Vínculos y clase social

¿Monogamia o no monogamia?

Pensar el amor es un acto político, pero también es un privilegio. Y reconocer ese privilegio no invalida la experiencia: la vuelve más honesta. Tal vez el desafío sea dejar de presentar ciertas formas de amar como más evolucionadas que otras, y empezar a preguntarnos qué condiciones materiales hacen posible cada una.

¿Monogamia o no monogamia?

Autor: El Ciudadano

Por Verónica Aravena Vega

No recuerdo la primera vez que escuché la palabra no monogamia, pero sí recuerdo el momento en que entendí que no era una pregunta romántica sino política. No se trataba —al menos no solamente— de cómo amamos, sino de quién puede darse el lujo de cuestionar la forma en que ama. Porque pensar el amor requiere algo que no está igualmente distribuido: tiempo, educación, estabilidad, lenguaje, y una cierta distancia del abismo.

Durante mucho tiempo, la monogamia me pareció natural, casi invisible. Como el aire. Crecí entendiendo que el amor era una línea recta: conocer a alguien, enamorarse, elegir, cerrar filas, resistir. Todo lo demás era fracaso, traición o inmadurez. No porque alguien me lo hubiera explicado así, sino porque el mundo estaba organizado para que no pareciera necesario explicarlo. La monogamia no se enseñaba: se asumía.

La no monogamia, en cambio, aparece siempre como una teoría. Como una conversación. Como algo que se piensa antes de vivirse. Y ahí empieza la incomodidad: ¿quién tiene tiempo para pensar el amor?

Pensar el amor implica sentarse a hablar durante horas, poner en palabras los celos, negociar acuerdos, leer libros, tener acceso a terapia o, al menos, a un lenguaje emocional compartido. Implica fallar sin que el fallo te deje sin casa, sin red, “sin futuro”. Implica poder decir “esto no funciona” sin que esa frase tenga consecuencias materiales devastadoras.

La pregunta entonces no es si la no monogamia es mejor o peor que la monogamia. La pregunta es: ¿para quién es posible?

Hay una escena que siempre vuelve cuando pienso en esto. En Historia de un matrimonio (Noah Baumbach), Scarlett Johansson y Adam Driver se separan con abogados, mediaciones, departamentos temporales. Es un divorcio doloroso, sí, pero también es un divorcio con colchón. Nadie queda en la calle. Nadie pierde el derecho a ver a su hijo. El conflicto es emocional, no de supervivencia.

No estoy diciendo que la monogamia sea la opción de los pobres y la no monogamia la de las élites. Eso sería falso y simplista. Lo que digo es que la posibilidad de elegir, de experimentar, de fallar, de volver atrás, está profundamente condicionada por la clase.

Ahora imagino esa misma ruptura sin dinero, sin papeles, sin red. Imagino la conversación sobre acuerdos, deseos y límites cuando lo que está en juego es quién paga el arriendo o quién cuida a las hijas mientras el otro trabaja doce horas. Imagino la “honestidad radical” cuando decir la verdad puede costarte la seguridad.

La no monogamia suele presentarse como una práctica liberadora, pero pocas veces se la analiza como una práctica atravesada por la clase social. No es casual que la mayoría de los discursos sobre relaciones abiertas, poliamor o anarquía relacional circulen en espacios universitarios, urbanos, progresistas, con capital cultural. No es casual que se escriban libros, columnas y manifiestos desde cuerpos que, aun precarizados, tienen algo de red.

No estoy diciendo que la monogamia sea la opción de los pobres y la no monogamia la de las élites. Eso sería falso y simplista. Lo que digo es que la posibilidad de elegir, de experimentar, de fallar, de volver atrás, está profundamente condicionada por la clase.

En Nomadland, la protagonista vive sola, móvil, fuera de las estructuras clásicas de familia. Pero esa soledad no es una elección romántica: es una consecuencia económica. No hay celebración de la libertad vincular, sino una adaptación forzada a un sistema que ya no promete estabilidad. Allí, el amor no se debate: se sobrevive.

Algo parecido ocurre en muchas vidas reales. Para muchísimas personas, la pareja monogámica no es un ideal romántico sino una estrategia de supervivencia. Compartir gastos, cuidar hijos, enfrentar la vejez. En ese contexto, pedir “honestidad absoluta” o “gestión consciente de los celos” puede sonar no solo ajeno, sino cruel.

La no monogamia requiere no solo tiempo emocional, sino tiempo real. Tiempo para conversar, para procesar, para volver a hablar. Tiempo que no existe cuando se trabaja en negro, cuando se encadenan turnos, cuando el cansancio es estructural. El agotamiento también es político.

Por eso, romantizar la no monogamia sin hablar de clase es una forma de ceguera política. Y defender la monogamia sin cuestionar sus mandatos también lo es. El problema no es la forma del vínculo, sino la desigualdad desde la que se elige.

Hay algo más: el lenguaje. La no monogamia viene acompañada de un vocabulario específico. Acuerdos, límites, vínculos primarios, secundarios, metamores, responsabilidad afectiva. Palabras que habilitan, pero también excluyen. Porque quien no las conoce queda automáticamente fuera de la conversación.

No saber nombrar lo que se vive no significa no vivirlo. Muchas personas han tenido formas no monogámicas de relacionarse sin jamás llamarlas así. Pero cuando el discurso se apropia de la experiencia y la traduce en teoría, aparece una jerarquía: quienes saben hablar de esto y quienes no.

En la cinta Frances Ha, la protagonista flota en una precariedad afectiva y económica que no termina de politizarse, pero se intuye. La libertad relacional convive con la incertidumbre material. No hay manifiestos, hay torpeza. Y quizás ahí haya más verdad que en muchos discursos pulidos.

Toda relación alternativa tiene un costo. La pregunta es quién lo paga. ¿Quién absorbe el impacto emocional cuando algo sale mal? ¿Quién puede irse? ¿Quién se queda? ¿Quién tiene dónde caer?

En los discursos más idealizados de la no monogamia, el conflicto aparece como una oportunidad de crecimiento. Pero crecer duele, y no todos los cuerpos pueden darse el lujo de ese dolor. Para algunas personas, el margen de error es mínimo. Una mala decisión puede significar aislamiento, estigmatización, violencia.

Por eso, romantizar la no monogamia sin hablar de clase es una forma de ceguera política. Y defender la monogamia sin cuestionar sus mandatos también lo es. El problema no es la forma del vínculo, sino la desigualdad desde la que se elige.

La tarea política no es imponer un modelo vincular, sino ensanchar las condiciones para que más personas puedan elegir. Elegir quedarse. Elegir irse. Elegir amar de una forma u otra sin que eso signifique caer al vacío.

Quizás la pregunta no sea “¿monogamia o no monogamia?”, sino ¿cómo construimos vínculos en un sistema que nos quiere cansados, aislados y competitivos? ¿Cómo amamos cuando el tiempo es un privilegio? ¿Cómo cuidamos sin reproducir jerarquías?

Pensar el amor es un acto político, pero también es un privilegio. Y reconocer ese privilegio no invalida la experiencia: la vuelve más honesta. Tal vez el desafío sea dejar de presentar ciertas formas de amar como más evolucionadas que otras, y empezar a preguntarnos qué condiciones materiales hacen posible cada una.

No todas las personas pueden —ni quieren— deconstruir su forma de amar. Y eso no las hace menos conscientes ni menos libres. A veces, la verdadera radicalidad está en sostener un vínculo en un mundo que empuja a la fragmentación. Otras veces, en romperlo. No hay respuestas universales.

Vuelvo entonces a la pregunta inicial: ¿quién piensa en estas cosas? Piensan quienes tienen tiempo. Quienes tienen palabras. Quienes tienen red. Y también quienes, aun sin todo eso, sienten que algo no encaja y buscan otra forma, aunque no sepan cómo llamarla.

La tarea política no es imponer un modelo vincular, sino ensanchar las condiciones para que más personas puedan elegir. Elegir quedarse. Elegir irse. Elegir amar de una forma u otra sin que eso signifique caer al vacío.

Tal vez el amor no sea libre mientras no lo sea el tiempo. Tal vez no haya revolución afectiva sin justicia social. Y tal vez, antes de preguntarnos cómo queremos amar, tengamos que preguntarnos en qué mundo estamos intentando hacerlo.

Porque al final, el problema no es cuántas personas entran en una relación, sino quién queda afuera de la posibilidad de pensarla.

Por Verónica Aravena Vega

Psicóloga. Doctora en Estudios de Género y Política, Universidad de Barcelona. Máster en Masculinidades y Género. Máster en Recursos Humanos. Máster en Psicología Social/Organizacional. En Instagram


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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