Bolivia, al borde del abismo

Por Francisco Herranz

El presidente de Bolivia, Evo Morales, se ha visto forzado a renunciar a su cargo a consecuencia de un golpe de Estado cívico-militar que ha provocado un peligrosísimo vacío de poder en ese país andino.

Morales entregó la Presidencia en una jornada muy intensa, después de haber comprobado que los altos mandos del Ejército boliviano le habían retirado su confianza y le habían recomendado que optara por la dimisión para sacar al país del precipicio, pero también para salvaguardar su integridad física y la de los suyos.

«Luego de analizar la situación conflictiva interna, sugerimos al presidente del Estado que renuncie a su mandato presidencial, permitiendo la pacificación y el mantenimiento de la estabilidad por el bien de nuestra Bolivia», declaró el jefe de las Fuerzas Armadas, el general Williams Kaliman, en una conferencia de prensa.

El pronunciamiento castrense fue determinante y cambió el rumbo de los acontecimientos.

El jefe del Estado dimitió en una dramática alocución televisada. También abandonó su número dos, el vicepresidente Álvaro García Linera. La cascada de renuncias en el gabinete de ministros y en la máxima dirección tanto del Senado como de la Cámara de Diputados ha generado una crisis institucional de enormes proporciones y ha puesto a la nación al borde del abismo. Asumió las funciones de líder del Senado la segunda vicepresidenta de la Cámara Alta, la opositora Jeanine Añez, siguiendo el orden de sucesión establecido por la Constitución. La principal misión de Añez será convocar elecciones en un plazo de 90 días.

Un país la deriva

La crisis ha dejado pues descabezada a Bolivia, entregando el poder en bandeja a la oposición más combativa, encabezada por el líder derechista Luis Fernando Camacho, instigador de las protestas callejeras. Camacho es un abogado de 40 años, oriundo de Santa Cruz de la Sierra, de familia acomodada, apodado «El Macho» por su actitud y sus maneras. Lidera el Comité Cívico Pro Santa Cruz, una organización oligárquica que agrupa a dos decenas de entidades vertebradoras de la sociedad civil de esa ciudad. El historial del Comité es bastante turbio, pues la Federación Internacional de Derechos Humanos la calificó, en un comunicado emitido en 2008, de promover actos de violencia y racismo.

Sin embargo, la renuncia no detuvo el empuje del tsunami. Morales denunció que iba a ser detenido por unidades policiales, algunas de las cuales se habían amotinado previamente en sus cuarteles de Cochabamba, dando la espalda a sus superiores y fomentando la extensión del caos por todo el Estado Plurinacional. Las preocupantes noticias indicaban que la ingobernabilidad estaba dando paso a una creciente inseguridad ciudadana, con actos de vandalismo y pillaje en las ciudades de La Paz y El Alto. La casa de Morales en Cochabamba fue asaltada y saqueada y éste tuvo que refugiarse en la provincia de Chapare, su cuna política, para evitar los excesos de la turbamulta. Todo apunta a que, si antes no se calman las aguas o es aprehendido y le ocurre algo incluso peor, Morales deberá pedir protección fuera de las fronteras bolivianas y solicitar refugio político en el extranjero. Las autoridades de México se ofrecieron a recibirle conforme a su tradición de asilo. Ese sería un destino triste y lamentable.

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La Organización de Estados Americanos (OEA), que exigió la repetición de las presidenciales bolivianas tras detectar «graves irregularidades» en el recuento de votos, ahora permanece callada. Su silencio es demasiado elocuente. Pareciera que buscara el cambio de personas progresistas por otras de talante más conservador y menos bolivarianas. Tras hacerse público el duro dictamen de la OEA, el propio Morales había aceptado una auditoría internacional de las elecciones celebradas el pasado 20 de octubre y la convocatoria de unos nuevos comicios. El adversario electoral de Morales, el expresidente Carlos Mesa, será el gran beneficiado de todas estas concesiones que han quedado sobrepasadas por la fuerza de los hechos.

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A Evo lo avalan los números

Lo paradójico de esta terrible situación de anarquía es que Bolivia le debe mucho a Morales y su gestión administrativa de casi 14 años. El que fuera el primer presidente indígena de Bolivia, de raíces aimaras (y no de América Latina como se escribe erróneamente pues ese título lo ostenta el mexicano Benito Juárez, de origen zapoteca, que fue presidente de México en 1858), realizó grandes transformaciones en su patria desde que tomó las riendas en enero de 2006.

Baste un dato: El último informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) «Perspectivas de la economía mundial» señalaba a Bolivia como el país latinoamericano que mayor índice de crecimiento económico proyecta para este año. Para 2019 el FMI pronostica una subida del 3,9% de su Producto Interior Bruto (PIB), y del 3,8% para 2020. El organismo con sede en Washington constató, en el capítulo de proyecciones, «una baja generalizada que afecta a todos los países de la región, siendo Bolivia la menos afectada».

Después de pasar un mes entero allí, la periodista venezolana Luz Mely Reyes considera que Bolivia es «la Wakanda de América Latina», en referencia a los comics de Marvel que crearon ese país imaginario africano con asombrosas propiedades tecnológicas. «El crecimiento económico en Bolivia se percibía en la calle, pese a que es un país donde hay mucha pobreza. Seguridad en las calles, movimiento general y unas ganas inmensas de seguir avanzando», escribía Reyes en un reciente tuit. La periodista se asombraba, por ejemplo, de que en menos de una década se haya creado un sistema de líneas de teleférico que ha mejorado ostensiblemente el transporte en el área metropolitana de La Paz, uniendo la capital con El Alto gracias a una solución innovadora.

Evo Morales ha dado un paso atrás pero eso no significa que haya abandonado la política. Consciente de que iba a perder la repetición de las elecciones frente a Mesa, su intención podría ser regresar a la arena política a medio plazo pues sabe perfectamente que dejó Bolivia con buenos indicadores económicos. Su error estratégico consistió en forzar la reelección.

Francisco Herranz ha desarrollado su carrera profesional en el diario El Mundo, donde ha sido corresponsal en Moscú (1991-1996), redactor jefe de Internacional y de Edición y editorialista, especialista en Europa del Este y colaborador en varias publicaciones especializadas, desde 2010 es profesor en el Máster en Periodismo-El Mundo de la Universidad San Pablo-CEU.

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