Baquedano vuelve a Plaza de la Dignidad. La frase no es solo informativa: es política. El Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) aprobó la solicitud para reinstalar la estatua ecuestre del general Manuel Baquedano en el centro de Santiago, pero la decisión está lejos de ser un simple trámite patrimonial.
Se trata de una intervención directa sobre el principal espacio simbólico del país . Y cuando se intervienen símbolos, se interviene también la memoria.
El CMN informó que la aprobación se produjo tras un “análisis estrictamente técnico”. Además, señaló que “la institución solicitante deberá certificar ante la Secretaría Técnica que las intervenciones realizadas en el plinto tienen resultados favorables en las pruebas de resistencia y factibilidad , antes de instalar la figura ecuestre, siguiendo los criterios y plazos de la norma chilena” .
El organismo agregó que los antecedentes analizados buscan “garantizar la seguridad de la ciudadanía, la preservación de la escultura y la integridad del plinto”, considerando “la relevancia histórica y la complejidad que reviste el conjunto escultórico”.
Sin embargo, el debate no está en la resistencia estructural del pedestal. Está en lo que representa la figura que se volverá a instalar .
Una plaza con tres nombres y un mismo conflicto
La plaza donde se reinstalará el monumento tiene tres nombres y tres relatos superpuestos: Plaza Baquedano, Plaza Italia y Plaza de la Dignidad.
Cada denominación condensa una visión distinta del país. Plaza Italia remite a tradición republicana y celebraciones deportivas. Plaza Baquedano proyecta el relato heroico militar . Plaza de la Dignidad emerge desde el estallido social como símbolo de protesta, cuestionamiento y esperanza de transformación.

Desde el 18 de octubre de 2019, ese espacio dejó de ser únicamente un punto de tránsito urbano para convertirse en epicentro de movilizaciones históricas. Allí confluyeron marchas multitudinarias, demandas sociales, banderas feministas, estudiantiles y mapuche . Allí también se desplegó la represión que marcó uno de los periodos más intensos de la historia reciente.
La remoción de la estatua en 2021 fue leída por amplios sectores como un quiebre simbólico: el centro de Santiago dejaba de estar presidido por un general para convertirse en escenario de ciudadanía movilizada.
Su retorno reabre esa fractura.
Reacciones: orden y reivindicación versus memoria y cuestionamiento
Tras la aprobación del CMN, sectores de derecha y del mundo militar valoraron la decisión como una restitución del patrimonio y del “orden” institucional. Para esa mirada , la reinstalación representa una corrección frente a lo que consideran un periodo de descontrol.
Desde sectores sociales, estudiantiles y mapuche, en cambio, la medida es leída como un gesto político que reinstala en el corazón del país un símbolo asociado al poder militar del Estado.
No se trata solo de una estatua. Se trata de qué relato histórico ocupa el centro del espacio público.
Baquedano, el Estado y la memoria mapuche
La figura de Manuel Baquedano está vinculada a la Guerra del Pacífico, pero también al proceso de ocupación militar del territorio mapuche en el siglo XIX, conocido como la “Pacificación de la Araucanía”.
Ese episodio continúa siendo objeto de controversia. Para algunos, es parte del proceso de consolidación estatal. Para otros, representa expansión territorial forzada, violencia y genocidio contra pueblos originarios.
En un país donde el conflicto entre el Estado y comunidades mapuche sigue vigente, reinstalar la figura del general en el principal espacio de manifestación adquiere inevitablemente una dimensión política.
Porque los monumentos no son solo piezas históricas: son declaraciones permanentes sobre qué memoria se privilegia.

Técnica, poder y disputa simbólica
El CMN fundamenta su decisión en criterios técnicos. Y efectivamente, el patrimonio requiere resguardo. Pero los símbolos no se agotan en su dimensión material.
La plaza no es un museo congelado en el tiempo. Es un espacio vivo, donde se expresan tensiones sociales. Allí confluyen memoria del estallido, demandas de dignidad, críticas al modelo y debates pendientes sobre justicia histórica.
La ministra (s) vocera de Gobierno, Aisén Etcheverry, había señalado que el monumento regresaría y compartiría espacio con la escultura de Gabriela Mistral. Esa coexistencia proyecta una nueva configuración simbólica del lugar. Pero no elimina la disputa.
Porque el centro de Santiago no es solo un punto geográfico. Es el escenario donde se cruzan proyectos de país.
El centro como espejo del país
Que Baquedano vuelva a Plaza de la Dignidad no cierra la discusión: la reactiva. El gesto ocurre en un país que todavía debate el significado del estallido social, el rol del Estado frente a la protesta y la deuda histórica con el pueblo mapuche.
Los símbolos condensan significados. Acumulan capas de historia. Orientan miradas y acciones. No son neutros ni inocentes.
En el corazón de Santiago, el bronce no es solo bronce. Es memoria materializada. Es poder representado. Es disputa visible.
Y cuando un símbolo vuelve a ocupar el centro, lo que vuelve no es solo una estatua. Vuelve una narrativa. Y esa narrativa —como la plaza misma— seguirá siendo territorio en conflicto.
