La ruleta como metáfora del azar: cómo la ciencia explica por qué el cerebro humano busca patrones donde no los hay

Hay algo en una ruleta girando que resulta difícil de ignorar

La ruleta como metáfora del azar: cómo la ciencia explica por qué el cerebro humano busca patrones donde no los hay

Autor: El Ciudadano

Hay algo en una ruleta girando que resulta difícil de ignorar. Quizás sea el sonido de la bola rebotando, o esa fracción de segundo antes de que caiga en su casilla. Pero lo que realmente engancha está más cerca que la mesa: está en nuestra cabeza.

El cerebro que no acepta el caos

Pocas experiencias lo ilustran tan bien como jugar a la ruleta en vivo: en cada tirada, el resultado es completamente aleatorio, y aun así, casi nadie puede evitar buscarle un patrón. «Lleva cinco tiradas en negro, seguro que ahora toca el rojo.» Es una frase que cualquiera reconoce, y tiene una explicación neurológica muy concreta.

Nuestro cerebro es, ante todo, una máquina de predicción. Durante miles de años, detectar patrones fue clave para sobrevivir: reconocer qué nubes traen tormenta, qué sonidos anuncian peligro, qué plantas son seguras. Esa capacidad está tan grabada en nosotros que no se apaga cuando nos sentamos frente a un juego de azar; al contrario, trabaja con más intensidad.

Los neurocientíficos llaman a esto apofenia, que es la tendencia del cerebro a percibir conexiones entre cosas que, en realidad, no están relacionadas. Pasa con las ilusiones ópticas, donde el cerebro construye figuras que no existen y sigue viéndolas aunque sepas que son falsas. Con el azar ocurre que la razón entiende que cada tirada es independiente, pero una parte de nosotros sigue esperando que el universo «equilibre la balanza».

Cuando la emoción entra en juego

Y aquí es donde la cosa se pone más interesante. Porque no es solo la razón la que participa en todo esto; también las emociones tienen mucho que decir. Cada vez que anticipamos un resultado incierto, el cerebro libera dopamina, el neurotransmisor vinculado a la motivación y la recompensa. Según investigaciones del sistema de recompensa cerebral, ese pico no llega cuando ganamos, sino justo antes, en el momento de la espera. La incertidumbre, neurológicamente hablando, es la parte más estimulante de la experiencia.

Eso explica en buena medida por qué la ruleta ha sobrevivido siglos sin perder atractivo. La combinación de movimiento, sonido, anticipación y resultado inmediato activa el sistema de recompensa cerebral de una forma eficaz. No hace falta ganar para que el cerebro registre la experiencia como intensa y memorable.

Según los estudios sobre el cerebro emocional, algunas personas tienen redes neuronales especialmente activas en las áreas relacionadas con la anticipación y la lectura de señales emocionales, lo que las hace más propensas a percibir patrones donde solo hay probabilidad. Básicamente, no es una cuestión de ingenuidad, más bien de biología. Y entenderlo cambia bastante la forma en que nos miramos a nosotros mismos cuando jugamos.

La ruleta, vista con esta perspectiva, se convierte en un ejercicio de autoconocimiento. Nos recuerda que el cerebro humano está diseñado para dar sentido al mundo, incluso cuando el mundo simplemente gira y cae donde quiere. Conocer ese mecanismo no nos hace inmunes a él, pero sí nos permite observarlo con algo más de curiosidad y algo menos de misterio.

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