Columna de opinión

Boric: “Debí tirar más fotos”

La Plaza de la Constitución llena, la votación que Jara obtuvo en 2025, dan fe de que la base electoral de la izquierda y los valores democráticos, de soberanía nacional y justicia social en Chile existe e incluso se renueva.

Boric: “Debí tirar más fotos”

Autor: El Ciudadano

Por Matías Bosch

“Debí tirar más fotos de cuando te tuve, debí darte más besos y abrazos las veces que pude”. El estribillo de la canción de Bad Bunny suena en los altoparlantes de la improvisada tarima que se ha puesto frente al Palacio de La Moneda en la Plaza de la Constitución en Santiago de Chile el sábado 7 de marzo. Miles y miles de personas tararean el estribillo, mientras colman el lugar en una cita convocada para despedir al presidente saliente Gabriel Boric.

La misma canción se puede escuchar después como música de fondo en el “reel” que Boric sube en modo selfi a su cuenta de Instagram. Ahí se observa a la multitud, que vista in situ llenaba no sólo la plaza sino las calles aledañas. Estaba compuesta por chilenos y chilenas de todas las edades, en gran proporción jóvenes, realmente muy jóvenes, incluso quienes ni siquiera, por edad, votaron cuatro años antes; pero también gente más adulta, personas mayores, mucha gente de clase trabajadora.

Ahí estaba una fracción de los de los 4.620.890 votos que Boric obtuvo en la segunda vuelta electoral de 2021 y parte por de los 5.222.558 fue optaron por Jeannette Jara en la segunda vuelta cuatro años después, en diciembre de 2025. No, no se habían esfumado, estaban invisibilizados.

Boric hace su discurso en la plaza. En ese momento, por primera vez, antagoniza públicamente y en serio con José Antonio Kast, quien a su vez estaba en Miami en el campo de golf privado de Donald Trump, aplaudiendo y riéndose con éste en la cumbre del llamado Escudo de las Américas en el que se reunió la facción latinoamericana y caribeña de la internacional de derecha y ultraderecha.

Al hablar Boric hace política, habla de las condiciones de vida del pueblo de Chile, no sólo de las leyes y de las políticas que en su gobierno se impulsaron, sino que también retrata una contradicción con lo que vendrá para el país, las amenazas que se ciernen y los peligros que reviste para las mayorías sociales. Habla de que la gente no va a estar sola, de seguir luchando, mantener en pie todas las banderas que hay a su alrededor.

Estaba compuesta por chilenos y chilenas de todas las edades, en gran proporción jóvenes, realmente muy jóvenes, incluso quienes ni siquiera, por edad, votaron cuatro años antes; pero también gente más adulta, personas mayores, mucha gente de clase trabajadora.

¿Qué había pasado? ¿Dónde estaban todos los hombres y mujeres de todas las edades que salieron a votar masivamente por él y luego por Jara, y de nuevo estaban abarrotando la Plaza de la Constitución? Tal vez una perspectiva para responderlo es lo que dice la canción de Bad Bunny.

Esa canción habla de melancolía por los momentos que ya no están, de los recuerdos que se quisieran preservar, de una realidad perdida y que hoy quisieran mantenerse vivas, como si las fotos y los vídeos las pudieran retener. Pero también habla de arrepentimiento. No se dieron los besos y los abrazos que se debían, no se entregó lo que tenía que entregarse, uno no se jugó todo lo que pudo, en el momento oportuno y necesario, que ya se no se tendrá. La escena aparece, así, como un brote espontáneo del inconsciente, un acto fallido de confesión envuelto en festejo.

Frente a lo que viene con Kast y la sensación de tiempo perdido, se puede mirar a Colombia. Tanto como Donald Trump, Gustavo Petro supo perfectamente una cuestión clave de la época: la radicalización de las oligarquías nacionales y transnacionales -y de su particular condensación en el Estados Unidos imperial- y la disputa por el sentido opera en clave de “batalla cultural”, cuya misión es, en esencial, impedir la transformación de “la clase en sí en clase para sí”.

Cuando no se tienen los medios de comunicación, cuando no se tiene la prensa, cuando toda la institucionalidad está en contra, algo tan simbólicamente poderoso y sugestivo como la investidura presidencial es en sí mismo un ícono para dar la batalla del sentido.

Petro ha sabido que cada post suyo tiene la virtud y la capacidad de convertirse en un hecho político, pero no se queda en post, se traduce en acción. Cuando Petro ha visto una correlación de fuerzas desventajosa, llama al pueblo, lo convoca, lo reúne en Plaza Bolívar y donde sea necesario, incluso en la ciudad de Nueva York.

En política, la correlación de fuerzas existe, pero no es permanente ni intocable. Lo hace Trump y lo hace la izquierda, que es la que más ímpetu necesita poner en su desplazamiento y reconfiguración.

En política, la correlación de fuerzas existe, pero no es permanente ni intocable. Lo hace Trump y lo hace la izquierda, que es la que más ímpetu necesita poner en su desplazamiento y reconfiguración. Modificarla depende precisamente de la disputa política, que incluye elevar el nivel de conciencia y remecer la subjetividad.

En consecuencia, así como Boric llegó a la presidencia en 2021 sobre la ola de un estallido social y una década de movilizaciones, dando lugar también a un proceso constitucional que pudo haber cambiado radicalmente el orden político-jurídico neoliberal en Chile, toda la escena quedó revertida. La derecha a través de los medios posicionó el miedo, la inseguridad y el desorden como etiquetas de datos de la realidad nacional, y Boric apostó entonces al modelo concertacionista tanto en los aliados como la preferencia por la política en manos de los políticos profesionales, la promesa de estabilidad, la gente de vuelta en sus casas.

Así las cosas, mientras este miércoles 11 de marzo Boric le entregará la banda presidencial a un fascista-pinochetista reconocido, que viene con la doctrina de imponer el buquelismo represivo, los recortes sociales y la rebaja de impuestos al capital y a las grandes empresas, Petro y el Pacto Histórico se han posicionado en las elecciones al Senado colombiano del pasado 8 de marzo ganando ampliamente y aumentando su número de senadores, instalándose como primera fuerza y dejando prácticamente encarrilada la victoria de Iván Cepeda en las elecciones presidenciales que están por venir. Pero aun cuando el Pacto Histórico perdiera las elecciones, la derrota electoral no significaría derrota política, sino al contrario: una fuerza política ha crecido, se ha consolidado y está unida, movilizada y con la moral en alto.

La Plaza de la Constitución llena, la votación que Jara obtuvo en 2025, dan fe de que la base electoral de la izquierda y los valores democráticos, de soberanía nacional y justicia social en Chile existe e incluso se renueva. Esa base fue a despedir a Boric, pero sin duda fue también a reencontrase consigo misma y con su épica. Con las plazas que se les negaron por cuatro años, sobre todo después del resultado en el plebiscito constitucional de 2022, cuando se indujo a un disciplinamiento idiota, en el sentido griego del término, de quien se enajena de los asuntos políticos, en este caso a la fuerza y desde arriba.

Ahora que Kast llega a La Moneda con cama y mesa de noche para permanecer en ella, la misma que antes sus líderes se tomaron a bombazos, la tarea política es creer de nuevo, organizar, movilizar y envalentonar las fuerzas que, bien dijo Allende, serán siempre las que abran las grandes alamedas, y que nunca han temido al sol, a las lacrimógenas ni a los perdigones, como tampoco a los reveces, dejando la melancolía, el arrepentimiento y la resignación para consumo de los derrotados.

Por Matías Bosch

Fuente fotografía


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