“Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”:

Borró el post, no la mentira: Kast buscó instalar un “Estado en quiebra” para justificar el bencinazo

El gobierno buscó instalar el discurso de un “Estado en quiebra” para justificar el bencinazo, dejando al descubierto un error comunicacional mayor y una estrategia fallida para fijar el relato oficial.

Borró el post, no la mentira: Kast buscó instalar un “Estado en quiebra” para justificar el bencinazo

“Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. La frase, atribuida popularmente a Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del régimen nazi, suele citarse como advertencia sobre el poder de ciertos mensajes cuando son instalados, amplificados y repetidos desde posiciones de poder. No explica por sí sola lo ocurrido, pero sí ayuda a leer una secuencia que el gobierno de José Kast terminó protagonizando en medio del bencinazo: desde canales oficiales se difundió la idea de que el Presidente recibió de la administración anterior un “Estado en quiebra”; luego vinieron el borrado de los posteos, las críticas y los desmarques, aunque el mensaje ya había sido lanzado.

Porque ese es el punto de fondo. No se trató solo de una publicación desafortunada ni de un desliz corregido a tiempo, sino de un intento por fijar un marco político-comunicacional para justificar el alza de los combustibles. Y aunque los posteos desaparecieron tras las críticas , los desmarques de ministros y el oficio de Contraloría, la tesis que buscaban instalar ya había comenzado a circular.

No fue solo un error

La rápida secuencia, publicación , reacción, desmarque y borrado, fue leída inicialmente como un traspié. Pero cuesta sostener que se trató solo de un error aislado.

Primero, porque la frase no aparece de la nada . La idea de una crisis fiscal severa ha sido uno de los ejes del discurso del Ejecutivo desde el inicio del mandato. Segundo , porque la difusión se hizo desde plataformas oficiales, bajo responsabilidad de la vocería encabezada por la ministra Mara Sedini.

En ese marco, el nombre de Cristián Valenzuela, influyente «estratega» comunicacional del segundo piso de La Moneda, comenzó a circular como uno de los responsables del concepto de “Estado en quiebra”, una fórmula que el propio gobierno terminó reconociendo como un error mediante el desmarque de algunos ministros de la idea. No es un dato menor: Valenzuela ya había quedado bajo cuestionamiento en 2025 por calificar de “parásitos del Estado” a funcionarios públicos, dejando ver una línea discursiva confrontacional que ahora vuelve a estallar en el centro de La Moneda.

Tampoco se trata de una frase descolgada del resto del engranaje oficial . El contenido calza con otros insumos comunicacionales del propio gobierno, como la minuta interna filtrada que ordenaba el relato en torno a la guerra y la herencia fiscal.

En ese contexto, hablar de un “Estado en quiebra” no parece un accidente , sino el intentp de llevar ese marco al extremo.

Instalar, medir, retroceder

Lo que vino después también es conocido. El mensaje generó críticas, incluso dentro del propio gobierno. Algunos ministros se desmarcaron. Y los posteos fueron eliminados sin explicación.

Pero en comunicación política, borrar no es retroceder del todo. Es, en muchos casos, parte del mismo proceso: se instala una idea, se mide su impacto y, si el costo es alto, se ajusta. El problema es que el mensaje ya circuló.

Ahí es donde la vieja lógica vuelve a aparecer. El dramaturgo Casimir Delavigne advertía: “Mientras más increíble es una calumnia, más memoria tienen los tontos para recordarla”. Más allá del tono, la intuición es clara: los mensajes extremos tienden a fijarse con más fuerza.

Y eso es precisamente lo que hace la idea de un “Estado en quiebra”. Simplifica, dramatiza y ordena el debate en un solo eje: no hay plata, no hay alternativa.

Publicaciones oficiales luego borradas: el mensaje con que el gobierno buscó instalar la idea de un “Estado sin plata, endeudado y quebrado” para explicar el bencinazo.

Contraloría y los límites del discurso

El episodio no quedó solo en el plano político. La Contraloría decidió oficiar por el uso de canales oficiales para difundir estos contenidos, abriendo una dimensión más compleja.

Porque una cosa es el debate político y otra distinta es el uso de recursos públicos para instalar afirmaciones que luego son retiradas. Ahí ya no se trata solo de comunicación, sino de estándares institucionales.

No es detalle: si el Estado comunica que está “en quiebra”, no es una frase más. Es una señal que impacta en expectativas, confianza y percepción económica.

Y si ese mensaje se borra horas después, la pregunta no desaparece. Al contrario, se amplifica.

¿Error no forzado o estrategia fallida?

El punto más delicado está ahí. ¿Fue un error no forzado o un intento fallido de instalar un marco más duro?

La historia de la propaganda política ofrece pistas. Roger Bacon advertía hace siglos: “Calumnien con audacia, siempre algo queda”. Rousseau, por su parte, ponía en boca de un delator una idea similar: incluso desmentida, la mentira deja cicatriz.

No se trata de equiparar contextos ni de exagerar analogías, pero sí de reconocer un patrón: los mensajes, una vez emitidos, generan efectos que no dependen de su permanencia.

En este caso, la noción de “Estado en quiebra” instala una interpretación que favorece al gobierno en un punto clave: presentar el bencinazo no como una decisión, sino como una inevitabilidad.

El relato que queda

Ese es el núcleo del problema. No el error en sí, sino el marco que se intenta fijar.

Porque si el Estado está “en quiebra”, entonces no hay margen. Y si no hay margen, el alza de combustibles, y sus efectos en cadena, aparece como algo que simplemente había que hacer.

Pero esa premisa es discutida. Exautoridades y economistas han cuestionado esa caracterización, señalando que no describe con precisión la situación fiscal y que responde más a una opción política que a una restricción absoluta.

Mientras tanto, la cuenta sigue

Mientras el gobierno corrige mensajes, elimina posteos y reordena su discurso, el efecto del bencinazo ya comenzó a sentirse.

El alza de los combustibles impacta directamente en transporte, alimentos y servicios. Es decir, en la vida cotidiana de las familias.

Y ahí es donde el debate vuelve a lo esencial: no solo cómo se comunica una medida, sino quién paga sus consecuencias.

Porque los posteos se pueden borrar. Pero cuando una idea logra instalarse, aunque sea por unas horas, deja huella. Y cuando esa idea sirve para justificar decisiones que afectan el bolsillo de la ciudadanía, el problema deja de ser comunicacional.

Pasa a ser político.

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