Ha partido un grande, a quien conocí a través de sus letras y de conversaciones telefónicas. Hermano de un amigo querido y editor de nuestro medio de comunicación en sus albores, fue un hombre de profunda sensibilidad y mirada aguda sobre nuestra sociedad, el arte y la música. Hoy vive en nuestra memoria y en nuestros corazones: Víctor Hugo Rodríguez-Sandoval.
Aunque solo con el tiempo quisiste firmar con tu nombre -por tu trabajo en Naciones Unidas, según alguna vez me comentaste-, jamás dejaste de reconocer, como periodista, la importancia de nuestro querido El Ciudadano como espacio para volcar tu prodigiosa pluma y tu vasto conocimiento musical. Lo hiciste sin otro interés que el compartir, el visibilizar historias, bajo el pseudónimo de Farruquito.
También escribiste, mediante cuentos breves publicados en El Ciudadano y crónicas, pasajes de nuestra sociedad y relaciones humanas. Pero, por sobre todo, tu gran tema fue siempre la música: destacar a sus talentos, desde intérpretes hasta silenciosos y reparadores de instrumentos de importancia , como lo hiciste en tu última entrevista publicada en nuestro medio.
Recuerdo con especial cariño tu profundo sentido social, reflejado en letras dedicadas a rescatar historias de personas valerosas que atravesaban momentos difíciles, como el caso de la señora María Elena, de Río Bueno, ciudad que también une nuestras historias y de la que tampoco te olvidaste.
En tu memoria estas palabras, querido Farruquito, junto a las de tu entrañable amigo y colega periodista Manuel Délano, quien acompaña esta publicación en homenaje a tu vida y obra.
Por Bruno Sommer
Querida familia y amigos de Víctor Hugo:
Lamento no haber podido estar hoy con ustedes, acompañándolos, como ayer sí lo hice, en el velorio. Sé que Víctor Hugo, el VH, como yo le llamaba, no creía en un más allá después de la vida. Tampoco yo. Así que no me dirigiré a él, sino que hablaré como si hubiéramos tenido una última conversación, extensa pero imaginaria, como las que teníamos en la terraza de mi casa y que tanto te gustaban. Nos íbamos a encontrar esta semana, eso habíamos acordado en la anterior. Pero no pudo ser.
¿Qué te habría dicho yo de haber sabido que ya no tendríamos nunca más esas largas conversaciones, típicas de dos periodistas, chismosas, con pimienta y sazón, sobre temas diversos? ¿Qué te habría dicho yo de haber sabido que no hablaríamos más?
Que fuiste un espíritu libre, independiente, sagaz, como todos alguna vez anhelamos ser. Que fuiste querido y quisiste, con intensidad y pasión. Que me abriste muchos mundos y dimensiones nuevas, en especial, pero no únicamente, la música. Que soñabas con un Chile distinto al que tenemos y, sobre todo, al que tendremos ahora a partir de marzo próximo. Que, como la persona culta y sensible que siempre fuiste, apreciaste mucho la inteligencia, consecuencia y coraje en los demás. Que aunque viviste mucho tiempo fuera del país, aprendiste idiomas y conociste países desarrollados, jamás te olvidaste de tu Chile, del lluvioso sur de donde provenías y tampoco de esta cálida zona central donde ahora pasas a la eternidad y regresas a la naturaleza. Que querías a tus hijos, también a Irma, a tus hermanos y a tu mamá, y siempre los tenías presentes en tus decisiones. Que no alcanzaste a hacer todo lo que deseabas en la vida. Que cuando te lo proponías eras un jodido y, a veces, no demasiadas por suerte, hasta podías ser insoportable.
Nos diste mucho a tus amigos, en especial tu cariño, cultura y generosidad. La generosidad propia de quienes tienen pocas riquezas materiales pero muchas del espíritu. Mientras yo tenga aliento, estarás en mi corazón y en el de mi familia, Anita y mis hijos Paul, Beatriz y Carmen Gloria, en quienes dejaste profundas huellas y que como yo, hoy lamentan tu partida.
Ya no estás: como tantas veces partiste de viaje, pero ahora para siempre, para la eternidad… Pero te quedas, en nuestros recuerdos, vivencias y afectos y en tus hijos.
Hasta siempre, querido amigo, hermano de ruta. Ya nos encontraremos en la naturaleza.
Un abrazo, Manuel




