Columna de opinión

La foto que no querían revelar: la desigualdad en Chile es mucho peor de lo que nos contaron

Chile avanza para los de arriba. Para los de abajo, esto es una lucha permanente. Y ahora, con estos números en la mano —los números oficiales, los del propio gobierno que termina y que prometió enterrar el neoliberalismo—, la pelea se pone más clara. Porque cuando la verdad sale del closet, ya no hay vuelta atrás.

La foto que no querían revelar: la desigualdad en Chile es mucho peor de lo que nos contaron

Autor: El Ciudadano

Por Daniel Jadue

Cuando los números le duelen a la elite, siempre encuentran la forma de esconderlos. Los tienen bien guardados en las calculadoras de los técnicos, en los informes que nadie lee y en las encuestas que «por error» no preguntan lo suficiente. Pero resulta que ahora, quién lo iba a decir, la propia Subsecretaría de Evaluación Social soltó la perdiz. Publicaron un informe, el «Informe sobre Desigualdad de Ingresos en Chile 2026», que viene a decir lo que los pueblos de Chile y la clase trabajadora sabe desde siempre: que la torta se la siguen comiendo entre cuatro, y nosotros apenas alcanzamos a lamer el plato.

Y ojo, porque esto no es la opinión de un dirigente social «radicalizado», como suelen calificarnos, tampoco es la opinión del Partido Comunista de Chile. Esto es el Estado, con sus técnicos de la Cepal, con sus metodólogos, con sus economistas de la casta, reconociendo que las encuestas Casen, esas que nos mostraban cada dos o tres años para decirnos que «la desigualdad bajaba lentamente», eran un tremendo maquillaje. Resulta que el 10% más rico de Chile no concentraba un tercio del ingreso, sino que se lleva cerca de la mitad. Y el 50% más pobre, la mitad de Chile, la que hace andar el país, apenas alcanza a recibir el 15% de lo que se produce.

Lean bien, compatriotas. Es el 15% para la mitad del país. Como si fuera un chiste macabro.

La metodología que aplicaron ahora es la misma que usa el World Inequality Lab, la que usan los que en serio estudian la concentración de la riqueza. ¿Y qué hicieron? Lo más simple del mundo: agarraron la encuesta Casen, que siempre tuvo problemas para encontrar a los súper ricos (porque cuando uno tiene toda la plata, no abre la puerta para que le pregunten cuánto gana), y la cruzaron con los datos reales del Servicio de Impuestos Internos y del Banco Central. O sea, con lo que la gente declara —u oculta— cuando tiene que pagar impuestos.

Y ¡oh, sorpresa! La foto cambió completamente.

El coeficiente de Gini, ese numerito que mide la desigualdad y que siempre nos mostraban rondando el 0,47, se disparó a 0,59 cuando incorporaron las utilidades no distribuidas de las empresas.

El coeficiente de Gini, ese numerito que mide la desigualdad y que siempre nos mostraban rondando el 0,47, se disparó a 0,59 cuando incorporaron las utilidades no distribuidas de las empresas. ¿Y qué son esas utilidades no distribuidas? Son las ganancias que los dueños del capital, los patrones, deciden no repartirse oficialmente para pagar menos impuestos, pero que quedan guardadas en sus empresas, aumentando su patrimonio, su poder. Esa plata también es de los trabajadores, esos que reciben sueldos que no alcanzan para llegar a fin de mes, porque la produjeron ellos. Pero se la quedan los de arriba sin que ni siquiera aparezca en las estadísticas.

Ahora sabemos que el 1% más rico de Chile —sí, ese grupito que cabe en un par de barrios de la capital— se lleva el 19,7% de todo lo que se produce en el país. Y si miramos la riqueza acumulada, el patrimonio, la cosa es aún más obscena: el 1% más rico concentra casi el 50% de toda la riqueza nacional. La mitad del país, el 50% más pobre, tiene riqueza neta negativa. O sea, deben más de lo que tienen.

¿Saben lo que significa eso? Que están hipotecados de por vida. Que cualquier emergencia los manda a la calle. Que el sistema está diseñado para que nunca puedan levantar cabeza.

Y mientras tanto, los voceros del modelo, los columnistas de El Mercurio, los economistas de la Sofofa, nos venden la pomada de la «movilidad social», del «esfuerzo personal», del «emprendimiento». Pero resulta que, si usted nació en el 50% de abajo, el sistema está armado para que usted se quede ahí. No es casualidad, es causalidad. Es plusvalía. Es explotación.

El informe también destapa otra verdad incómoda para el discurso políticamente correcto: la brecha de género es estructural. Los hombres tienen un 67,8% más de ingresos autónomos que las mujeres. Y cuando miramos las rentas del capital —lo que define realmente quién manda en este país— la diferencia es aún mayor. ¿Por qué? Porque las mujeres han sido históricamente relegadas al trabajo doméstico no remunerado, al cuidado de los hijos, a los sueldos de sobrevivencia. El sistema capitalista necesita ese ejército de reserva de mujeres mal pagadas, o lisa y llanamente sin remuneración, para funcionar. Y el patriarcado le hace el quite.

La Región Metropolitana, con el 42% de la población, concentra el 57% del ingreso. La Araucanía, con el pueblo mapuche empobrecido y criminalizado, apenas recibe el 2,6%.

A nivel regional, el centralismo sigue siendo la variable que define la realidad. La Región Metropolitana, con el 42% de la población, concentra el 57% del ingreso. La Araucanía, con el pueblo mapuche empobrecido y criminalizado, apenas recibe el 2,6%. ¿Y alguien se pregunta por qué hay conflicto? ¿Alguien se pregunta por qué la gente se organiza, protesta, se moviliza? Porque el colonialismo interno sigue vigente, sólo que ahora tiene corbata y habla de «inversión extranjera».

La subsecretaria Paula Poblete, en la presentación del informe, dice que esto exige «fortalecer políticas redistributivas». Con respeto, subsecretaria, pero no nos alcanza. La experiencia de décadas nos dice que mientras los medios de producción sigan siendo privados, cualquier política redistributiva será un parche, una limosna, un intento de apagar el incendio con un vaso de agua. No se trata de «redistribuir» mejor, se trata de que lo que producimos entre todos sea de todos.

Porque en buena, lo que este informe nos viene a decir es que nos estaban mintiendo. Que la «estabilidad» y el «crecimiento» que nos venden sólo benefician a los de siempre. Que la clase trabajadora produce la riqueza y la burguesía se la apropia. Y que cuando los números duelen tanto, la única salida no es pedir mejores encuestas, sino cambiar el modelo.

Así que no nos vengan con que «Chile avanza». Chile avanza para los de arriba. Para los de abajo, esto es una lucha permanente. Y ahora, con estos números en la mano —los números oficiales, los del propio gobierno que termina y que prometió enterrar el neoliberalismo—, la pelea se pone más clara. Porque cuando la verdad sale del closet, ya no hay vuelta atrás.

Organización, conciencia de clase y unidad popular. Esa es la única redistribución que realmente importa.

Por Daniel Jadue

Fuente fotografía


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