Asfixia por un deseo inconfesable

Columna de opinión

Por Valentina Carfulen, trabajadora sexual, escritora y activista transexual

El trabajo sexual fuera de Chile es una gran oportunidad, como el sueño americano pero para putas. Es abrirte paso como actriz porno a una nueva industria con nuevos hombres y más dinero. ¿Y qué puede hacer una puta transexual que nació en un lugar no acomodado, en una familia convencional y con la moral religiosa de un país que no le da oportunidad a nadie de un trabajo digno? ¿Qué puede hacer una puta transexual que tiene hermanos y quizás el sueño de ser madre de alguien a quien este país huérfano no quiere sostener o no le dejan, por miedo a que la norma se destruya? Como que la vida actual hiciera a las personas muy felices, con -por ejemplo- un sueldo mínimo y 45 horas semanales.

Pero aquí es muy distinto: estoy lejos de mis tierras, de mi gente. Me marcharé porque en Malasia la biodiversidad de la fauna y las personas es grandiosa para este trabajo. Los clientes prefieren la belleza de muchas transexuales asiáticas -llamadas en la categoria porno como “ladyboys”-, entonces una belleza latina también puede ser bien catalogada.

El hotel en Malasia acoge a gran cantidad de turistas. Yo en mi habitación los espero con mi mejor lencería. Toda transexual sabe el deseo inconfesable que una causa en un hombre, todos quieren ser parte de esta feminidad, porque la ficción de ser mujer es grandiosa pero peligrosa. Y es que en mis sábanas se han revolcado tantos Larraín y tantos Maureira, desde pacos hasta grandes revolucionarios, y nunca me ha pasado nada, porque mi política erótica ha invadido como un virus cada clase social con un beso y una eyaculacion (a ratos precoz). Mi saliva se acostumbró a hacer muchos trabajos rápidos, porque hay que ser trabajadora sexual para saber que el tiempo es lo más preciado que tenemos las personas.

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Atender a dos hombres de apellidos importantes y probablemente hijitos de algún empresario, es rentable. A muchos hombres les fascina la idea voyerista de mirar un fellatio mientras su pene es partícipe de vez en cuando. Eso ocurrió aquel día. Porque aquel día que mataron a ese “hombre” -que muchos medios nombraron como “él”- terminaron asesinándome a mí y a todas mis compañeras transexuales y travestis, porque nunca fuimos él, siempre fuimos ellas, éramos nosotras las asesinadas. Una más de la larga lista.

Dicen que fue un asesinato involuntario: ¡¿Con qué intención una trabajadora transexual sale detrás de dos hombres que la fueron a visitar?! Dicen que no hubo sexo, como si el sexo solo fuera meter y sacar. Como si la masturbación y el sexo oral no fueran prácticas sexuales recurrente de clientes (y de cualquier persona, realmente). Como si no existieran clientes que le roban dinero y tiempo a las putas. ¿Qué puede hacer una transexual que pide que le devuelvan su dinero y tiempo a dos hombres de 1.80 metros de altura, de 80 kg. de peso sobre ella? La falta de aire provoca silencio, ¡cállate! Como si hubiera sido el primer caso. Como si en la calle después de la eyaculación a los hombres no les entrara la culpa.

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Porque nadie quiere que las putas y transexuales hablen y griten la verdad. Los medios han sido cómplices de aquellos asesinatos. No señores, no les escribiré ningún libro de autoayuda para su deseo inconfesable. Me basta esta breve columna para percibir que todos los responsables de asesinatos y sin respeto a las identidades tienen olor a mierda.

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