Opinión

No es una generación perdida; es una promesa incumplida

No es casualidad que la principal sensación de muchas juventudes no sea la rebeldía, sino la incertidumbre. No es casualidad que un 68% de las personas jóvenes considera difícil o muy difícil acceder a una vivienda propia, demostrando que independizarse dejó de ser un paso natural de la adultez y comenzó a convertirse en un privilegio.

No es una generación perdida; es una promesa incumplida

Por Pablo Rodríguez González

“Esfuérzate, estudia, trabaja y tu vida va a mejorar”.

Durante décadas esa fue una de las promesas más poderosas de nuestra sociedad. No era solo un consejo. Era un pacto. La idea de que el esfuerzo tendría recompensa y que cada generación viviría mejor que la anterior.

Hoy ese pacto está roto. Nos dicen “esfuérzate”, como si el esfuerzo bastará y no importase el punto desde donde cada uno parte.

“Estudia”, aunque venir de la educación pública muchas veces signifique comenzar varios metros más atrás. Aunque ingresar a la universidad implique convivir con la presión de destacar para no fracasar. Aunque para miles de jóvenes estudiar también haya significado cargar con años de endeudamiento.

“Trabaja”, aunque encontrar el primer empleo sea cada vez más difícil. Pese a que trabajar ya no garantiza salir de la incertidumbre. Menos aun cuando el salario alcanza apenas para llegar a fin de mes.

Y entonces, ¿la vida mejora? Como horizonte, sigue siendo una aspiración legítima. Como promesa social, cada vez convence menos.

No es casualidad que la principal sensación de muchas juventudes no sea la rebeldía, sino la incertidumbre. No es casualidad que un 68% de las personas jóvenes considera difícil o muy difícil acceder a una vivienda propia, demostrando que independizarse dejó de ser un paso natural de la adultez y comenzó a convertirse en un privilegio.

La historia se repite con el trabajo, la tasa de desocupación entre jóvenes de 15 a 24 años continúa siendo muy superior al promedio nacional, superando el 20% en distintos períodos recientes. Y para quienes sí consiguen empleo, el panorama tampoco asegura tranquilidad. Los datos de la Fundación SOL muestran que la mitad de las personas trabajadoras en Chile recibe ingresos líquidos cercanos a los $650.000 mensuales.

Cuando una sociedad deja de garantizar siquiera esas certezas mínimas, la consecuencia no es solo económica. Es política, porque una democracia también se sostiene sobre una promesa: el mañana puede ser mejor que el hoy.

…la principal disputa política de nuestro tiempo no es solo por quién gobernará los próximos cuatro años. Es por el tipo de sociedad que queremos construir durante las próximas décadas.

La ultraderecha entendió ese vacío. Supo hablarle a una generación cansada de esperar. Pero una cosa es interpretar el malestar y otra muy distinta es resolverlo.

Porque su respuesta consiste en ofrecer culpables donde hacen falta soluciones. Convierte al migrante, al Estado, a quien piensa distinto o a quien recibe apoyo público en el origen de problemas que son mucho más profundos. Nos invita a desconfiar del otro cuando el verdadero problema es que millones de personas sienten que, aun haciendo las cosas bien, el futuro se aleja.

Y lo más preocupante es que termina defendiendo exactamente el mismo principio que hizo posible esa frustración: que cada persona debe arreglárselas sola. Más competencia. Más individualismo. Más abandono. Como si una generación que no puede acceder a una vivienda necesitara menos comunidad. Como si una juventud que vive con incertidumbre necesitara menos derechos. Como si el futuro pudiera construirse únicamente desde el esfuerzo individual.

Ese camino no ofrece esperanza. Solo administra el miedo.

Por eso la principal tarea de quienes creemos en un proyecto transformador no es encontrar mejores consignas ni mejores campañas. Es volver a ofrecer un horizonte. Recuperar la idea de que una vida digna no puede depender del patrimonio de tu familia, del colegio donde estudiaste o de la comuna donde naciste. Que independizarse no sea un privilegio. Que trabajar permita vivir con dignidad. Que formar una familia vuelva a ser una decisión libre y no un cálculo financiero. Que el futuro deje de sentirse como una amenaza.

Esa fue, en buena medida, la razón por la que nació el Frente Amplio. Porque una generación entendió que los grandes problemas de nuestras vidas nunca fueron individuales. Que el acceso a la educación, la salud, la vivienda o las pensiones no podían seguir resolviéndose en soledad. Que había otra manera de hacer política: una que no enfrentara a las personas entre sí, sino que las invitara a construir un destino compartido. Hoy esa convicción sigue siendo más necesaria que nunca.

Porque la principal disputa política de nuestro tiempo no es solo por quién gobernará los próximos cuatro años. Es por el tipo de sociedad que queremos construir durante las próximas décadas.

Una donde cada persona compita contra todas las demás para sobrevivir. O una donde volvamos a creer que el futuro puede construirse entre todos.

Porque esta nunca fue una generación perdida. Fue una generación a la que demasiadas veces le incumplieron una promesa. Y las promesas políticas, cuando existe organización, convicción y voluntad de cambiar las cosas, todavía pueden cumplirse.

Por Pablo Rodríguez González

Encargado Político Regional Metropolitano del Frente Estudiantil del Frente Amplio.


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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