Ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov: Los BRICS pueden convertirse potencialmente en un actor muy eficaz en los procesos de conformación de la Gran Asociación Euroasiática

En entrevista con TV BRICS, Serguéi Lavrov abordó el papel del bloque en el nuevo escenario multipolar, el choque con Occidente y las prioridades que marcarán el año 2026, mientras Rusia conmemora el Día del Trabajador Diplomático cada 10 de febrero.

Ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov: Los BRICS pueden convertirse potencialmente en un actor muy eficaz en los procesos de conformación de la Gran Asociación Euroasiática

Autor: El Ciudadano

En una entrevista exclusiva con TV BRICS, el jefe de la diplomacia rusa evaluó el papel de los BRICS en la escena mundial, las perspectivas de desarrollo del grupo y los objetivos de la presidencia india en 2026.

El 10 de febrero se celebra anualmente en Rusia el Día del Trabajador Diplomático, la festividad profesional de los empleados del Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación de Rusia y de sus representaciones en el extranjero. Seguramente usted siempre pasa este día en el trabajo. ¿Cómo evalúa esta festividad? ¿Qué tan importante es para usted y sus colegas? Y, en general, ¿cuáles considera que son los principales resultados del trabajo del ministerio?

—Probablemente no nos corresponde a nosotros juzgar los resultados. Existe el presidente, a quien estamos subordinados conforme a la Constitución, y quien define nuestra política exterior, incluida la aprobación del Concepto de Política Exterior. La versión más reciente fue aprobada en marzo de 2023 y refleja los grandes cambios que están ocurriendo en el mundo, los cuales tienen un carácter sistémico y a largo plazo, y ocuparán un lugar central en nuestra actividad práctica.

Por supuesto, también es importante que con cada país socio, sobre la base de los acuerdos entre presidentes y primeros ministros, elaboremos planes concretos en los ámbitos comercial, económico, de inversión y cooperación científica, así como acciones conjuntas en la arena internacional, en la ONU y en otras organizaciones. Se presta especial atención a la Comunidad de Estados Independientes (CEI), la Unión Económica Euroasiática, la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) y, en general, al espacio postsoviético. Este trabajo cotidiano se construye sobre la base de planes a largo plazo y aporta beneficios mutuos directos tanto para nosotros como para nuestros socios.

Pero la transformación que se observa actualmente en la escena mundial, y que comenzó hace algún tiempo debido a la transición objetiva hacia un mundo multipolar, marca una nueva etapa. Ya no se trata de la bipolaridad que existía durante el período de la Unión Soviética, y de los Estados Unidos, del Pacto de Varsovia y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, ni de la unipolaridad que surgió tras la desaparición de la Unión Soviética, sino de una multipolaridad que define las vías del desarrollo de la humanidad. Los Estados Unidos, que durante muchos años fueron el motor de la economía mundial y el regulador de las finanzas globales, utilizaron el papel del dólar para reforzar sus posiciones dominantes. Sin embargo, objetivamente están perdiendo su influencia económica y su peso en la economía mundial.

Paralelamente, están emergiendo países como la República Popular China, la India y Brasil. En el continente africano también se observan procesos muy interesantes, relacionados con el hecho de que los africanos desean cada vez más no exportar sus recursos naturales, sino desarrollar su propia industria, como ya había comenzado a apoyarlos la Unión Soviética en su momento.

En otras palabras, han surgido numerosos centros de rápido crecimiento económico, así como centros de poder, influencia financiera y política, y el mundo se encuentra en un proceso de reconfiguración. Este proceso tiene lugar en un contexto de competencia intensa.

Occidente no quiere ceder sus antiguas posiciones dominantes. Además, con la llegada de la administración Trump, esta lucha por someter a los competidores se ha vuelto especialmente evidente y abierta. De hecho, la administración en Washington, bajo Donald Trump, no oculta estas ambiciones: busca dominar el sector energético y limitar a sus competidores. Se utilizan métodos claramente desleales también contra nosotros. Se prohíbe la actividad de empresas petroleras rusas como Lukoil y Rosneft, y se intenta poner bajo control nuestro comercio, la cooperación en inversiones y los vínculos técnico-militares con nuestros principales socios estratégicos, como la India y otros miembros BRICS.

En esencia, se está librando una batalla por preservar el antiguo orden mundial, que se sustentaba en el papel del dólar y en las reglas establecidas por Occidente e implementadas a través del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio.

Y cuando los nuevos centros de crecimiento comenzaron, basándose en estas mismas reglas, a obtener resultados económicos mucho más sólidos y tasas de crecimiento significativamente más altas —como observamos de manera generalizada en los países BRICS—, Occidente, como ya mencioné, empezó a buscar maneras de impedir esta transición. Esto, sin embargo, es imposible, porque el proceso es objetivo: las tasas de crecimiento de los países BRICS desde hace varios años superan tanto el ritmo como el volumen, y, lo más importante, el producto interno bruto ajustado por paridad de poder adquisitivo de estos países ya supera significativamente al PIB conjunto de los países del G7.

Y aquí, quizá, hice una pequeña digresión, porque estos procesos en la economía mundial, tanto los procesos objetivos de la aparición de nuevos centros de desarrollo, como los procesos subjetivos relacionados con los intentos de los antiguos centros que pierden influencia de obstaculizar estos procesos objetivos — constituyen el núcleo de nuestro trabajo, no solo en el ámbito del análisis y los pronósticos globales, sino también en el de las relaciones prácticas bilaterales con cada país. Porque todos los enfrentamientos geopolíticos y los intentos de interferir con el curso objetivo de la historia, por supuesto, repercuten en los asuntos bilaterales. No voy a enumerar todo: allí tenemos las sanciones, la flota “fantasma” inventada por Occidente, los intentos de detener barcos en alta mar utilizando la fuerza militar en flagrante violación de la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar, y muchas otras medidas. Aranceles impuestos por el simple hecho de que alguien compre petróleo o gas a alguien. Esto ahora se ha vuelto una práctica generalizada. Y el núcleo principal de nuestro trabajo…¿Sabe?, hay una canción que, aunque es el himno del Ministerio de Situaciones de Emergencia, se adapta perfectamente a nuestro ministerio, y probablemente a cualquier otro organismo de nuestro país.

Nuestra preocupación es sencilla.
Y así nuestra vida se enhebra:
que viva siempre la patria querida,
y no haya otras penas en la vida.

Lo que ocurre es que este objetivo —que viva siempre la patria querida—, en nuestros tiempos es muy ambicioso. Incluye garantizar nuestra seguridad, asegurarla de manera confiable, especialmente en un contexto en el que algunos, que se hacen pasar por políticos en Europa, amenazan con desatar una guerra contra Rusia. La seguridad también implica la necesidad de impedir que en nuestras fronteras permanezca un Estado nazi, que Occidente creó a partir de Ucrania y con el cual, una vez más, ha desatado una guerra contra nosotros.

Los fundamentos nazis deben ser eliminados. Y nosotros, de esto no tengo ninguna duda, garantizaremos los intereses de nuestra seguridad, evitando que se despliegue en el territorio ucraniano cualquier tipo de armamento que nos amenace. Y, en segundo lugar, aseguraremos la protección, confiable y plena, de los derechos de las personas rusas o rusoparlantes, que durante siglos han vivido y viven en las tierras de Crimea, Donbás y Nueva Rusia. Personas a quienes el régimen de Kiev, que llegó al poder tras el golpe de Estado, declaró como «seres» peligrosos, terroristas, contra quienes desató una guerra civil. Por ello, esta es una tarea de vital importancia para que nuestro país viva. Sin mencionar la economía y los asuntos sociales, que el presidente mantiene bajo control constante, y que el Gobierno gestiona.

En nuestro caso, una de las principales tareas del Ministerio de Asuntos Exteriores y de nuestra política exterior es crear y asegurar las condiciones externas más favorables posibles para el desarrollo interno del país: económico, social, industrial, y para garantizar el aumento del bienestar de los ciudadanos.

Es evidente que, en el contexto de la guerra global desatada contra nosotros, y de los febriles intentos de Occidente de castigar a todos nuestros socios y exigir que dejen de comerciar y colaborar con nosotros en el ámbito técnico-militar, realizar nuestro trabajo y asegurar las condiciones más favorables para el desarrollo interno es más difícil que, digamos, hace 10 o 15 años.

Pero eso no hace que estas tareas pierdan actualidad. Creo que hacemos todo lo posible para cumplir con dignidad estas tareas encomendadas por el presidente. Y, por supuesto, quienes deben juzgar nuestro trabajo son principalmente los propios rusos.

Sé que los ciudadanos rusos muestran un interés activo por la labor del Ministerio de Asuntos Exteriores. Nos alegra, pero esto también implica grandes responsabilidades adicionales. Espero que durante el período de preparación y celebración del Día del Diplomático, el 10 de febrero, podamos contar más sobre nuestra actividad y, lo más importante, responder a las preguntas que nos envían nuestros ciudadanos al ministerio, a las que siempre tratamos de responder de manera completa, manteniendo el contacto con nuestra gente. Para nosotros es importante sentir lo que ellos experimentan respecto a los problemas externos que enfrenta Rusia, porque a menudo nos proporciona indicios muy valiosos. Las encuestas de opinión pública y los comentarios que recibimos frecuentemente contienen sugerencias útiles para la elección de nuestras acciones prácticas en política exterior.

En 2025, la República de Indonesia se incorporó a los BRICS. Usted ya mencionó a la India y China. ¿Es correcto entender que ahora dedica cada vez más tiempo a la cooperación internacional dentro de los BRICS en su trabajo, y qué perspectivas de desarrollo ve?

—Sin duda, todo lo que he dicho al responder la primera pregunta significa que, en un contexto en el que Occidente pierde su hegemonía pero sigue aferrándose a los organismos creados para garantizarla — a instituciones que por definición ya no pueden reflejar la situación real ni la naturaleza justa de las relaciones internacionales —, en estas condiciones, resulta inevitable la creación de nuevas estructuras que atiendan las relaciones económicas, de inversión, comerciales y de transporte internacionales.

No estamos proponiendo que el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio dejen de existir. Durante muchos años hemos buscado reformar estos organismos para que, desde el momento de la creación de los BRICS, estos países —que son y siguen siendo las economías de más rápido crecimiento y potencias comerciales del mundo— obtuvieran votos y derechos en todas estas instituciones de Bretton Woods, proporcionales a su peso real en la economía global, el comercio mundial y los asuntos logísticos internacionales.

Occidente intenta impedir esto de manera categórica. El presidente Putin ha dicho en varias ocasiones que no somos nosotros quienes nos negamos a usar el dólar. Los Estados Unidos bajo Biden hicieron todo lo posible para que el dólar se convirtiera en un arma contra quienes no les son convenientes. Cabe señalar que la administración de los Estados Unidos, a pesar de todas las declaraciones que hemos escuchado sobre la necesidad de poner fin a la guerra desatada por Biden en Ucrania, de llegar a un acuerdo y sacarla de la agenda para abrir perspectivas claras y brillantes de interacción ruso-estadounidense en inversión y otros ámbitos, no ha impugnado todas las leyes que Biden aprobó para castigar a Rusia tras el inicio de la operación militar especial. En abril se prorrogó la ley sobre el estado de emergencia, cuyo núcleo es el castigo a Rusia, con la imposición de sanciones, incluyendo el congelamiento de nuestras reservas de oro y divisas. Está explícitamente registrado: “debido al comportamiento hostil de Rusia en política exterior”, citando como ejemplos la supuesta interferencia en las elecciones de los Estados Unidos, algo contra lo que el presidente Trump se ha manifestado de manera categórica a diario, y la violación del derecho internacional y los derechos humanos, entre otras acusaciones.

Todo esto es “bidenismo puro», que Trump y su equipo rechazan. No obstante, la ley fue prorrogada sin inmutarse, y las sanciones contra Rusia continúan vigentes. Se impusieron sanciones a Lukoil y Rosneft, y esto ocurrió en otoño, pocas semanas después de la muy buena reunión entre Putin y Trump en Anchorage.

Es decir, nos dicen que hay que resolver el problema ucraniano. En Anchorage aceptamos la propuesta de los Estados Unidos. Si lo abordamos con franqueza, ellos propusieron, nosotros aceptamos, la cuestión debería resolverse. Para Rusia, Putin lo ha dicho varias veces: no importa lo que digan en Ucrania o en Europa, vemos claramente la rusofobia casi primitiva de la mayoría de los regímenes de la Unión Europea, con raras excepciones. Lo que nos importaba era la posición de los Estados Unidos. Y, al aceptar su propuesta, aparentemente cumplimos con la tarea de resolver la cuestión ucraniana y pasar a una cooperación amplia, plena y mutuamente beneficiosa.

En la práctica, sin embargo, todo parece lo contrario: se imponen nuevas sanciones, se organiza una guerra contra los petroleros, como saben, en alta mar, en violación de la Convención sobre el Derecho del Mar. A la India y a otros de nuestros socios se les intenta prohibir comprar recursos energéticos rusos baratos y accesibles. En Europa hace tiempo que lo prohibieron y los obligan a pagar el triple por el gas natural licuado estadounidense.

Es decir, en el ámbito económico, los estadounidenses han declarado básicamente la tarea de lograr el dominio económico. Por eso, además de lo que parecía una propuesta con Ucrania, a la que estábamos dispuestos y ahora ellos no, en el campo económico tampoco vemos un futuro prometedor.

Los estadounidenses quieren apoderarse de todas las rutas de suministro de energía de todos los países líderes y de todos los continentes. Y, en particular, en el continente europeo ponen la mirada tanto en los gasoductos Nord Stream, que, como usted sabe, fueron volados hace tres años, como en el sistema de transporte de gas de Ucrania y en el gasoducto “TurkStream”.

Solo quiero decir que el objetivo de los Estados Unidos es dominar la economía mundial. Esto se lleva a cabo mediante una gran cantidad de medidas coercitivas que no encajan en una competencia justa: aranceles, sanciones, prohibiciones directas e incluso se prohíbe a algunos mantener contactos.

Y todo esto nos vemos obligados a tenerlo en cuenta. Por eso, manteniéndonos abiertos al igual que la India, China, Indonesia y Brasil, y abiertos a la cooperación con todos los países, incluido, por supuesto, una gran potencia como los Estados Unidos, en situaciones donde los propios estadounidenses crean obstáculos artificiales en este camino, nos vemos obligados a buscar vías adicionales y protegidas para el desarrollo de nuestros proyectos financieros, económicos, de integración, logísticos y de otro tipo con los países BRICS.

Y en los BRICS presidimos hace dos años, durante la cumbre en Kazán, donde se pusieron en marcha varias iniciativas rusas. Esto incluye plataformas de pago alternativas, mecanismos de liquidación en monedas nacionales, la creación de mecanismos de reaseguro para el comercio dentro de los BRICS y entre los BRICS y sus socios, la creación de una bolsa de granos y una nueva plataforma de inversión. Todo esto no se hace para desafiar a nadie, sobre todo a los Estados Unidos, sino simplemente porque los Estados Unidos ejercen un control estricto sobre la implementación de todos los procesos en estas áreas y exige concesiones unilaterales.

Por eso no hemos renunciado a los contactos con ellos en la medida en que estén dispuestos a actuar sobre una base mutuamente beneficiosa. Por supuesto, estamos interesados, junto con nuestros socios BRICS, en crear una arquitectura que no esté sujeta a acciones indebidas de ningún actor del flanco occidental.

Lavrov (a la derecha) habló con TV BRICS sobre el rol del bloque y la Gran Asociación Euroasiática en un escenario multipolar. Imagen: TV BRICS.

Los principios de los BRICS —igualdad, apertura y cooperación mutuamente beneficiosa— son afines, por ejemplo, a los de la Unión Económica Euroasiática. Y esta agrupación de integración, el proyecto de la «Gran Asociación Euroasiática», ¿puede, a su juicio, también contribuir al desarrollo de la cooperación internacional, al igual que la OCS o la ASEAN?

—Por supuesto, estoy seguro. En principio, la Gran Asociación Euroasiática es una iniciativa que objetivamente surgió como una necesidad en la agenda. Hace muchos años se celebró una cumbre, creo que en 2015, Rusia-ASEAN. Fue allí donde el presidente Putin formuló el término «Gran Asociación Euroasiática», basado, de nuevo, en una tendencia objetiva: Eurasia es el continente más grande del mundo, el más rico, el de mayor crecimiento —especialmente la parte del Pacífico— el más poblado y, lo que no es menor, un continente donde surgieron y siguen existiendo varias grandes civilizaciones.

Se trata de la civilización china, india, árabe, persa y rusa. Difícilmente encontraremos una cantidad de procesos históricos comparable a los de Eurasia en la historia de África o América Latina. También son antiguos y ricos, pero la diversidad de culturas y civilizaciones es una característica propia del continente euroasiático.

Además, en Eurasia existen muchas estructuras subregionales: la CEE, la CEI, la ASEAN. Hay una organización de Asia del Sur, otra de países árabes del golfo Pérsico y muchas más. En África y América Latina también hay numerosas organizaciones subregionales, pero allí existe una estructura continental paraguas: la Unión Africana y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. En Eurasia no existe un techo común de ese tipo.

Esto se explica en gran medida porque los europeos, desde los tiempos coloniales, se preocuparon principalmente por organizar sus propios territorios y utilizar las demás tierras, incluidas las eurasiáticas, como colonias —ya fuera la India, China o muchos otros territorios—, prestando atención sobre todo al desarrollo de la parte occidental del continente, partiendo de la idea de que eran los dueños del resto.

De esta manera surgieron conceptos que reflejan los enfoques euroatlánticos para garantizar la seguridad. Tras la Segunda Guerra Mundial aparecieron la OTAN, la Unión Europea —que en esta etapa se ha convertido prácticamente en un anexo de la OTAN— y la OSCE, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, que también basan su lógica en un enfoque euroatlántico, teniendo en cuenta la activa participación allí de Norteamérica, de los Estados Unidos y de Canadá.

Todas estas organizaciones —la OTAN, con sus promesas incumplidas hechas aún a la Unión Soviética de no expandirse hacia el Este; la Unión Europea, que destruyó toda la infraestructura de cooperación con nuestro país; y la OSCE, que se subordinó completamente a las acciones unilaterales de Occidente y olvidó su principio fundamental de consenso y acuerdo de todos sus miembros—, en general, están llegando al final de su ciclo.

No es casualidad que nuestra iniciativa, formulada por el presidente en 2024, sobre la garantía de la seguridad eurasiática y la creación de una arquitectura de seguridad eurasiática y continental, esté cobrando fuerza y generando cada vez más interés.

Y, por supuesto, es sumamente importante que esta idea de garantizar la seguridad con la participación de todos los países del continente se apoye en una base material sólida, teniendo en cuenta la llamada Gran Asociación Euroasiática. Cuanto más fuertes sean los vínculos entre las agrupaciones de integración regionales y subregionales, más sólido será el fundamento para construir un modelo común de seguridad. El proceso de formación de la Gran Asociación Euroasiática ya está en marcha y comenzó con las relaciones entre la Unión Económica Euroasiática, la Organización de Cooperación de Shanghái y la ASEAN. En este contexto, también se ha tenido en cuenta la iniciativa de la República Popular China, “Una Franja, Una Ruta”. Los jefes de los órganos ejecutivos de estas organizaciones se reúnen periódicamente e intercambian información sobre los planes que cada una tiene y desarrolla. Esto permite decidir qué proyectos se pueden llevar a cabo de manera más eficiente y con menores costos mediante la cooperación, evitando duplicar esfuerzos.

Esta cooperación también se observa en el marco del proyecto del Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur, así como en iniciativas que conectan el sur de Asia con nuestro Lejano Oriente y en proyectos relacionados con el uso compartido de la Ruta Marítima del Norte. Por lo tanto, estos procesos continúan. Por razones comprensibles, si hablamos de la Asociación Euroasiática, participan en ellos los países del continente. Los BRICS, en cambio, son una organización global que despierta interés en todos los continentes y que ya reúne no solo a países de Eurasia, sino también a numerosas naciones de América Latina y África. Este proceso continuará.

Los BRICS ofrecen un marco —una especie de paraguas— para el desarrollo de los procesos de integración en distintos continentes. A futuro, los BRICS podrían convertirse en un espacio donde se armonicen los planes de desarrollo económico, social e infraestructural de Eurasia, de África y de América Latina.

Y el hecho de que los BRICS incluyan gigantes euroasiáticos como China, India y Rusia, y ahora también Indonesia, convierte al grupo en un actor potencialmente muy eficaz y que contribuye activamente a los procesos de formación de la Gran Asociación Euroasiática.

La presidencia de los BRICS ha pasado a manos de la India, y ese país ya ha expuesto sus principales prioridades: sostenibilidad, innovación, cooperación y desarrollo sostenible. ¿En qué medida estas prioridades coinciden con su visión del desarrollo de la cooperación internacional? ¿Qué papel desempeña el espacio informativo global, dado que hoy la información ocupa un lugar tan importante en la vida de cada uno de nosotros? Y, adelantándonos un poco, ¿qué resultados espera usted personalmente de la presidencia india?

—Las prioridades de cada presidencia de los BRICS tradicionalmente reflejan continuidad. Ya he mencionado las iniciativas que se lanzaron durante nuestra presidencia en 2024. Todas ellas están relacionadas con plataformas alternativas y con mecanismos de apoyo al funcionamiento de la economía mundial. Siguen debatiéndose y concretándose, tal como ocurrió el año pasado, cuando Brasil ejerció la presidencia, y de la misma manera sucede ahora, cuando el liderazgo ha pasado a la India.

La India presta también especial atención a un tema que, lamentablemente, sigue siendo actual: la lucha contra el terrorismo. Observamos manifestaciones terroristas en Afganistán y en sus alrededores, así como en las zonas entre la India y Pakistán, entre la India y Afganistán, y entre Pakistán y Afganistán. Existen aún muchos otros focos, incluido Oriente Medio, también en su parte asiática. Por lo tanto, esta prioridad es muy importante para nosotros, sobre todo porque, junto con la India, estamos promoviendo activamente en la ONU la iniciativa de elaborar (aunque en realidad ya está elaborada) y adoptar una convención mundial contra el terrorismo. Por el momento no se ha logrado alcanzar un consenso, pero esa es otra cuestión.

La India también muestra interés —y así lo refleja el programa de su presidencia— en asuntos de seguridad alimentaria y seguridad energética. La seguridad energética será especialmente interesante de analizar en el contexto de las acciones que la administración Trump está emprendiendo en el ámbito de la energía mundial.

Se trata de cuestiones estrechamente ligadas a posibilidades y conclusiones muy prácticas. Asimismo, la India concede una atención especial, que nosotros apoyamos activamente, a la seguridad de las tecnologías de la información y la comunicación. Dentro de un par de semanas, o a comienzos de marzo —en cualquier caso, en el próximo mes o mes y medio—, se celebrará en la India una cumbre sobre inteligencia artificial, a la que Rusia ha sido invitada y en cuya agenda trabaja activamente. Este evento tiene una importancia fundamental, teniendo en cuenta que las normas de interacción entre los Estados en el ámbito de la inteligencia artificial, así como las reglas para el uso de estas tecnologías por parte de cada país, apenas están comenzando a formarse.

Se trata de una lucha diplomática bastante importante, pero con una dimensión práctica directa, ya que estas normas regularán —confiamos mucho en que así sea— conductas de las que dependen cuestiones de seguridad. Usted sabe que actualmente algunos actores intentan de forma muy activa introducir la inteligencia artificial en el ámbito militar.

Y, probablemente, es derecho de cada país observar cómo se desarrollará ese proceso, pero ya existen intentos por parte de algunos Estados de subordinarlo, de crear alguna estructura bajo su control y someter a ella todo lo que los Estados hacen, pueden hacer y tienen derecho a hacer con la inteligencia artificial en el ámbito militar. Es evidente que países como los miembros BRICS no aceptarán tal restricción de su soberanía, pero la transparencia en este ámbito sigue siendo extremadamente importante.

Por ello, en mi opinión, la presidencia india presenta un programa muy actual, moderno, acorde con los desafíos del presente y orientado al futuro. Lo apoyaremos activamente.

Por Serguéi Víktorovich

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