las ideas que no se piensan y los abrazos que no se dan. En la noche, una caricia intenta despertarte, pero el somnífero de la prestigiosa industria farmacéutica,  con su bioequivalencia  comprobada, demuestra su poderío total. Así van pasando los días y las noches, en una letargia que se armoniza con el desquicio y una serenidad que logra encontrar su equilibrio, al acostumbrarse al despojo y la injusticia.

                Sin embargo, a veces la tierra tiembla, por segundos logra conmover los cimientos y pilares de la sociedad y sacude al mismo tiempo las rígidas estructuras mentales,  dejando al descubierto aspectos o destellos de luminosidad provenientes de las profundidades del ser, que tal vez por  quietud y anquilosamiento heredada de los  antiguos esclavos e imitada por los nuevos, habían pasado completamente desapercibidas.

                El primer remezón ocurre más temprano que tarde cuando la  idea de la muerte se va instalando en tu existir. Inicialmente como un evento natural de los seres vivos que te rodeaban, siendo el complemento perfecto de las cosas que iban desapareciendo, de esa manera, lo que iba cumpliendo su ciclo se desechaba para que la rueda siguiera rodando. De repente y sin darte cuenta, el relámpago fulmina tu conciencia, cuando asumes que esa muerte ajena y lejana también te tocará ti. Y por algunos instantes piensas en el valor de la vida, en el aquí y el ahora y  en lo insignificante de la acumulación material. Surge la  angustia de que no se pierda una gota en la copa y te dan ganas de aprovecharla al máximo, expresando  tus opiniones para que  nadie sea avasallado, sumándote a la marcha y al canto.  Despiertan tus emociones y junto a  tu amada, con un beso transformado en flecha, se suben al primer transporte cuyo horario y destino lo va marcando  la incertidumbre y en ese trance van pasando cosas y más cosas, hasta que la hipnosis colectiva nuevamente te adormece y hace olvidar.

                El segundo fogonazo que ilumina la conciencia hasta encandilarla, tiene que ver con ese proceso de locura transitoria que se introduce bajo tu piel. En donde por momentos la noche se hace día y aparece un gusto inexplicado por esas zonas, en que la luz se distorsiona, cuando la pasión arrebata tu polera y su vestido en un atardecer ya lejano y conoces el amanecer abrazado a  un placer extremo jamás sentido. El amor revoluciona y cambia lo que te rodea,  pero también se acaba y descubres que las penas profundas del alma no te matan totalmente y alcanzas a sobrevivir atado a un madero y si el tiempo y el toronjil con sus propiedades  lo permite, hasta puedes volver a tierra firme y juntar tus partes desarmadas para reconstituirte como ser humano. Como un deseo postrero y si los astros te acompañan, tal vez vislumbres que  el amor después del amor también existe. Me da miedo escribir tanto esa palabra, es como si fuera una sombra que es imposible alcanzar y que afortunadamente se escabulle  al sólo escuchar su aliento, pareciera que jugara a las escondidas en el bosque, para que el lobo  no la encapsule y venda como una baratija en la oferta del mercado de la ciudad.

                Si en algún momento te sucede que andas ciego a lo que te rodea, caminando automáticamente sin sentir el suelo bajo tus pies, para llegar casi sin saberlo a fin de mes, es que la somnolencia intrascendente, se ha pegado a tu forma de vivir. Es el tercer  aviso de tu reloj interior que ha dado la alarma para llenar de contenido las acciones del devenir. Siempre queremos un poco más de luz cuando se aproxima la oscuridad, pero ya no basta con el tiempo regalado. Encontrar un sentido, una finalidad, un vivir para algo o por algo cubre como un paraguas la lluvia del vivir  que al darle sentido, sin quererlo se transforma en existir. Las miradas y abrazos tienen otra intensidad y son más dulces y tiernos los mismos besos  de ayer. Cada  denuncia de lo torcido, sirve para ir abandonando los prismáticos uniformadores, que infunden el desaliento, para ir descubriendo con la mirada transparente un mundo invisible que se ilumina al saber que no se volverá a repetir.

                La vida continúa con truenos y relámpagos que inquietan por cuarta vez tu ser, cuando te das cuenta que la energía contenida en el Big-Bang de tu universo no alcanza para cambiar el mundo, el voluntarismo en que te embarcas pensando en lo  equivocado en que están los otros va chocando con un modelo de concreto que se resiste al cambio y a menudo se conforma y resigna con  los desechos que como goteras caen de la cúpula de cristal. La teoría se divorcia de la calle y cada una funciona muy bien por separado, los libros en las bibliotecas hablando de atropellos a la razón y el murmullo del enjambre automatizado produciendo miel. Mientras tanto algunos se  organizan, arrebatando  para su beneficio personal el elixir final. Todo se torna más difícil y prolongado y  nos escondemos en nuestro caparazón para las necesarias transformaciones internas que garanticen un cambio profundo que finalmente se irradie al exterior. Tiempos de tortuga que reflexionan por sus derechos y van paso a paso, a un ritmo lento pero seguro, decididas a salvar el panal.

                Antes de este transitorio terminar,  me pego el quinto y último alcachofazo de este recorrido existencial, al vislumbrar que los derechos de los hombres y mujeres, como un marco ético mínimo para conversar, ya no son suficientes para este mirar. De reojo vemos la tierra o Pachamama, que sin temblar, exige derecho y lugar.

Por Álvaro Pizarro Quevedo

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