El modelo Bolsonaro

La derecha, llamada liberal -al igual que la Democracia Cristiana- está en pleno declive, tanto en Europa como América. La hegemonía neoliberal ha generado como producto sociedades cada vez más desiguales y lo que es peor, democracias sometidas al poder de  los bancos y de las empresas multinacionales, cada vez más inviables.

El fascismo-nazismo de los años 30 constituyó la forma vulgar y popular en que se expresaron los miedos y la voluntad de poder de capas medias, es decir, una vulgarización del ultra-derechismo.

En la primera década del siglo XXI asistimos al fracaso del neoliberalismo, perfectamente identificable en la crisis del eje Merkel-Macron, coincidente con un rechazo creciente de las capas medias e, incluso, de sectores populares, a la política, a los políticos y los partidos, incluyendo a las instituciones de la democracia representativa. (Al menos, un sector de los “chalecos amarillos” seguiría las ideas pseudo-populares de  Marine Le Pen).

Personalmente, hoy estoy más lejos de la creencia de que “la voz del pueblo es la voz de Dios”: basta pensar que si sometiera a un referéndum, por ejemplo, la pena de muerte, incluso, la ceremonia pública del patíbulo, la gran mayoría de los votantes lo harían en favor de la opción de que el Estado asesinara a mansalva a un ser humano desarmado y maniatado; la muerte, en este caso, es un espectáculo circense en que explota la brutalidad animal del ser humano contra su semejante.

Un ejemplo histórico se refiere a las tejedoras durante el terror, en que previamente reservaban un lugar privilegiado, en la Plaza de la Revolución, (actual Plaza de la Concordia), a fin de asistir y aplaudir el espectáculo de la guillotina (hay que anotar que en los casos en que la muerte se producía demasiado rápido, tal como lo había prometido Monsieur Guillotin, las tejedoras mostraban su descontento por lo corto y soso del espectáculo).

Algo similar ocurre con el actual tema de la migración: si se sometiera a votación popular la admisión de inmigrantes, la mayoría votaría en contra, sobre todo los que huyen de la pobreza, de la guerra o de la persecución. Sebastián Piñera, que gobierna sobre la base de los resultados de las encuestas de opinión, insólitamente se negó a firmar el Pacto Migratorio de Naciones Unidas, suponiendo que le daría mucho rédito en la opinión pública.

En una de las encuestas de la Universidad Católica de Santiago, el 75% se muestra contrario a la inmigración, o bien, a regularla, que favorecería a los más ricos, ojalá europeos. Con el racismo, el clasismo y xenofobia ocurre algo muy clásico en la hipocresía burguesa: nadie se declara racista, menos clasista, ni mucho menos xenófobo, (dicen no serlo de la boca para afuera, pero se declaran partidarios de acoger a los venezolanos blancos y, ojalá, profesionales, pero favorables a la expulsión de haitianos y colombianos de color).

En Tijuana, (México), ocurre todo lo contrario: los racistas son partidarios de expulsar a los centroamericanos y mantener a los haitianos, que son silenciosos y muy trabajadores. Para todos aquellos que creían que la discriminación en la adjudicación de viviendas sociales, por ejemplo, en La Rotonda Atenas, era un fenómeno de racismo y clasismo, se equivocan medio a medio, pues ya los sociólogos Michelle y Monique Picon Charlot publicaron un libro de Comics sobre la reacción de los aristócratas franceses cuando la municipalidad de París instaló en el barrio más elegante el XVI ème,  una casa de acogida para personas sin techo.

En América Latina, el fenómeno del nacionalismo ultraderechista, (que ya se ha impuesto en Estados Unidos bajo el alero de Donald Trump, en Italia y en los países de la antigua Unión Soviética -Hungría, Polonia y la República Checa -), expresa esta tendencia en el triunfo de Jair Bolsonaro, un admirador de Augusto Pinochet, y que pretende imitar el modelo de José Piñera -hermano del Presidente actual- y las modernizaciones de los Chicago Boys.

En Chile, el candidato presidencial de la ultraderecha, José Antonio Kast, muy favorecido por los medios de comunicación, ha fundado el movimiento Acción Nacional. Si profundizáramos un poco en la historia de Chile, sabríamos que en los 30, una vez disueltas las Milicias Republicanas, los más fascistas de este grupo formaron un movimiento que llevaba el mismo nombre -antes, en los años 20, también existió una agrupación similar pro-portaliana-.

José Antonio Kast, el anfitrión del hijo del Presidente electo de Brasil, organizó distintas actividades, todas marcadas por el homenaje a Pinochet y a su régimen, incluso, los reos genocidas de Punta Peuco se hubieran sentido muy honrados con su visita. Kast, además de ser un nostálgico del régimen dictatorial y, entre otros de sus planteamientos fascistas, se declara partidario de militarizar la zona de la Araucanía e imponer mano dura a quienes atenten contra los empresarios forestales, que amenazan con dejar sin agua a la Araucanía.

La ultraderecha se siente triunfante y está sacando la voz. Por ejemplo, el inefable diputado Urrutia, (UDI), se burla del saludo de la diputada interpeladora mapuche Emilia Nuyado al haberlo hecho en uno de los idiomas originarios de Chile, el Mapudungun, preguntando ¿si era inglés? Camila Flores, diputada de RN, se declara orgullosa de ser fanática admiradora del tirano Pinochet.

Que Dios nos pille confesados, pues como vamos, el nacionalismo racista no está muy lejos de nuestras tierras.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

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