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Frida y Diego: El amor con tintes surrealistas

Frida tenía el cuerpo colmado de luciérnagas, los ojos atascados de conjuros, la mente atiborrada de anhelos y una paleta de colores que a veces sangraba para dejar fluir las aflicciones. Su tono era el escarlata, porque le recordaba el fluido de plasma y células que le recorría las arterias y las venas, y que a veces parecía rezumar por su frente como gotas de sudor.

 

En ocasiones eran intolerables los dolores que le había legado un fierro de tranvía que se le clavó en el cuerpo entrando por un costado y saliendo por la vagina, el suceso la había postrado en una cama de por vida. El resultado del accidente fue aterrador, algunos dijeron que había sido un milagro que hubiera sobrevivido: se le partió la columna en tres, el pasamanos le rompió el fémur y las costillas, le fracturó la pelvis y le quebró en once pedazos la pierna, aplastándole por completo el pie derecho, mismo que ya había sufrido las consecuencias de la poliomielitis que había padecido a los seis años de edad.

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Los dolores eran constantes, su destino había sido marcado por un sufrimiento que mitigaba con una buena dosis de drogas y una botella de cognac por día. “Estoy empezando a acostumbrarme al sufrimiento”, escribió en una carta desde el hospital. Ese mismo sufrimiento sería el inicio de una larga agonía que duraría veintinueve años más.

Es impensable entender una vida que dé vueltas en torno a una cama. Somos despistados al hablar de estos objetos: nacemos en una cama y morimos en otra, pasamos más de la mitad de nuestra vida acostados sobre nuestro lecho, intimamos y descubrimos a la pareja en la plenitud de las sábanas y las almohadas, pero no le damos la importancia necesaria a dicho lugar. Para Frida Kahlo, la cama representó una paradoja: era un tormento y un sosiego para su cuerpo lacerado, para las heridas perpetuas que desgastaron su cuerpo pero, sobre todo, que pudrieron su alma. Para Frida la cama era un campo de batalla, no sólo del amor, sino de la vida misma.

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La cama de la pintora mexicana era tan inmensa como su pesar: coronada por un dosel y cuatro postes, solía pegar, en la cabecera, fotografías de sus familiares y de los héroes de la Historia del Mundo que idolatraba como dioses: Mao, Stalin, Marx, Engels. Su madre había mandado a colgar un espejo en el techo del baldaquino, desde entonces Frida se convirtió en su propia modelo. Los protagonistas de su vida fueron una cama y los lienzos en los que vertía su dolor. El lecho de Frida sobrevive en la Casa Azul de Coyoacán, misma que fue erigida como museo por Diego Rivera, después de la muerte de Frida en 1954.

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Era mujer de belleza atípica, con un semblante de princesita oriental y una boca bien delineada por la naturaleza que bebía más tequila y parloteaba más maldiciones que un mariachi de Jalisco. Afortunada en el juego, desafortunada en el amor. Se casó con un sapo a quien solía presentar como su mascota, como un príncipe azul al que todavía no besaba, porque le gustaba el sortilegio de su fealdad. Se llamaba Diego, también era pintor. Pese a su afición por las mujeres, Frida lo amó como se aman los prodigios. No le gustaba desperdiciar, menos los sentimientos. Sabía que su marido ya conocía los lunares de la espalda de su hermana Cristina Kahlo, que le enviaba cartas de amor a su mejor amiga, la fotógrafa italiana Tina Modotti, y que se había enamorado de más de una modelo que se desnudó con la intención de ser pintada, sin el lejano e ingenuo propósito de terminar en su cama. Diego tuvo un sinnúmero de amantes, para la dicha de él y para la desesperación de ella. El muralista se acostaba con toda hembra que conocía. Entre sus amantes famosas destacaron las actrices Paulette Godard y María Félix.

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Por esta razón, ella no dudó ni un instante al aventurarse con un bolchevique que había llegado desde otro continente con la intención de implantar el leninismo en un país desconocido de Norteamérica. También se dice que buscaba algo con André Breton, quien la calificó como una “surrealista espontánea” y la invitó a exponer en Nueva York y París. Tal vez lo hizo como desquite; el adulterio como un conducto para ajustar cuentas con la ilegitimidad de su marido, para nivelar la balanza. Consideraba que su vida fue marcada por dos accidentes: el primero ocurrió allá lejos, en su remota adolescencia, el segundo lo vivía todos los días, se llamaba Diego. Era consciente de que la lealtad es un sentimiento de gratitud que sólo los perros demuestran, y él solamente era un anfibio anuro, otro tipo de animal. Su amor fue un tormento pletórico de misericordia y perdones. Se escribían cartas de amor y desamor aunque sólo los separara un puente.

Su amor fue un constante diluvio de ternura y dulzura, de crueldad y tormentos psíquicos que llevaron a ella a pedirle el divorcio en más de una ocasión. “A veces me asusta”, le confesó a su madre en una carta. Era ese mismo miedo el que la atraía hacia él como un imán. Después de separarse por dos años, volvieron a casarse. Frida puso como condición que no habría sexo entre ellos. Fue entonces cuando ella pasó de ser “su esposa” a ser “su madre” (aunque él le llevara 20 años).
Se dice que todas las noches ella le frotaba el cuerpo con una esponja, mientras el panzón chapoteaba en la bañera y jugaba con un patito flotante que Frida le había comprado. Para toda pregunta que ella le hacía, él afirmaba en tono de crío indefenso: “Chí, mi palomita”.

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El muralista enfermó de cáncer en los genitales, tal vez como una venganza que lo condenaría a la muerte por su inevitable vicio por las mujeres. En los últimos años de Frida, su pesadilla se intensificó: usó 28 corsés de todos los materiales habidos (de hierro, de cuero, de escayola), pasó a beberse dos botellas de cognac al día, le practicaron al menos 32 operaciones; la mantenían drogada, le amputaron la pierna derecha ya gangrenada en 1953, y su olor corporal era insoportable, pues sus heridas habían comenzado a pudrirse.
Ella envolvió su corazón en papel celofán y le puso alas de paja (de las que usan en las pastorelas), abrió la ventana y lo arrojó con la finalidad de hacer volar su amor hacia ninguna parte. Se dice que una noche se vistió de serafín para ser tratada como demonio. Vivió sus últimos años amarrada a una cama, contemplando su reflejo como una visión colorista, como un desvarío surrealista que alimentó en más de una ocasión los lienzos de su caballete. El 13 de julio de 1954, el día que murió, voló una paloma marmoleada. Desde entonces su amor es un dolor constante y persistente que sobrevive en las galerías de arte alrededor del mundo.

Si aún dudas del nivel de pasión e intensidad que se vive en las relaciones entre artistas, conoce  6 relaciones tormentosas entre famosos artistas y escritores y para que recuperes la fe en el amor después de conocer esas historias, mira las películas que demuestran que el amor sí existe.

Fuente: Culturacolectiva

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