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Historia de una adicción

Como smog dentro de la cabeza, como un gran fierrazo, como si hubiera enanos golpeándome con enormes garrotes cada una de las paredes, vigas, ampolletas y cualquier elemento existente dentro de mi cráneo. Así me siento hoy, así me he sentido cada día, los últimos 15 años de mi vida.

Lo único que diferencia el dolor de hoy y que tengo continuamente estos últimos siete días, es la causa : «cefalea de rebote», concepto entregado por el mundo de la neurología para denominar aquel dolor de cabeza producido por la suspensión abrupta de analgésicos que alivian las cefaleas. «Interrupción abrupta de la toma excesiva de analgésicos para el dolor de cabeza», «toma excesiva de analgésicos para el dolor de cabeza».

¿”Toma excesiva”, “analgésicos para el dolor de cabeza”? No dejo de repetir esas frases en mi cabeza (cabeza que duele con cada pensamiento, mirada, salida de voz, sonido o luz). Pero, a ver, ¿qué tan excesivo puede uno tomar un analgésico?, ¿cómo llegar a tal nivel de descontrol?, ¿cómo salir de este combate libre, ganadora, sin quedar en la ruina con tanto tratamiento al voleo e inútil?

Por lo pronto concentrémonos en el origen. Yo lo tengo bien claro. Hace 15 años pasaba por un período de estrés muy específico, que se manifestaba como una tensión de cuello tediosa, pasando por las orejas, el mentón, la espalda, los hombros y que terminaba victoriosamente en mis sienes en forma de dolor palpitante y continuo. Era un simple dolor de cabeza. Un dolor que permanecía fiel en su trinchera, aun cuando yo atacaba con mis mejores armas: la queja interminable, un par de paracetamoles, la torsión continua del cuello, auto-masajes en mis sienes con aceititos de lavanda, entre otras armas de mi gran arsenal. Recuerdo que una fiel amiga (inocente ella), al escuchar mis quejas cotidianas contra el dolorcito aquel, me ofreció una pastilla roja, redonda, con una línea al medio por un lado, con un triángulo de una línea inconclusa por el otro. Era perfecta. Migranol se llamaba. Novecientos pesos la caja. Era perfecta, tan maravillosa que la necesitaba conmigo. Era «el» arma que mi equipo de guerra contra ese dolor maldito necesitaba. Novecientos pesos, 10 pastillas. Menos que los cigarros. Mucho menos que un bono para ir al médico. Merecía comprar dos cajas.

Fue así que comencé : cuatro comprimidos diarios de Migranol o Cefalmin o Migrax o Migragesic o Migratan o cualquier “migra” ofertado en las farmacias de mi país.

De esta manera han sido los últimos años para mí. 28 comprimidos a la semana, 112 comprimidos al mes, 1.344 comprimidos en un año, 20.160 comprimidos de Ergotamina Tartrato 1 mg; Metamizol Sódico 300 mg; Cafeína 100 mg., en 15 años . Ese es mi record personal. Que orgullo, no? … Que qué pasa con mi hígado? Que cómo andan mis nervios? Que qué tal mi calidad de vida? Que cuánto dinero he gastado en migranoles?… Que qué tan feliz me puedo calificar en la escala de uno a diez?… Temas para otra reflexión supongo.

Pero yo estaba dispuesta a vencer este dolor. Armada con mi caja de Migranol en la cartera, visité todas las gamas de la medicina tradicional y alternativa existentes en este y un par de otros países. Estaba decidida a hacer frente a este dolor persistente y molestoso. Fue así que el oftalmólogo me señaló que padecía de astigmatismo y miopía y que unos lindos lentes de marcos rojos (como el Migranol) adornarían mi rostro. Así como el dentista me indicó que el bruxismo era la gran causa, pero que un grotesco y poco sexy plano de relajación de uso nocturno, me salvaría de las tinieblas de la cefalea crónica que padecía. O como un anciano doctor gitano y connotado iriólogo me señaló que mi dolor era voluntario y que tendría que tomar 25 mil pastillitas redonditas homeopáticas al día y que con el tiempo, la voluntad y la fe, sanaría. O como el otorrino-laringólogo, quien al analizar un escáner de senos nasales, me comentó: “Oh pobrecita, Ud. tiene una sinusitis gigante y es necesario que se opere. Pero no se preocupe, porque cuando despierte de la operación, el dolor de cabeza será solo un mal recuerdo”. Recuerdo con mucha pena, el despertar luego de aquella operación de los senos nasales. Un gran dolor de cabeza me acompañaba. Lloré por supuesto. Maldije al doctor y me tomé un Migranol que saqué de la gran reserva que me había llevado a Francia.

Me dolía el estomago, sí. Gastaba montones de lucas mensuales, sí. No podía no tener una caja de ergotamina en mi cartera, sí. Sin embargo, gracias a este medicamento pude funcionar cada día todos estos años. Pude entrar a la universidad, pude trabajar al mismo tiempo, pude ganarme una beca que me llevaría a estudiar al extranjero, pude llevar a cabo mis relaciones de pareja, pude sonreír en cada reunión familiar, pude adornar con mis pasos coreográficos cada fiesta a la que asistí, pude volver a Chile, pude encontrar trabajo… pude funcionar, existir y ser… Pude.

Así me lo planteé por mucho tiempo. Esta pastilla me permitía salir de un suácate del dolor de cabeza e insertarme en este mundo que exige tanto y que considera el dolor de cabeza como un achaque o una chiva para no ir al trabajo. Sin embargo no estaba siendo cabalmente honesta conmigo misma. El estrés del origen ya no era la causa principal de mi dolor, había estrés, sí, pero ahora las pastillas rojas del triángulo inconcluso eran la causa principal de éste y de mi actual cefalea, por cierto, y no me lo estaba planteando de esa manera.

Aparte de mi madre, ningún médico me tomó de las solapas, me zamarreó y me dijo que luego de tres meses tomando esta pastilla, el cuerpo se acostumbra y que produce cefaleas por abuso de medicamentos. Que pasa lo mismo con el paracetamol, los antigripales o cualquier medicamento aliviador de malestares que es tomado por un tiempo prolongado. Pensar en mi hígado, en el gasto excesivo de plata, en el pánico que me provocaba verme sin una caja de Migranol en mi bolso en día feriado, cuando no hay farmacias abiertas, o en que simplemente después de tanto tiempo, esta pastilla o sus símiles ya no me hacían efecto alguno, me hizo tomar la decisión de parar. Y lo hice! Lo hice tres veces hasta ahora. (Imagino que ya saben que los drogadictos, alcohólicos y todo tipo de adictos, cuenta con la posibilidad cierta de la recaída).

Y aquí me encuentro otra vez, enfrentada a la más grande de las batallas de esta guerra interminable. Enfrentada a los dolores de rebote, vómitos y episodios psicóticos propios de la abstinencia. Enfrentada al gran panorama de ofertas de migras que publicitan en la tele, radio y calle, las miles de farmacias que existen en cada esquina de Santiago para supuestamente “mejorar la salud de los chilenos”. Enfrentada a que con los avances de la medicina, actualmente existen especialistas de cefaleas denominados “cefaliatras” y que cobran unos 50 mil pesos por consulta. Enfrentada a una licencia médica que indica que padezco una “cefalea de difícil manejo” porque sin duda la isapre no aceptará que el especialista escriba en el diagnóstico que la paciente se volvió adicta a una pastilla que debería estar prohibida en un país donde la ignorancia abunda y que ataca a débiles como yo. Enfrentada a que, para muchos, solo tengo un dolor de cabeza y una enorme capacidad de exagerar. Enfrentada a que mientras escribo, hay una larga cola en cada farmacia donde, en quince años, el Migranol y sus símiles han subido en promedio, unos $200 pesos y que por lo tanto se encuentra en la cartera, botiquín y cajón de miles de personas adictas como yo, pero que a diferencia mía, desconocen su adicción y solo quieren funcionar, ser y existir, al precio que sea. Total, funcionar, existir y ser por $1.200 pesos la caja, es un precio insuperable y siempre las farmacias le permitirán llevar dos.

@cathynacathona

Fuente fotografía

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