La deuda de la educación sexual integral

Pornografía, deseo y consentimiento en la Generación Z

Si Chile quiere avanzar hacia relaciones más sanas, igualitarias y conscientes, la educación sexual integral debe dejar de ser aspiración y convertirse en pilar real del sistema educativo y cultural. Solo así el deseo dejará de interpretarse en pantallas y empezará a nombrarse, sentirse y negociarse con diálogo y respeto.

Pornografía, deseo y consentimiento en la Generación Z

Autor: El Ciudadano

Por Verónica Aravena Vega

Hay un momento en la adolescencia en que la sexualidad deja de ser un susurro y se vuelve una pregunta insistente: ¿qué significa consentir? ¿Qué es el deseo? ¿Qué es el placer? Para muchas personas en Chile —como en otros países— ese momento llega sin guía, sin conversación, sin herramientas para comprender. Lo que sí hay, en cambio, es una pantalla en la mano, abierta a millones de imágenes explícitas que aparecen de forma imprevista, sin advertencia ni diálogo que las sitúe en contexto.

Hoy sabemos que en España casi la mitad de los y las jóvenes entre 16 y 29 años no recibió educación sexual ni en la familia ni en la escuela. Según la Encuesta ESTUDES 2022, más de cuatro de cada 10 jóvenes identifican su primer contacto con pornografía alrededor de los 13 años, y la mayoría indica que fue muy fácil acceder a esos contenidos. Esta tendencia no es aislada: el acceso ocurre sin filtros efectivos, sin edad mínima real y sin mediación parental ni educativa.

En Chile, la evidencia es más fragmentaria, pero sigue un patrón similar. Según el Estudio Nacional de Educación Sexual en Adolescentes (2020‑2021), una proporción importante de estudiantes de enseñanza media reconoce haber recibido algo de educación sexual en la escuela, pero casi todos perciben que es insuficiente. Muchas veces, esa educación se limita a anatomía o prevención de infecciones, sin entrar en dimensiones afectivas, relacionales o de deseo. Los/as jóvenes sienten que hace falta más: no solo información técnica, sino conversaciones sobre cómo construir relaciones, cómo negociar deseos y límites, y cómo reconocer señales propias y ajenas de consentimiento.

Ante este vacío educativo, un referente ocupa el lugar que debería tener la palabra adulta: la pornografía. En España, según la Encuesta ESTUDES, más del 80% de adolescentes ha consumido pornografía, y en algunos estudios específicos hasta el 89% de los chicos de bachillerato. No es un consumo ocasional; muchos lo ven como una forma de aprender sobre sexo porque nadie les ofreció otro recurso. En Chile, estudios cualitativos y encuestas escolares muestran que adolescentes entre 13 y 17 años reconocen la pornografía como fuente principal de información sexual.

El problema no es la pornografía en sí, sino que se convierte en referente sin contexto ni mediación crítica. El imaginario sexual que construyen los jóvenes se asienta sobre cuerpos idealizados, escenas de dominación y guiones centrados en placer mecánico, raramente en emocionalidad compartida. Es comprensible que busquen inspiración allí: es fácil de encontrar, gratuita y llega justo cuando la curiosidad explota. Pero estos materiales no enseñan sobre la complejidad del consentimiento, del deseo compartido o de la negociación de límites: enseñan escenas, no relaciones humanas.

El problema no es la pornografía en sí, sino que se convierte en referente sin contexto ni mediación crítica.

Lo que la pornografía ofrece suele ser un guión donde casi nadie habla, donde el consentimiento —si se representa— no se expresa como diálogo continuo sino como un impulso automático o incluso, se erotiza el no consentir, y donde el deseo aparece como fuerza que debe satisfacerse sin fricción ni duda. Cuando eso se convierte en referente sin contrapunto, los jóvenes pueden confundir excitación con consentimiento, rendimiento con reciprocidad y presencia con deseo mutuo.

La educación sexual integral no es una lista de controles sanitarios ni un manual de procedimientos: es conversación sobre cuerpo, prevención de infecciones, sí, pero también —y, sobre todo— sobre vínculos, afectos, comunicación, emociones y participación activa. Enseñar a decir “no” no es suficiente. ¿Cómo se aprende a decir “sí” con ganas y respeto si nadie enseña lo que eso significa? ¿Cómo se negocia el deseo si el único referente son escenas mediadas por cámara que no muestran diálogo, cuidado o reciprocidad?

La evidencia científica respalda estas preocupaciones. La investigación del Observatorio Social La Caixa en España (2022) indica que adolescentes que consumen pornografía con frecuencia tienden a aceptar estereotipos de género tradicionales y expectativas irreales sobre relaciones sexuales. También se observa que exposiciones tempranas y sin contexto pueden relacionarse con conductas de riesgo o expectativas distorsionadas sobre cómo deben ser las relaciones íntimas. Esto no implica determinismo: no todos los adolescentes que consumen pornografía adoptan estos patrones, pero sí muestra tendencias relevantes.

Estos fenómenos no ocurren en el vacío. En Chile, muchas familias y educadores reconocen la importancia de la educación sexual, pero todavía predomina la idea de que esta es responsabilidad exclusiva de los padres, más que de las escuelas. Según la Encuesta Nacional de Educación Sexual (2020), un 65% de padres declara no sentirse capacitado para conversar sobre sexualidad con sus hijos/as, lo que genera una doble carga: adultos intentando responder preguntas para las que no tienen herramientas y escuelas que carecen de programas estructurados. Mientras esta brecha persista, los adolescentes seguirán aprendiendo más de pantallas que de palabras.

En paralelo, los riesgos del entorno digital van más allá de los videos: la presión para enviar fotos íntimas afecta a casi uno de cada 10 jóvenes, y uno de cada tres accede a pornografía involuntaria antes de tener vocabulario para comprenderla, según datos de estudios sobre salud digital y bienestar de menores en Chile (2021‑2022). Este entorno ofrece modelos de relación distorsionados, mecánicos o violentos, que los adolescentes absorben sin guía crítica.

Todo esto influye directamente en cómo se construye el consentimiento. A menudo lo pensamos como un acto puntual —un sí o un no—, pero en la vida real es un proceso dinámico que exige vocabulario emocional, empatía, reconocimiento de límites propios y ajenos, y negociación sin coerción. Sin educación que enseñe estas habilidades, el consentimiento queda reducido a formalidad, no a práctica ética sostenida.

La educación sexual integral no es una lista de controles sanitarios ni un manual de procedimientos: es conversación sobre cuerpo, prevención de infecciones, sí, pero también —y, sobre todo— sobre vínculos, afectos, comunicación, emociones y participación activa.

El deseo también se ve afectado. Ese motor íntimo, que no siempre es lineal y que fluctúa según emociones y contexto, no se aprende viendo escenas mediadas por cámara. Se construye con experiencia, reflexión y conversaciones honestas sobre lo que se siente, se quiere y se negocia. Si lo único que hay son imágenes sin contexto, los jóvenes tenderán a interpretar su propio deseo a partir de scripts ajenos, no desde su propia exploración consciente.

No se trata de caer en moralismos. No es que la pornografía sea intrínsecamente “mala” ni que todos los adolescentes que la consumen reproduzcan patrones problemáticos. El problema surge cuando la pornografía se convierte en la principal fuente de aprendizaje sobre sexualidad, sin un marco educativo que la ponga en perspectiva. El desafío no es prohibir, sino complementar: ofrecer educación afectivo‑sexual crítica donde los jóvenes puedan hablar de lo que sienten sin vergüenza ni tabúes.

Imaginar una educación sexual integral en Chile implica pensar en aulas donde no solo se hable de biología, sino de emociones; donde haya espacio para hablar de deseo y límites; donde se enseñe a comunicar y a cuestionar lo que se ve en pantallas. Implica capacitar docentes, apoyar a familias y dar herramientas para que los adolescentes construyan su identidad sexual de manera sana, crítica y respetuosa.

La pregunta es simple pero profunda: ¿queremos que los jóvenes aprendan sexualidad en silencio y pantallas, o queremos acompañarlos para que construyan deseo, consentimiento y relaciones humanas con palabras, reflexión y cuidado? Mientras la educación sea fragmentaria y el diálogo adulto escaso, la pornografía seguirá ocupando un lugar central en los modelos sexuales —y sin educación crítica, estos modelos pueden ser reduccionistas, mecanicistas y desiguales.

Aprender a decir “sí” con deseo y respeto no es trivial. Es una habilidad que requiere práctica, conversaciones y comprensión emocional. Si Chile quiere avanzar hacia relaciones más sanas, igualitarias y conscientes, la educación sexual integral debe dejar de ser aspiración y convertirse en pilar real del sistema educativo y cultural. Solo así el deseo dejará de interpretarse en pantallas y empezará a nombrarse, sentirse y negociarse con diálogo y respeto.

Por Verónica Aravena Vega

Psicóloga. Doctora en Estudios de Género y Política, Universidad de Barcelona. Máster en Masculinidades y Género. Máster en Recursos Humanos. Máster en Psicología Social/Organizacional. En Instagram

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Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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