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María Rodés nos cuenta sus secretos


“¿Revelación o timo?”, se preguntaba el sitio español jenesaispop a inicios de 2010, cuando María Rodés aparecía con su primer trabajo en solitario, luego de su disco con Oniric. Y no es que hayan dudado especialmente de ella, sino que al parecer las desconfianzas han crecido en dicho territorio ante la avalancha de grupos inconsistentes dentro de la cada vez más intragable categoría “indie”. Con dos discos bajo el brazo, el poco tiempo transcurrido  ubicó a Rodés no sólo como revelación sino como una de las figuras más auténticas del pop de ese país, a punta de fragilidad y aventura.

Tal como la historia no es un continuum, no hay una linealidad en el camino estético de la barcelonesa María Rodés. Así lo atestiguan los materiales y las intencionalidades sonoras con que ha trabajado desde Oniric -su anterior dúo junto a Andy Poole, con el que editó “Sin técnica” en 2009: preciosismo minimalista/copiosa instrumentación al servicio de un sonido acústico y orgánico, sonoridades concretas o ‘encontradas’, intimismo no exento de humor en las letras, fragilidad y fortaleza en dialéctica…

Y aunque no es lo esencial, las preguntas suelen enfocarse en la faceta de “chica con guitarra de palo”, tratando de atar cabos mediante sus influencias y afinidades estilísticas. No obstante, Rodés parece no venir arriba precisamente de esa ola, sino de la propia digestión de sus experiencias, del enfrentamiento con sus capacidades y la resolución de sus necesidades expresivas; todos elementos que parecen haberla llevado a este resultado musical y poético.

Más interesante y no menos decidor son los recursos. “Me gusta grabar en casa con lo que tengo a mano; en mis canciones aparecen grifos, cepillos de dientes, mecheros, lápices dibujando…. al final me hago un lío y todo acaba sonando a fffffff…..pero le he acabado cogiendo cariño a este permanente hilo de ruido en mis canciones”, confiesa en su sitio de Bandcamp.

Si bien existe un impulso primigenio en el ser humano por hacer música con los objetos que se tengan a mano, la mediación alto-tecnológica y el conceptualismo han desnaturalizado dicho impulso y hoy nos parece ‘raro’ o ‘vanguardista’ la utilización de objetos cotidianos. Pero no es que Rodés haya llegado por la vía del experimentalismo a estos elementos; más bien en ella se aprecia una cierta naturalidad y espíritu lúdico -a la par que la precariedad- que dibujan un camino que no tiene que ver con la llamada ‘evolución’ o ‘madurez’. Así, por ejemplo, en ciertos momentos de Oniric, los ruidos están más presentes que en sus trabajos posteriores, lo que contradeciría, al menos en parte, la idea de evolución (si es que considerásemos el ‘experimentalismo’ como un estadio de desarrollo más avanzado).

Probablemente, “Una forma de hablar” (BCore, 2010), haya sido una carta (y fue una carta) de presentación un poco más despejada de estos elementos, lo que puede responder a una propuesta estratégica pero sincera con su momento vital. Sí, no hay por dónde dudar de Rodés, poseedora de un encanto dado por una figura al mismo tiempo suave y desafiante.

Podría haber cultivado más extravagancias, un aura más angelical, o haber echado mano a alguna otra treta de “originalidad”. Sin embargo, más allá de algunas de sus sonoridades, su discurso lírico es relativamente tradicional: aunque recurrente en tópicos de pareja, a menudo se las arregla para darles una vuelta, no excluyendo el humor. Quizás los momentos más inspirados son cuando sus letras dejan de interpelar directamente al otro para centrarse en sí misma. Como ha confesado, con el tiempo dejó el inglés, lengua que le acomodaba en su distancia, para hoy entregarse totalmente al español, enfrentando y liberándose de los pudores de una afrenta de sentido más directa y susceptible de malas interpretaciones.

Sobre su corpus de canciones puedo agregar, primeramente, que sería mejor escucharlas en invierno. Su dulzura y calidez son como caderas que te rozan y entibian la cama una noche fría. En “Una forma de hablar” había espacio para arpegios típicos y otros más heterodoxos, atmósferas suavemente hipnotizantes, o juegos vocales y melódicos, y también lo había para la ternura y lo siniestro, el juego de cabaret, el country folk, el paroxismo minimalista o las canciones de cuna patéticas. Un cúmulo de vías para despojar a la canción de cualquier interferencia que escondiera su sentido, a la vez apropiándose de las potenciales interferencias para su favor.

Si bien una primera escucha de su segundo disco, “Sueño triangular” (Bcore, 2012), puede llevarnos a pensar en una profundización de su faceta más experimental – aunque esto no deja de ser cierto- la prolijidad no viene dada por la integración de más elementos sonoros no tradicionales o de una variada instrumentación, sino por las exploraciones compositivas y de arreglos (“Transiciones”), por ciertas atmósferas más tensas (“Cae lo que fuego fue”) y letras que sutilmente se adentran en anhelos de libertad y desafío a las normas sociales (“Haz lo que te de la gana”).

Por otro lado, “Mirall” y “Hum!” son dos bellas y particulares canciones que recuerdan las raíces catalanas de Rodés. Y vale señalar que estuvo trabajando junto al músico Raúl Fernández (Refree) en el proyecto Cançons de bandolers i molt mala gent, una adaptación de canciones catalanas tradicionales de bandidos, en la vena de lo que, por ejemplo, Nacho Vegas hizo junto a Xel Pereda en “Lucas XV” con el cancionero asturiano. Ese trabajo de Rodés junto al autor de “Quitamiedos” (2002) no ha salido a la luz como disco, pero fue presentado como espectáculo en vivo.

Varias veces Rodés ha evocado en los cronistas la figura de Cristina Rosenvinge. Independientemente de esa comparación, es más interesante que una cantante joven irrumpa con una propuesta estimulante dentro del espectro de la música pop. En el caso de Rosenvinge, tuvieron que pasar décadas para hablar de ‘madurez’. Más allá de la justicia, la música de Rodés está viva y en proceso; y como en toda música hay algo indecible, que el lenguaje no logra transmitir, sólo el tiempo dirá dónde están sus principales méritos.

Por Cristóbal Cornejo

El Ciudadano

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