Negociando con Frei y “ser” de izquierda

Una mala lectura del magro porcentaje obtenido por la candidatura de Jorge Arrate (menos del 7%) y de los tres diputados electos por el PC pueden conducir al comando de la candidatura del programa de izquierda a repetir el mismo error causante de la hemorragia de votos hacia Enríquez-O, Frei y Piñera:  aparecer como un apéndice de la Concertación y sellando un pacto con el comando freísta sin lograr imponer las reivindicaciones democráticas mínimas de la izquierda en el período postdictadura.

Tal escenario, de realizarse, significa el suicidio político de un eventual movimiento de izquierda autónomo del concertacionismo y con proyección al futuro.

Una vez más la historia se construye en el presente.  Hay que aprovechar la oportunidad. La tendencia histórica es modelada por las decisiones tomadas ahora y aquí. Es en la configuración actual de las relaciones de fuerza entre las clases y los actores políticos que representan los intereses de esas clases que hay que actuar. Es el ABC de la política. Por lo mismo se negocia siempre desde una posición de fuerza. La Izquierda arratista, en cierta medida se cortó las venas. Pero todavía puede negociar desde una posición de fuerza relativa. Que en términos cuantitativos para el concertacionismo son absolutos.

Hasta los politólogos liberales lo dicen a su manera: “El actor es libre en un sistema”. Lo que no mencionan es la importancia de los intereses en juego (la ilusión liberal pretende que sólo hay individuos, sin relaciones sociales, ni clases), ni la posibilidad real de cambiar el sistema, ni tampoco la necesidad imperiosa de hacerlo —por medio de la acción colectiva— cuando éste favorece a los poderosos. La otra premisa que hay que considerar es que cada grupo del sistema, o que se integra a él, desarrolla intereses particulares (algunos prefieren hablar de un “ethos”) que son expuestos (ideológicamente) como siendo generales o naturales.

Una dirigencia debe ser conciente del rol que asume y de lo que históricamente se está jugando. La ignorancia no puede ser un pretexto para no asumir responsabilidades.

Y hoy -como ya lo han analizado varios columnistas- hay que rendirse a la evidencia. Lo prioritario para las voluntades concientes es construir un movimiento de izquierda que evite a los ciudadanos y ciudadanas movidos por los ideales de la emancipación (democracia, justicia, igualdad y libertad sin dominación) tener que elegir en cuatro años más entre el menos malo de los candidatos de la clase dominante. No podemos andarle buscando virtudes a candidatos que no tienen ninguna y que, al contrario, son la antítesis viviente del demócrata.

Además, lo más importante es el programa de gobierno que se le presenta a las mayorías ciudadanas y las garantías de que éste no sea traicionado ni en su espíritu ni en la letra.

Y la única garantía de la concretización de un programa son los movimientos sociales y de trabajadores dispuestos a luchar por ellos y a no darse por vencidos hasta imponerlos como conquistas.

Es teniendo en claro cuales son las tareas de la izquierda en el presente que daremos los buenos pasos.

Ahora bien, las tensiones dentro del comando de Jorge Arrate son evidentes. Por un lado están las presiones que vienen desde la cúpula del PC (inserta hoy en el sistema binominal y bajo influencia de la adrenalina de una victoria pírrica) para apoyar incondicionalmente a Frei. Esto es así porque el PC ha logrado uno de  sus objetivos estratégicos del período: insertarse en el sistema. Y al hacerlo, por la fuerza de las cosas y el poder de las instituciones sobre los hombres, el interés político de su dirección será presentarse como el portavoz de los intereses populares en el parlamento.

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La izquierda que trabajó por la candidatura de Arrate y que se identifica con su programa democrático y antineoliberal, y no con el de los Océanos Azules, tendrá que resistir a la demagogia concertacionista. ¿Bachelet no le prometió los trabajadores, para después negárselos por razones empresariales, un código laboral que respetara las normativas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT)?

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El programa de Enríquez-Ominami fue otro claro ejemplo de un programa atravesado por las contradicciones del progresismo liberal. Que ni siquiera fue discutido debido a la lógica espectacular del dispositivo mediático que se impuso (y cuyo poder hipnotizó incluso a los recalcitrantes).

Así por ejemplo, la reforma tributaria propuesta por Enríquez-Ominami estipulaba aumentar en 30% la tributación de las empresas, con lo cual no se puede estar en contra, pero lo hace para pasar de contrabando una medida neoliberal nefasta como la supresión de los impuestos a los ingresos personales. Se trata de un verdadero regalo a los ricos, a los más altos ingresos. Tal medida significa en la práctica romper con la idea de solidaridad nacional que defiende un programa de la izquierda. Al contrario, hay que aplicar un impuesto progresivo. De no menos de 40% al 10%  de altos ingresos.

Es precisamente ese vacío programático para un Chile solidario y de justicia social que la izquierda debe comenzar ya a ocupar en el terreno social y en el debate acerca de un presunto apoyo a Frei.

No se le puede dejar el terreno libre ni a una Concertación liderada por la DC ni a un movimiento progresista liberal (aunque hayan desertado de él los neoliberales duros) como el de Enríquez-O.

Menos aún se le puede dejar el espacio a la ofensiva neoliberal que desencadenará Piñera en un eventual gobierno, con un régimen presidencialista donde un parlamento, en plena crisis de representación (con sólo 3 diputados de izquierda), sólo podrá chistar pero no resistir.

Un movimiento liderado por Enríquez-O puede seguir liberándose del lastre neoliberal y girar a la izquierda a condición que reconozca, agite e impulse, junto a otros movimientos, partidos y organizaciones, los puntos programáticos democráticos de izquierda insoslayables como: la convocatoria a un referéndum (o consulta nacional) para convocar una Asamblea Constituyente, un nuevo código laboral elaborado por el movimiento sindical, un sistema universal de educación pública gratuita de la primaria a la universitaria, el reconocimiento de los derechos políticos de la nación mapuche, la renacionalización del cobre, una política ecológica que penalice a los depredadores corporativos, una Ley de medios antimonopolios que garantice con recursos del Estado el pluralismo informativo y un salario mínimo socialmente aceptable para todos y todas.

Si el concertacionismo freísta firma públicamente y da garantías con un protocolo de aplicación de estos puntos programáticos, sólo ahí será razonable que la izquierda pueda entregarle su voto.

Por Leopoldo Lavín Mujica

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