Por Verónica Aravena Vega

Nos han llamado putas desde que aprendimos a ocupar espacio. Putas por hablar, por callar, por desear demasiado, por no desear, por separarnos, por no ajustarnos al molde, por existir. La palabra no describe un acto; nombra un exceso: una mujer que no se doblega, que no encaja en la obediencia que se espera de ella, que no entrega su historia al juicio de otros. “Puta” es una categoría disciplinaria, un recordatorio de que la autonomía tiene precio y que ese precio siempre se quiere pagar con miedo.
Pero no basta con no ser puta, tampoco se permite interrumpir la obediencia. La obediencia femenina ha sido la medida silenciosa de la respetabilidad. Aprender a obedecer, a moderar la rabia, a encubrir el dolor hasta que resulte digerible, es un arte enseñado desde niñas, con miradas, frases y advertencias. Pero esta obediencia no es neutral: es violencia estructural. Como explica Pierre Bourdieu, la sociedad ejerce control no solo con fuerza física, sino con normas, expectativas y sanciones simbólicas que hacemos pasar por naturales. La violencia se vuelve invisible porque se incorpora, se repite y se interioriza; la obediencia se naturaliza, y la desobediencia se percibe como desvío o peligro.
Cada insulto, cada regaño, cada advertencia que nos llamó “puta” o “desobediente” es parte de esa arquitectura. La violencia no se limita a golpes o amenazas explícitas: se infiltra en nuestra percepción del riesgo, en la forma en que caminamos, hablamos o decidimos. Rita Segato habla de la violencia pedagógica: enseña qué cuerpos y emociones son aceptables y cuáles merecen sanción. La obediencia se convierte así en estrategia de supervivencia: aprender a minimizar la exposición al peligro y a negociar el miedo con silencio o moderación.
Pero ahí está la grieta: la desobediencia funciona precisamente porque rompe esa pedagogía, porque interrumpe la naturalización de la violencia y nos permite reapropiarnos del concepto de “puta” como exceso, autonomía y transgresión. Cada gesto que desafía la norma, aunque pequeño, es un acto político: señala que la regla no es inevitable y que el control no es absoluto. Judith Butler explica que las normas sobreviven por repetición: se vuelven naturales porque se reproducen sistemáticamente. Interrumpirlas, cuestionarlas o resignificarlas altera la estructura y abre espacio para nuevas formas de acción.
Pensemos en el contexto contemporáneo: los discursos conservadores y autoritarios vuelven a tejer miedo alrededor de la autonomía femenina. No es exageración: en muchos países, incluyendo Chile, se respira un autoritarismo que ofrece protección a cambio de obediencia. Wendy Brown advierte que el neoliberalismo y los regímenes autoritarios moldean sujetos dóciles: el miedo se administra como herramienta de control, la obediencia se refuerza y la transgresión se castiga. La violencia estructural y simbólica se hace más evidente: no solo nos dicen qué hacer, sino cómo debemos sentir, cómo narrar nuestro dolor y cómo reaccionar frente a la amenaza.
No podemos reducir la agencia femenina a la supervivencia ante el miedo; nuestra estrategia no puede limitarse a reaccionar, sino que debe organizarse, articularse y proyectarse hacia la transformación y emancipación de la estructura que nos oprime.
Por eso la figura de la víctima merece reflexión crítica. Reconocer la violencia no es lo mismo que hacer de la victimización nuestra identidad principal. Convertirnos únicamente en víctimas certificadas facilita que la estructura siga gobernando nuestra acción política. No podemos reducir la agencia femenina a la supervivencia ante el miedo; nuestra estrategia no puede limitarse a reaccionar, sino que debe organizarse, articularse y proyectarse hacia la transformación y emancipación de la estructura que nos oprime.
La violencia no es un accidente; está incrustada en los gestos, en las expectativas, en los silencios que nos enseñan cómo caminar, cómo llorar, cómo contar nuestra historia para que sea creíble. Nos enseñan a moderar la rabia, a no incomodar. Pero ahí es donde entra el concepto de “puta”: no como etiqueta a resignificar, sino como símbolo de exceso, de autonomía y de transgresión que incomoda al orden. Cada vez que rompemos la obediencia esperada tocamos la arquitectura de control que busca domesticarnos.
La desobediencia colectiva no es gesto simbólico, ni pose estética. Es estrategia tangible, política, y necesita organización, imaginación y riesgo compartido. No hablamos de confrontar hombres individualmente, sino de interrumpir la pedagogía de la violencia, esa que nos enseña desde niñas que nuestros cuerpos y emociones deben ser regulados. Es organizar espacios donde la rabia y el exceso no se esconden, donde el dolor se articula para transformar la estructura que lo produce.
Podemos imaginarlo como un tejido: cada acto que desafía la norma es un hilo que refuerza el entramado colectivo. No es heroísmo; es práctica sostenida. Puede ser un taller, un colectivo, un manifiesto, un grito compartido, un abrazo que dice “no cedas”. Virginie Despentes lo explica cuando señala que el exceso femenino no es problema de las mujeres, sino señal de la fragilidad del orden que intenta disciplinarlas. La desobediencia organizada toca esa fragilidad y la amplifica.
En Chile, donde se huele el autoritarismo, donde los discursos conservadores buscan domesticarnos y administrar miedo, la desobediencia colectiva no es opcional. Es manera de sostener autonomía, de disputar la narrativa que nos quiere víctimas perpetuas, de resistir la normalización de la obediencia como única estrategia de supervivencia. No necesitamos mártires; necesitamos acción compartida, visibilización de nuestras estrategias y celebración de lo que incomoda, de lo que escapa al molde.
Esta desobediencia tiene que ser política y práctica, no abstracta. Es enseñarnos unas a otras cómo reclamar espacio, cómo mantener la rabia sin culpa, cómo organizar resistencias que desafíen la violencia estructural. Es aceptar que no todas podemos actuar igual, pero que juntas podemos sostener una red de protección, imaginación y acción que multiplica cada gesto. La obediencia normativa nos quiere aisladas, individuales; la desobediencia colectiva nos vuelve poderosas.
La violencia se mantiene mientras aceptemos que obedecer es la vía correcta para sobrevivir y se debilita cuando hacemos del cuestionamiento y la práctica colectiva nuestra estrategia. Cada acto que desafía la norma amplifica la libertad de todas.
No se trata de demonizar a los hombres ni de reducir la violencia a un conflicto de sexos; se trata de cuestionar estructuras y normas que reproducen miedo y sumisión. La violencia se mantiene mientras aceptemos que obedecer es la vía correcta para sobrevivir y se debilita cuando hacemos del cuestionamiento y la práctica colectiva nuestra estrategia. Cada acto que desafía la norma amplifica la libertad de todas.
Correr el cerco significa recordar que todavía podemos: decidir por nosotras mismas, articularnos, reclamar autoridad sobre nuestros cuerpos y nuestras emociones, sostener la incomodidad del exceso, desafiar la obediencia normalizada y construir espacios de resistencia compartida. Significa hacer de la transgresión cotidiana un gesto político, de la incomodidad un instrumento, de la acción colectiva una herramienta de poder.
Al final, no necesitamos la validación de nadie. No necesitamos que nos digan “eres válida” para sentirnos autónomas. La desobediencia colectiva nos legitima a nosotras mismas. Nos sostiene, nos protege y nos hace visibles frente a estructuras que buscan invisibilizarnos. Es nuestra manera de disputar el poder, de transformar la violencia estructural, de desafiar la obediencia y de multiplicar la libertad.
Nos han llamado putas, nos han llamado desobedientes, nos han sancionado por exceso, independencia o autonomía. Ahora podemos usar ese concepto: exceso, autonomía, transgresión, como herramienta política, no como estigma. La desobediencia organizada y compartida es la forma más clara de disputar poder, imaginar futuro y resistir la estructura que nos quiso moldear y domesticarnos.
No necesitamos mártires, certificados ni permisos. Necesitamos desobediencia resiliente y colectiva, acción compartida, imaginación política viva. Necesitamos correr el margen, juntas, porque cada acto que desafía la norma amplifica la libertad de todas. Y esa libertad, aunque incómoda, sigue siendo nuestra mejor estrategia para disputar y transformar la estructura que nos ha intentado disciplinar durante siglos.
Por Verónica Aravena Vega
Psicóloga. Doctora en Estudios de Género y Política, Universidad de Barcelona. Máster en Masculinidades y Género. Máster en Recursos Humanos. Máster en Psicología Social/Organizacional. En Instagram
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