El libro Rompehuesos ya se encuentra disponible en Argentina y será traducido próximamente al portugués para su publicación en Brasil.
Desde el Valle de Aconcagua, en Putaendo, la escritora Pabla San Martín responde esta entrevista sobre Rompehuesos, su libro más reciente lanzado en la Furia del Libro. Al igual que sus destacados libros sobre salud sexual, este también fue publicado a través del sello independiente y feminista Ginecosofía, editorial en la cual participa.
Con un giro a lo que venía escribiendo, la autora esta vez apostó por presentar cuentos sobre lo cotidiano, atravesados por voces de infancias y adolescencias. Sus personajes, erráticos, con vidas que no son las que esperaban, con muchas dudas y traumas, son los protagonistas de estas historias que miran con distancia la ciudad.
La voz de la infancia está presente en gran parte de estos relatos, ¿qué reflexiones hiciste para explorar esa voz de la niñez?
La verdad es que fue involuntario. Cuando empecé a escribir estos cuentos no lo hice con la intención ni propósito de un proyecto particular, diciendo estos van a ser cuentos de la infancia y estos van a ser cuentos de la maternidad o de la vejez. Sino que empecé a experimentar con el género a partir de ejercicios narrativos. De pronto, ya en la mitad del proceso, me di cuenta que la infancia era protagónica, y dije bueno, le voy a seguir dando por ahí. Pero apareció antes de que yo me lo planteara como proyecto.
Y cuando se te hizo evidente, ¿te planteaste algún desafío en la construcción de esos personajes? ¿Cómo fue?
El típico desafío de que sean voces creíbles o genuinas desde la infancia no me pasó mucho, incluso, ese cuestionamiento de lo coloquial, de cómo hablan en Chile para incorporarlo en los diálogos. Siento que fue bien orgánico. Me interesaba el tema de los paisajes y de lo temporal, que nadie tuviera que detenerse a pensar si esto fue antes o ahora, o dónde están los celulares dentro del relato. Quería que eso pasara más piola sin que la gente se tuviera que detener a pensarlo, pero las voces en sí, fue algo orgánico. Y es curioso porque antes de que empezara con estos cuentos, en mi mente estaba presente escribir sobre la maternidad y su disidencia, o sus disntintas variables. Después, cuando empecé a escribir apareció la infancia. Creo que se dio vuelta la cámara: que no eran necesariamente las maternidades o los adultos los protagonistas con sus dramas, sino que las infancias observando a esos adultos.
Qué interesante ese giro porque rompe con una posición más bien adultocéntrica en la construcción del relato…
Sí, yo creo que fue interesante para mí darme cuenta de que, si bien quería hablar más allá de la maternidad como tema que en los últimos años parece algo medio hegemónico en la literatura, quería hablar de los cuidados, y creo que eso ocurre harto en el libro, pero desde quienes reciben esos cuidados. Porque, claro, se habla de las maternidades, de las paternidades, de cómo se transforma o rompe la vida de esos adultos, pero es un vínculo de a dos que se ejerce con un otro y, casi como un subalterno, como alguien pasivo que recibe algo. Y creo que, en ese sentido, el libro habla mucho más del descuido, desde el abandono, la orfandad, el maltrato también.
Hay dudas, rabias, incomprensiones, también rebeldía en estos personajes de niños, niñas y adolescentes. ¿Los pensaste desde tu propia experiencia o de lo que observas en las nuevas generaciones, o hay de ambos?
El libro no es autobiográfico, pero, por supuesto, está teñido de toda mi experiencia de vida: de lo que he vivido y de lo que mis ojos han podido ver. El tema de la orfandad retrata un tipo de infancia que es del pasado para mí, de los ochenta, de los noventa, en donde esas voces no eran personajes protagónicos. Es casi un sálvate solo, sobrevive a estos adultos que te tocaron como cuidadores. Y eso me interesaba, esa tensión, ese sinsentido, y que aunque menos que antes, igual lo sigo viendo en el día de hoy de gente que decide tener hijos.
Bueno, aquí es entrar en otro tema, pero siento que mucha gente decide tener hijos sin detenerse a pensar en los cuidados esenciales: que vas a criar a una persona para tener un vínculo afectivo profundo, y que tienes que enseñarle cosas. A mí me tocó ver situaciones de una infancia con muchísimos hermanos, somos nueve. Entonces, por supuesto, la orfandad está muy presente cuando la gente tiene tantos hijos y no es de clase alta.
El escenario de los cuentos están ligados a pueblos, fuera de la ciudad, aparece el campo, la ruralidad. ¿Te planteaste romper un poco los imaginarios que se escriben en torno a estos lugares?
Sí, porque creo que hay un problema grande de representatividad de estos lugares. Quienes, por ejemplo, han hablado de los personajes del campo comúnmente son personas de clase alta o que recrean a personajes demasiado caricaturescos o folclóricos. También hay escritores o escritoras que van al campo, roban historias y después construyen unas historias medias alucinadas o de otra época, como dónde el diablo perdió el poncho, no sé, unas cosas que me parecen un poco alejadas de la realidad contemporánea. Quería representar algo más común, más cercano, no desde ese punto de vista tan criollo que ha hecho la literatura chilena, que por otro lado, muchas veces ha sido hablar del campo desde las experiencias que estos protagonistas han tenido con su servidumbre. Creo que eso ha hecho harto la literatura chilena con pocas excepciones. Entonces, me interesa hablar del campo pero no desde ese latifundio, y los peones, y las empleaditas, las huasitas, sino como la gente que vive en la ruralidad y no son esos personajes.
En uno de los cuentos, escribes: “Las madres no escriben, están escritas”. Y ante esa errancia, antes de envejecer por el olvido, hoy he empezado a escribir”. Algo que me parece muy bello porque la escritura permite narrarse bajo nuevos términos, cambiar la idea fija que podemos tener sobre nuestras propias vidas o sobre procesos que pueden abrirse paso a nuevas posibilidades. ¿Crees que la escritura tiene esa potencia?
Sí, yo creo que también eso era algo que me interesaba explorar, pero por supuesto no me dio el tiempo. Me refiero, a pensar la vida de escritores periféricos en términos territoriales: ¿quiénes son?, ¿cómo viven?, ¿cómo sostienen la escritura y, pese a todo, publican sus libros? En ese sentido, la escritura de este libro fue un desafío personal al explorar el cuento, pero también de preguntarme por quiénes escriben. Personas que no necesariamente viven en una gran ciudad, ni están haciendo un postdoctorado en Nueva York, ni regresan a escribir su novela después de una beca en Europa, que es una figura muy recurrente hoy en la narrativa contemporánea.
Hay dos cuentos en Rompehuesos con personajes que son mujeres mayores que escriben y viven en pueblos perdidos: una que es madre y otra que no lo es, y que trabaja como escritora fantasma. Me interesaba pensar esas vidas, esas formas de escritura que no responden a un ideal aspiracional, urbano o académico. Porque hay muchas historias reales de escritoras y escritores que no tuvieron formación ni vienen de la academia, y que aun así escribieron y publicaron libros fundamentales. Pero a pesar de todo creo que hoy desde las editoriales independientes se busca recuperar y publicar a escritores provincianos, alejados del centro y de los circuitos académicos

Antes publicaste libros sobre ginecología y salud sexual, ¿querías que esto estuviese presente en este nuevo libro?
La verdad es que quería hacer algo distinto y no estar hablando del mismo tema. Partiendo desde el género del cuento, que es un género que me obsesiona, me fascina, porque, desde que no existía la imprenta, hacía que se transmitieran historias, porque son breves, y esto es importante en la era actual. Yo veo que la gente lee muy poco, al menos la de mi círculo, ya nadie quiere agarrar un libro de 500 páginas y leérselo, a menos que sea una persona muy lectora. Mucha gente me ha dicho que tenía un bloqueo lector y que leyó mi libro súper rápido porque cada historia es un mundo. Eso me encanta, o sea, yo a veces no tengo tiempo para leer, pero si me puedo leer un cuento al día de cualquier libro, para mí es como que ya es logro, porque ya viajé a ese lugar. A Rompehuesos no quería llevarlo al tema de la salud sexual, pero por supuesto, uno tiene obsesiones en la vida y esos temas se van cruzando y repitiendo, y claro, fue inevitable abordar la maternidad, el puerperio, o hablar de la sangre.
Este libro está publicado bajo el sello editorial Ginecosofia, al igual que tus publicaciones anteriores, ¿qué te mueve a seguir trabajando desde lo independiente?
Sí, trabajo en este proyecto editorial donde he publicado mis otros dos libros y harta gente me preguntó si para este nuevo género que iba a explorar lo iba a publicar en otra editorial, porque en el fondo es para llegar a otro público y porque también hay un tema del “prestigio”. Pero resulta que vivo de la autogestión de este proyecto y dentro de todas las dificultades, funciona. He vendido los derechos de mis otros libros a otras editoriales, o sea, yo ya sé cómo funciona eso. Y la verdad es que sí, ayuda a que los libros se muevan en otros territorios, pero en realidad no es mucho más que eso. Entonces, el prestigio no me da de comer. Y este es un proyecto que sostengo con mucho cariño. Y, por otro lado, con esta misma apertura del género, la idea era que ampliara este campo para dar algún giro en la editorial, ir dejando un poco de lado el tema de la salud. Ya cuando abrimos el catálogo de poesía lo empezamos a hacer y con el libro de Audre Lorde empezamos a movernos a la narrativa, incluso, ahí en el género diario.
¿Qué tienes pensado para más adelante? ¿Quieres seguir en ficción o retomar ensayo?
El año pasado retomé la escritura en un blog que tenía décadas atrás y después lo cerré. El actual se llama Monstruo Sagrado. Donde estoy experimentando géneros híbridos. Y, claro, tengo tres proyectos más en Word inconclusos, y Rompehuesos era el que más avanzado tenía. Pero sí, tengo un proyecto de novela, cuentos que quedaron fuera de este proyecto y que no sé si los voy a transformar en un libro de cuentos, o en otra novela, o en alguna novela breve. Así que yo sigo trabajando, y también en Ginecosofia, donde se viene otro libro pronto de otra autora.
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