Por Lois Pérez Leira
Se cumple un nuevo aniversario de la partida de Gladys Marín, y la memoria, ese ejercicio rebelde contra el olvido, me devuelve de inmediato a una tarde en Buenos Aires.
No recuerdo a la dirigente de acero que veía en las noticias desde la Argentina; recuerdo a la mujer de mirada atenta que se sentó a mi lado en la primera fila del Comité Central, unidos por el dolor y la rabia que convocaba el nombre de Inés Ollero.
Aquel día, el aire estaba cargado de una mística especial. Compartíamos asiento en la primera fila con Patricio Echegaray, quien, con su oratoria siempre brillante y encendida, nos recordaba por qué estábamos allí.
Yo tenía la difícil tarea de ser uno de los oradores principales. Hablar de Inés no era para mí un ejercicio político retórico; era hablar de mi novia de la juventud, de la militante de la FJC secuestrada y asesinada por la Marina argentina. Era hablar de un vacío que la justicia aún no terminaba de llenar.
Al terminar el acto, en la intimidad de un modesto lunch, me vi frente a frente con quien fuera mi ídolo de juventud. En 1972, cuando ella lideraba la Juventud Comunista de Chile junto a Lucho Corvalán, Gladys representaba la esperanza de un continente. Allí, copa de vino en mano, no dudé: le pedí una entrevista.
Al día siguiente, en un hotelito modesto de la calle Callao, la mítica Gladys se convirtió en una alumna curiosa y una aliada feroz. Durante dos horas, el centro de nuestra charla fue la lucha jurídica: la querella por los delitos de genocidio y terrorismo de Estado en el Cono Sur, el papel del juez Baltasar Garzón y la arquitectura legal para acorralar a los dictadores.
Gladys no solo escuchaba; ametrallaba a preguntas. Su compromiso no era de pancarta, era de estrategia y convicción. Ella volvió a su Chile combativo y yo a mi Vigo natal, pero ese hilo de coordinación quedó tendido.
Años después, recibimos la noticia de ese tumor maligno que intentó apagarla. Pero Gladys, fiel a su historia, dio batalla sin soltar el carné de militante ni un solo día.
El 6 de marzo de 2005, la noticia de su fallecimiento sacudió a Chile y a toda América Latina. Un millón de personas salieron a las calles de Santiago para despedirla, en un funeral que fue, en realidad, una última manifestación de rebeldía popular.
Hoy, al observar el panorama político, surge una pregunta inevitable y amarga: ¿Qué queda de su pensamiento? Es doloroso ver cómo algunos dirigentes actuales, herederos de su sigla, parecen sucumbir a la música de la derecha, sumándose a las críticas contra Cuba y Venezuela para ganar una validación que el sistema siempre les terminará negando.
Gladys Marín no era de las que buscaba la palmada en el hombro del adversario. Ella entendía que la solidaridad internacionalista y la resistencia contra el imperialismo no eran opciones de temporada, sino columnas vertebrales de la identidad comunista.
Recordarla hoy no es solo un acto de nostalgia. Es reivindicar a la mujer que conocí en aquel hotel de Callao: una mujer firme, que entendía que la justicia se conquista peleando, ya sea en los tribunales internacionales o en las calles de Santiago.
Su legado no merece ser diluido en el pragmatismo tibio de la política actual; merece ser la brújula que nos devuelva la dignidad de la lucha.
¡¡Hasta la victoria siempre, Gladys!!
Lois Pérez Leira
