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Nueva Mayoría o el proyecto que nunca fue: ¿Su fracaso abre la puerta a nuevas alternativas?

Hace cuatro años, una de las palabras que más se repetían por parte de los rostros del naciente conglomerado, que al alero de la entonces directora de ONU Mujer –Michelle Bachelet- se conformaba mirando La Moneda, era tranformación, haciendo eco de las intensas movilizaciones sociales que se desplegaron durante el gobierno de Sebastián Piñera.

Bajo ese paraguas conceptual, la Nueva Mayoría inició la construcción de un discurso que la diferenciara de la Concertación y sus políticas de la transición con el afán de responder a las “demandas de la calle”, las que lograban un mayoritario apoyo en las diferentes encuestas. Aun con estas diferencias, ello no significaba un corte con el pasado concertacionista de buena parte de los integrantes del naciente conglomerado.

Dicho matiz se convirtió, en la medida que la gestión del gobierno de Michelle Bachelet fue avanzando, en un factor de choque en el interior del conglomerado, entre quienes buscaban realizar reformas profundas y los que buscaban ajustes a un modelo que les acomoda y que se sostiene en recordar de forma permanente –y por qué no decirlo, también majadera- los avances logrados durante los ’90 y el primer decenio de los 2000.

{destacado-1} Hoy, la cohesión que otorgaban los resultados de 2013 es un recuerdo gris y sin la capacidad de lograr conseguir algún punto de encuentro a nivel político o programático. De hecho, las primeras secuelas de las elecciones municipales fue que se aceleró el proceso de desmembramiento de la coalición, que en modo “sálvense quien pueda”, operaba con la calculadora en la mano.

De esta manera el efecto dominó se activó. Hoy, una serie de eventos tienen a la Nueva Mayoría debilitada, desunida, sin –hasta ahora- candidato presidencial único ni estrategia parlamentaria cohesionada. La coalición está al borde del quiebre absoluto.

Así, surgen las preguntas de manera automática: ¿Era sólo un pacto programático-electoral? ¿Era de izquierda o centroizquierda y se derechizó? ¿Fueron sólo ajustes con vestidos de transformaciones? ¿Falló el marketing político? ¿La Concertación nunca se fue? Las respuestas son variadas, aunque todas confluyen, de una u otra forma, en que este proceso abre el camino a las nuevas alternativas que comienzan a pisar fuerte.

¿DERECHIZACIÓN?

Desde la génesis de la Nueva Mayoría, las sospechas de que este proyecto era solo una versión algo mejorada de la Concertación, pero que mantenía las lógicas de la transición respecto de las reformas o transformaciones que se demandan, eran altas. A pesar, al menos en el discurso, de que se posicionara desde la izquierda para tener algún sustento de credibilidad frente a la ciudadanía.

La desilusión vino rápido ante la “incapacidad” del Gobierno por gestionar de mejor forma sus reformas en el parlamento y en el interior de la coalición. Incluso, siempre quedaba la sensación de que el conglomerado, que decía partir con una retroexcavadora, terminaba bailando al ritmo que ponía la derecha.

Carlos Ruíz, sociólogo, académico de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile y presidente de la Fundación Nodo XXI, apunta a que la compleja estructura partidaria que da forma al conglomerado hacía que se vincularan compromisos con lo que dictaba el programa y aquellos que se comprometían con los intereses de los grandes grupos económicos.

“Tengo la impresión que más derechización, existe una especie de empresarialización. El peso de intereses privados dentro de los intentos de reforma y su capacidad para torcerlas a medida que se iban gestando, para terminar convirtiendolas en una defensa de sus propias corporaciones, ha sido muy grande, no solo para impedir una nueva Constitución, sino que para impedir, por ejemplo, la reforma educacional”, sostiene Ruiz cuando es consultado por la aplicación de este concepto al conglomerado de centroizquierda.

De hecho, uno de los argumentos de los sectores más conservadores de la Nueva Mayoría, como la DC, o quienes aún saborean las mieles de la Concertación, es que el pacto era de centroizquierda, lo que le obligaba a bajar la velocidad de las reformas, moderar la profundidad de las mismas y, por ende, mantener un extraño y desigual equilibrio, que sólo tiende a favorecer a un solo sector social.

De todas formas, existen todavía los que sostienen que este proyecto tiene características de izquierda, y que tenía por objetivo pasar de ser una sociedad criada bajo el alero de Pinochet, Guzmán y su Constitución a una con márgenes más amplios para ejercer la ciudadanía.

Entre ellos se encuentra el sociólogo y politólogo Manuel Antonio Garretón, quien sostiene en conversación con El Ciudadano que “lo que es fundamental analizar es que aquí hay un proyecto transformador, dirigido por una coalición de centro izquierda; el contenido del proyecto era claramente de izquierda y refundacional, ya que buscaba reemplazar los principios y fundamentos de la sociedad generada por la dictadura por otro que significara el paso del mercado a lo público”.

Incluso, Garretón agrega que “este programa no fue bien entendido por todos los sectores de la Nueva Mayoría. Sí fue entendido por el PS, PPD, PR y PC pero no por la DC, que tenía un problema con que el proyecto completo, de haberse realizado, cambiaría el timón hacia la izquierda”.

Bajo esa perspectiva, la tesis de Garretón propone dos preguntas: ¿Querían concretar el programa? ¿La Nueva Mayoría responde al electoralismo puro?

Rodrigo Gangas, politólogo y académico de la Universidad Academia Humanismo Cristiano, al ser consultado al respecto por este medio, responde que “la Nueva Mayoría está compuesta de distintas miradas y, dentro de ésas, están aquellos que no compartían el mismo sentir de las transformaciones”. El docente agrega que “era ilusorio pensar que la DC podría avalar un programa de transformaciones profundas, y efectivamente al parecer su tesis del fin de la coalición ha tenido más fuerza que la tesis de la retroexcavadora. En ese sentido, la moderación de las reformas son el resultado de esa agenda moderada que finalmente se impuso en el Gobierno y en la coalición”.

En esta línea, Ruíz recalca su postura al señalar que “estamos un poco cansados de que le echen la culpa a la derecha de todo, ya que intereses privados representados por figuras concertacionistas como Pilar Armanet o Hugo Lavados son los que impidieron, por ejemplo, la  reforma educacional. Ellos son representantes del Consorcio de Universidades Privadas que torcieron esa reforma (…) no necesitaban que entrara Piñera o Evelyn Matthei a hacerlos, estoy hablando del PPD y sectores de la DC”.

DESCONEXIÓN SOCIAL

Si bien el programa de la Nueva Mayoría se sostenía en las demandas sociales que habían sido desconsideradas por el pacto binominal en los ’90 y la primera parte del siglo 21, era evidente que los puentes entre el mundo social y el mundo político se encontraban cortados.

El momento del quiebre está fijado en las movilizaciones estudiantiles de 2011, que fijaron posición entre la autoridad política y la ciudadanía. Y se ratifica con los ya súper conocidos casos de corrupción de representantes del oficialismo y la derecha.

Ahora, este cisma no puede considerarse como el factor fundamental del fracaso de la Nueva Mayoría, pero sí que aportó para que el escrutinio ciudadano fuese implacable, además de la cadena de errores que se verificaron durante la gestión de Bachelet.

En este sentido, Manuel Antonio Garretón sostiene que “la Nueva Mayoría era una mayoría política partidaria que no tiene la fortaleza social para derrotar a los poderosos enemigos de la derecha en todas sus facetas. El gran error que se cometió fue no entender la ruptura con lo social y no poner en la mesa el tema constituyente, dejándolo para el 2015; entonces se pusieron por delante los temas de contenido antes de los temas políticos”.

{destacado-2} Al respecto, Ruiz ratifica lo sostenido por Garretón cuando expresa que “hay una crisis política general, no hay mayorías sustantivas. Recordemos que Bachelet no salió por ninguna gran mayoría -obtuvo sólo el 24,8% del total del electorado-, estamos llegando casi a un 70% de abstención”. Pero, al mismo tiempo, el presidente de la Fundación Nodo XXI plantea que las bases discursivas tenían mucho de demagogia, ya que “cuando empieza el gobierno de Bachelet, donde hay mucha manipulación de ansias y demandas sociales, tenía cuatro ministros de distintas esferas del grupo Luksic. La independencia que puede tener un proyecto así de reforma es muy baja”.

A su turno, Gangas sostiene que las demandas ciudadanas requerían necesariamente de reformas profundas que no tuviesen que pasar por el cedazo del centro político. En este sentido, el cientista político de la UAHC declara que “el punto es que si se podía considerar a la Nueva Mayoría como un proyecto político capaz de generar la transformación que este país necesita, y en la medida que se siga manteniendo la lógica centrista, de converger hacia el centro, ello será difícil, porque generalmente el centro es consenso, y en ello se impone la moderación”. Junto con eso agrega que “es cierto que la Nueva Mayoría generó expectativas, pero de ahí a creer que era un proyecto de izquierda, eso no, creo que se ha seguido manteniendo donde las fuerzas le han arrastrado, que es el centro, la moderación y las políticas conservadoras”.

¿SE ABRE MARGEN PARA EL FRENTE AMPLIO?

Es natural llegar a pensar que ante la crisis de la Nueva Mayoría se dé paso para la emergencia de nuevos actores políticos y sociales, con miras a los próximos períodos que, considerando el contexto, pueden venirse más complicados que el actual.

De esta forma cabe preguntarse cuál es el rol que debe jugar el Frente Amplio en este escenario de conflicto político. En palabras de Carlos Ruiz, el naciente conglomerado tiene el desafío de “incorporar a la política a figuras que hoy aún no están participando. Esa es la posibilidad que tenemos: ser una mayoría que le doble el brazo a esas fuerzas que vienen en decadencia”.

Para Garretón, en tanto, la nueva coalición debe en primer lugar “aceptar que es de izquierda. Tiene que ser una izquierda renovada, pero sin dejar de aceptar que es de izquierda; tiene que tender a realizar alianzas para cambiar el peso de la balanza, pero donde se busque la hegemonía de la izquierda en una gran coalición de centro izquierda”.

Mientras, para Gangas se está gestando una oportunidad para la irrupción de las fuerzas que se encuentran fuera del binominal y que “solo depende ellos, de la capacidad de convergencia que pueda tener, de ampliar el horizonte y constituirse como una verdadera alternativa”. En esa lógica -agrega- “al Frente Amplio le queda mucho recorrido para ser finalmente una alternativa viable; entiendo que debe superar algunos conflictos internos, y constituirse como una alternativa capaz de congregar a esa gran cantidad de electores que han estado fuera de las elecciones en los últimos años”. 

De todas formas, hay que considerar que el escenario político no favorece a ninguna de las fuerzas que participan del debate. El desprestigio de la actividad política afecta a todos los incumbentes por igual, estén en el binominal o fuera de él.

Esto es ratificado por Carlos Ruiz cuando sostiene que “hoy el Frente Amplio se puede ver afectado por el desprestigio general de la actividad política. Corre el riesgo -por más que no tenga las manos sucias- ya que la gente en estos momentos de crisis tiende a refugiarse en su vida interna. La tarea es construir sujetos colectivos para producir una determinación social de las transformaciones”.

Al respecto, Garretón cree que para superar la desconfianza ciudadana se debe abrir el abanico de la izquierda, y recalca que “el Frente Amplio puede ser un enorme aporte desde el punto de vista de un proyecto más radical de transformación, pero tiene un problema: si quiere gobernar el país tiene que dirigirlo y para ello tiene que establecer alianzas tanto con la izquierda clásica y con el centro”.

Finalmente, Gangas cree que el Frente Amplio tiene una gran tarea: “Más que restarle votos a la Nueva Mayoría, es construir un programa, un itinerario que sea capaz de sumar a todas aquellas fuerzas sociales y de izquierda que se alejaron de la Concertación y la Nueva Mayoría y que nunca han estado en la derecha, y que vieron y sintieron en la política un juego de intereses corporativos avalados por las malas prácticas de los partidos tradicionales. Ese espacio de crecimiento es muy amplio, y es un espacio que hoy ni la derecha ni la Nueva Mayoría tienen capacidad de convocar”.

*Reportaje publicado en la edición 210 de la revista El Ciudadano.

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