«La calidad de la educación estaba en peligro porque dependía de si tenías recursos financieros o no», señaló la exvocera de la «Revolución Pingüina» en un podcast de la BBC.
En 2006, Chile fue testigo de un terremoto social sin precedentes. Más de 600.000 estudiantes secundarios, uniformados de azul marino y blanco, abandonaron sus aulas y tomaron las calles del país en una protesta masiva que desafió las bases del sistema educativo heredado de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990). Este movimiento, bautizado como la «Revolución Pingüina», no solo marcó un punto de inflexión en la historia reciente de Chile, sino que también forjó a una nueva generación de líderes. Entre ellos, una joven de 16 años, Karina Delfino Mussa, quien desde la alcaldía de Quinta Normal revivió, en una entrevista para la BBC, la chispa que encendió ese fenómeno social.
El despertar de una generación: «¿Por qué si no tengo dinero estoy condenada?»
La periodista Grace Livingstone, en su podcast para la BBC «Testigo de la historia», reconstruyó el clima de aquellos días: «Había una sensación de cambio en el aire, un deseo por una transformación social», mientras que Karina Delfino, entonces presidenta del consejo de estudiantes de su liceo, describió el ambiente que se vivía en el seno del movimiento estudiantil: «Había una sensación de cambio en el aire, un deseo por una transformación social. Yo diría que fue un tipo de (…) no quiero decir que sea caótico, pero un tipo de éxtasis, en términos de la movilización y paralización de todas las escuelas», relató la socióloga.
El movimiento puso el dedo en la llaga de una desigualdad estructural que era latente en el país.
«Fue la capacidad de los padres de pagar que, al final, determinó las oportunidades de los niños. Eso fue lo que se planteó para la discusión de la Revolución Pingüina», explicó Delfino, recordada como la vocera del movimiento.
Señaló que las movilizaciones que ocurrieron entre los meses de abril y junio de 2006 y se reactivaron en septiembre y octubre del mismo año, en las que se registraron más de 100 establecimientos de educación escolar paralizados, constituyó la respuesta orgánica y masiva a décadas de un sistema educativo diseñado durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), que transformó la educación en un bien de mercado.
La Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), promulgada en 1990, había institucionalizado un modelo donde «la capacidad de los padres de paga al final, determinó las oportunidades de los niños», explicó Delfino.
Al respecto, se refirió a la pregunta que resonaba en cada pancarta: «¿Por qué es que, si no tengo dinero, estoy casi condenada a no haber podido ir a la universidad?»
«La calidad de la educación estaba en peligro porque, al final, la inequidad educativa dependía de si tenías recursos financieros o no», apuntó.
La conciencia social de Karina creció durante sus vivencias en una barrio humilde de Santiago: «Me crie con mucho amor, pero las cosas materiales no eran abundantes, Por ejemplo, había navidades que para mi madre era difícil preparar alguna comida», recordó.
En su escuela primaria vio la crudeza del abandono: «A veces, las ventanas de la clase se rompían o los baños no funcionaban. Nos faltaban materiales como lápices o borradores, pero los maestros estaban muy comprometidos».
A los 15 años, siendo presidenta del centro de estudiantes de su liceo, comenzó a conectar con líderes de otros colegios. Todos diagnosticaron el mismo mal: la herencia de la dictadura. Decidida a entender los mecanismos legales que perpetuaban la desigualdad, se sumergió en un estudio poco común para una adolescente. «Empecé a estudiar. Imagínense lo furiosa que mi mamá estaba, mientras mis amigos estaban estudiando matemáticas y idiomas, y yo estaba estudiando la ley educativa. Las leyes y las finanzas», relató la militante socialista.
De la protesta callejera a la toma pacífica
Las movilizaciones comenzaron a crecer a partir de abril de 2006, con casos emblemáticos como el Liceo Carlos Cousiño de Lota, cuyas aulas se inundaban cada invierno. Pero un episodio de violencia en una gran manifestación en Santiago a principios de mayo hizo que los líderes estudiantiles, entre ellos Delfino, reconsideraran la estrategia.
«Siempre se infiltraron carabineros. Siempre se mezclaron con las personas que infiltraron la marcha. Rompieron luces de tráfico, parques de autobuses y señales eléctricas. Y porque dañaron las cosas, la prensa solo reportaba malas cosas», recordó la actual jefa comunal.
«Entonces dijimos, vamos a cambiar la estrategia. Vamos a ocupar nuestras escuelas, porque si ocupamos nuestras escuelas de forma pacífica, los medios no podrán mostrar ninguna destrucción y reportarán lo que queremos decir», subrayó en el podcast de la BBC.
Con esa determinación, en la madrugada del 19 de mayo de 2006, ejecutaron el plan.
«Tomamos la primera escuela, llamada Liceo de Aplicación. La policía llegó con oficiales municipales, porque la ocupamos a las 2 de la mañana. Pero justo cuando la policía llegó ahí, los alumnos empezaron a ocupar el Instituto Nacional, que es una de las mejores escuelas conocidas en Chile. Luego, la tercera escuela se ocupó», comentó.
Para las 7 de la mañana, tres emblemáticos establecimientos estaban en manos de los estudiantes. La noticia se propagó pólvora. «
En las siguientes semanas, estudiantes de todo el país empezaron a ocupar sus escuelas», narró Delfino, dejando en claro que las tomas no fueron actos vandálicos, sino de cuidado y reivindicación.
«Yo fui a muchas escuelas ocupadas para decir lo mismo, que no iba a haber ningún daño a las escuelas. Al contrario, íbamos a arreglarlas y eso es lo que hicimos, pintamos murales», puntualizó.
¿Qué quieren estos estudiantes?: Cuando la opinión pública no pudo ignorarlos
La estrategia funcionó. Los medios de comunicación, ante la novedad de las ocupaciones pacíficas y organizadas, voltearon sus micrófonos y cámaras hacia los jóvenes. «Así que la misma prensa empezó a preguntarnos ¿qué quieren estos estudiantes? Empezaron a entrevistarnos», afirmó la hoy alcaldesa.
El momento crucial llegó a las 5 de la mañana del 30 de mayo de 2006. Un periodista llamó a Karina para informarle que estudiantes habían tomado un liceo en Isla de Pascua, un territorio insular chileno en medio del Pacífico.
«Esto significaba que cada región de Chile tenía una escuela ocupada», señaló con énfasis la periodista Grace Livingstone, destacando que comprendieron que la movilización era total.
«Cuando el presidente de la República [Ricardo Lagos] habló sobre la movilización de los estudiantes, creó un momento, un tipo de ‘clic’, en el que el sistema político se dio cuenta de nosotros y se dio cuenta de que nos tenían que tomar en cuenta», analizó la socióloga.
La presión fue tal que el gobierno de Lagos accedió de inmediato a varias demandas de corto plazo: aprobó fondos para reparar escuelas deterioradas, eliminó los pagos por rendir la Prueba de Aptitud Académica (PSU) para el 80% de los estudiantes más vulnerables y estableció el pase escolar gratuito permanente.
Un legado de lucha y reformas pendientes
El movimiento obligó a abrir un debate constitucional sobre educación. Si bien en 2009 se derogó la LOCE y se promulgó la Ley General de Educación (LGE), muchos activistas consideraron que la nueva normativa no iba al fondo del problema, al mantener a los colegios particulares subvencionados con fines de lucro.
No obstante, la Revolución Pingüina plantó una semilla innegable, ya que inspiró directamente las masivas protestas universitarias de 2011 y sentó las bases para las reformas educativas impulsadas durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet (2014-2018).
Esas reformas, consideradas históricas, prohibieron el lucro en escuelas que recibían fondos públicos y establecieron la gratuidad en la educación superior para el 60% de los estudiantes con menos recursos del país.
Para Karina Delfino, hoy desde la gestión municipal en Quinta Normal, la lucha sigue vigente.
«Es esencial que la educación de calidad sea proporcionada a todos los niños, sin importar su lugar de nacimiento, su origen o los recursos de su familia», aseveró, con la misma convicción que a los 16 años.
«Así que solo porque nacieron en una zona determinada o asistieron a una escuela determinada, eso no significa que no pueden progresar», apuntó
Hace casi 18 años, la Revolución Pingüina demostró que la demanda por derechos sociales, cuando se organiza y persiste, puede torcer el rumbo de la historia. El testimonio de Karina Delfino es la prueba viva de que las semillas plantadas en 2006, entre ocupaciones, pancartas y un ferviente deseo de justicia, siguen dando frutos en la construcción de un Chile más equitativo.

Puedes escuchar el podcast de la BBC en el que fue entrevistada Karina Delfino, a través de este ENLACE

