Columna de Opinión

Groenlandia: Geopolítica y crisis de la soberanía

¿Por qué Groenlandia y por qué ahora? Detrás de la grandilocuencia del discurso de Trump, se esconde una profunda fragilidad sistémica. Estados Unidos atraviesa lo que en relaciones internacionales se conoce como una "crisis de hegemonía". El ascenso de China y la reafirmación de Rusia en el Ártico han activado una ansiedad persecutoria en Washington.

Groenlandia: Geopolítica y crisis de la soberanía

Autor: El Ciudadano

Por Sergio Salinas Cañas

En agosto de 2019, el mundo diplomático contuvo la respiración ante una propuesta que parecía desafiar el principio de realidad: el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, manifestó su intención de comprar Groenlandia. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, calificó la idea de «absurda», lo que provocó que Trump cancelara una visita de Estado y llamara «desagradable» (nasty) a la líder europea. Seis años después, ante el retorno de Trump al poder, lo que entonces se leyó como un lapsus cómico o una excentricidad, debe ser reevaluado con urgencia clínica y política.

Groenlandia no es solo una isla; en el imaginario del «Make America Great Again» (MAGA), se ha convertido en el objeto del deseo (el objet petit a lacaniano) que promete completar la fantasía de omnipotencia estadounidense. Este conflicto latente entre Washington y Copenhague (y por extensión, Bruselas) ilustra el choque tectónico entre dos arquitecturas mentales y políticas: la soberanía relacional de la vieja Europa y el narcisismo transaccional del nuevo autoritarismo americano.

Para entender la insistencia sobre Groenlandia, debemos volver al perfil psicológico del liderazgo que impulsa esta demanda. La «Tríada Oscura» —narcisismo, maquiavelismo y psicopatía subclínica (Paulhus & Williams, 2002)— no se limita a la conducta interpersonal del líder; se extrapola a la política exterior del Estado.

Bajo esta lente, el territorio deja de ser un espacio habitado por sujetos con derechos para convertirse en un activo inmobiliario. El narcisismo patológico se caracteriza por la incapacidad de reconocer al «otro» como un ente separado y autónomo; el otro existe solo como una extensión del yo o como un instrumento para su gratificación (Kohut, 1971). Cuando Trump mira el mapa del Ártico, no ve la nación inuit ni la complejidad del Reino de Dinamarca; ve una oportunidad de adquisición para expandir el «Yo» nacional.

Esta visión «bienes-raíces» de la geopolítica es una regresión histórica. Nos devuelve a una lógica pre-westfaliana donde los territorios y sus gentes se intercambiaban como dote o botín, ignorando el derecho a la autodeterminación consolidado tras la Segunda Guerra Mundial. Como señalan Visser et al. (2017), los líderes con altos rasgos de la Tríada Oscura tienden a preferir resultados que maximizan la ganancia personal y el dominio inmediato, despreciando las normas cooperativas a largo plazo. Comprar Groenlandia es, psicológicamente, un intento de comprar seguridad y estatus mediante la posesión física, saltándose la laboriosa tarea de la diplomacia.

Comprar Groenlandia es, psicológicamente, un intento de comprar seguridad y estatus mediante la posesión física, saltándose la laboriosa tarea de la diplomacia.

¿Por qué Groenlandia y por qué ahora? Detrás de la grandilocuencia del discurso de Trump, se esconde una profunda fragilidad sistémica. Estados Unidos atraviesa lo que en relaciones internacionales se conoce como una «crisis de hegemonía». El ascenso de China y la reafirmación de Rusia en el Ártico han activado una ansiedad persecutoria en Washington.

Groenlandia posee algunos de los depósitos más grandes del mundo de tierras raras (neodimio, praseodimio, disprosio), minerales esenciales para la tecnología militar y las energías renovables, cuyo mercado domina China. Desde la teoría del «Realismo Ofensivo» de John Mearsheimer (2001), las grandes potencias buscan maximizar su poder a expensas de otros para asegurar su supervivencia. Sin embargo, la psique trumpista añade un componente irracional: la reparación mágica.

La adquisición de la isla funcionaría como un fetiche para tapar la «herida narcisista» del declive americano (Alexander, 2004). Si China construye la Nueva Ruta de la Seda, Estados Unidos responde intentando comprar el continente helado. Es una respuesta reactiva, nacida del miedo a ser desplazado, que Robert Jervis (1978) describiría dentro del «Dilema de Seguridad»: medidas que un Estado toma para aumentar su seguridad (comprar Groenlandia) disminuyen la seguridad de otros (Dinamarca, UE, pueblo inuit), creando una espiral de conflicto.

Desde la perspectiva de la Investigación para la Paz, la propuesta de compra constituye un acto de violencia, incluso si no se dispara una sola bala. Johan Galtung (1990) nos enseñó que la violencia directa es solo la punta del iceberg. Debajo yacen la violencia estructural y la violencia cultural.

  • Violencia Cultural: El lenguaje utilizado es clave. Al hablar de «adquisición de activos», se deshumaniza a los 56.000 habitantes de Groenlandia, en su mayoría inuit. Se legitima la idea colonial de que los pueblos indígenas son tutelados que pueden ser transferidos de una administración a otra sin su consentimiento. Esto resuena con lo que Frantz Fanon (1961) describió como la anulación colonial: el colonizado no es visto como protagonista de su historia, sino como parte del paisaje.
  • Violencia Estructural: Groenlandia ya sufre las consecuencias del cambio climático provocado mayoritariamente por potencias industrializadas. Convertirla en una base militar extendida o en una mina a cielo abierto bajo administración estadounidense perpetuaría una estructura de explotación donde los beneficios fluyen hacia el centro imperial y los costos ambientales quedan en la periferia.

La respuesta de Dinamarca, defendiendo que «Groenlandia no está en venta», es un intento de poner un límite ético (el «Nombre del Padre» en términos lacanianos) ante un deseo desbocado. Sin embargo, la presión estadounidense no cesará, porque para la mente autoritaria, el «no» no es un límite, sino una afrenta personal que exige represalia.

…la presión estadounidense no cesará, porque para la mente autoritaria, el «no» no es un límite, sino una afrenta personal que exige represalia.

El conflicto por Groenlandia obliga a Europa a confrontar su propia posición en el orden mundial. Durante décadas, la relación transatlántica se basó en valores compartidos. Con el retorno del «America First«, esa relación muta hacia un esquema de vasallaje.

La Unión Europea se enfrenta a lo que Chantal Mouffe (2013) llamaría la necesidad de transformar el «antagonismo» en «agonismo». Europa no puede simplemente ignorar a EE.UU., pero tampoco puede someterse a sus delirios transaccionales. La defensa de la soberanía de Groenlandia se convierte así en la defensa del propio modelo democrático europeo. Si Europa cede ante la lógica de que «todo tiene un precio», estará validando la premisa central del autoritarismo de mercado: que la soberanía nacional es un lujo que solo los fuertes pueden permitirse.

La historia nos muestra que los grandes desastres geopolíticos a menudo comienzan cuando se confunde el poder con la dominación. La Alemania de entreguerras, humillada y resentida, buscó expandir su «espacio vital» (Lebensraum) como una forma patológica de curar su orgullo herido (Erikson, 1950). Salvando las enormes distancias históricas, la lógica emocional subyacente en el MAGA (Make America Great Again) tiene ecos similares: la expansión territorial como cura para la ansiedad de estatus.

La solución a la inseguridad en el Ártico no es la compra de tierras, sino la construcción de Paz Positiva: cooperación científica, respeto irrestricto a la autodeterminación del pueblo groenlandés (Naalakkersuisut) y acuerdos de seguridad multilateral que no requieran la cesión de soberanía.

Rechazar la compra de Groenlandia es un acto de salud mental colectiva. Es afirmar que, incluso en un mundo regido por el mercado, hay vínculos, historias y dignidades que no son fungibles. Es recordar que una sociedad sana no es la que posee más territorio, sino la que es capaz de respetar los límites del otro.

Por Sergio Salinas Cañas

Bibliografía

Alexander, J. C. (2004). Cultural Trauma and Collective Identity. University of California Press.

Erikson, E. H. (1950). Childhood and Society. W. W. Norton & Company. (Análisis sobre la identidad y las crisis psicosociales).

Fanon, F. (1961). Los condenados de la tierra. Maspero. (Sobre la deshumanización colonial).

Galtung, J. (1990). «Cultural Violence». Journal of Peace Research, 27(3), 291-305.

Jervis, R. (1978). «Cooperation under the Security Dilemma». World Politics, 30(2), 167-214.

Kohut, H. (1971). The Analysis of the Self. International Universities Press. (Teoría del narcisismo y el self-object).

Mearsheimer, J. J. (2001). The Tragedy of Great Power Politics. W. W. Norton & Company.

Mouffe, C. (2013). Agonistics: Thinking The World Politically. Verso.

Paulhus, D. L., & Williams, K. M. (2002). «The Dark Triad of Personality: Narcissism, Machiavellianism, and Psychopathy». Journal of Research in Personality, 36(6), 556–563.

Visser, B. A., Book, A. S., & Volk, A. A. (2017). «Is Hillary dishonest and Donald narcissistic? A HEXACO analysis of the presidential candidates». Personality and Individual Differences, 110, 106–111.


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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