El primer zarpazo: La sanción de EE.UU. a funcionarios chilenos y el silencio de la derecha vendepatria

Lo ocurrido con este cable de fibra óptica no es un incidente menor; es el primer ataque de Estados Unidos a Chile en el marco del denominado "Corolario Trump" de la Doctrina Monroe. Este nuevo corolario no es una reliquia histórica, sino una doctrina vigente y agresiva que reivindica el derecho de EE.UU. a intervenir en toda América Latina para asegurar su dominio geopolítico y económico

El primer zarpazo: La sanción de EE.UU. a funcionarios chilenos y el silencio de la derecha vendepatria

Autor: El Ciudadano

EDITORIAL

La reciente decisión del gobierno de Estados Unidos de imponer sanciones a tres funcionarios chilenos involucrados como autoridades políticas en la tramitación del cable de fibra óptica que unirá a Chile con China no es una mera disputa comercial ni una advertencia técnica. Es un ataque frontal e inadmisible contra nuestra soberanía nacional. Con este acto, Washington pretende dictar desde el Norte con quién podemos o no podemos relacionarnos los chilenos, tratando nuestro territorio como si fuera un feudo más de su «patio trasero». La arrogancia imperial no solo busca sabotear un proyecto de conectividad estratégica para el desarrollo del país, sino que envía un mensaje claro: cualquier nación que ose diversificar sus alianzas fuera de la órbita estadounidense será castigada. Es una bofetada a nuestra autodeterminación que ningún gobierno que se precie de digno debería tolerar.

Este veto no es un hecho aislado, sino que sigue un patrón ya conocido. No olvidemos lo que ocurrió con el proyecto del Cable Transpacífico que uniría directamente a Chile con Asia y que sería construido por la empresa china Huawei. Tras presiones sistemáticas de Washington, que alegaban falsas «amenazas a la seguridad», el proyecto fue arrebatado de las manos de Huawei a un consorcio japonés y luego a Google y, a día de hoy, sigue sin concretarse. El objetivo siempre fue el mismo: bloquear la autonomía tecnológica de nuestra región y frenar la influencia de China en el Pacífico Sur. La estrategia es clara: impedir que Chile se convierta en una puerta de entrada digital para Asia, para mantenernos dependientes de la infraestructura y el control comunicacional que ya pasa por Estados Unidos.

Frente a esta grosera intromisión, es imperativo recordar que Chile es una nación libre y soberana, con todo el derecho del mundo a buscar su interés nacional y a hacer negocios con quien le plazca, siempre en beneficio de su pueblo. Ya existen cables de fibra óptica que nos unen a Estados Unidos, y nadie ha puesto jamás en duda esa conexión. ¿Por qué entonces se nos pretende negar el derecho a tender lazos directos con Asia-Pacífico? La respuesta es la hipocresía de una potencia que predica el libre mercado solo cuando le favorece. En este contexto, resulta patético y profundamente indignante el silencio cómplice de la derecha chilena y del Presidente electo. Aquellos que se llenan la boca reivindicándose como «patriotas» y defensores de la libertad, guardan un sepulcral silencio frente a este ataque de una potencia extranjera a nuestro país. Su patriotismo es una máscara que se desvanece ante su primera prueba de fuego, prefiriendo la lealtad a Washington por sobre la defensa de los intereses de Chile.

Lo ocurrido con este cable de fibra óptica no es un incidente menor; es el primer ataque de Estados Unidos a Chile en el marco del denominado «Corolario Trump» de la Doctrina Monroe. Este nuevo corolario  no es una reliquia histórica, sino una doctrina vigente y agresiva que reivindica el derecho de EE.UU. a intervenir en toda América Latina para asegurar su dominio geopolítico y económico . Hoy son sanciones por un cable, mañana podrían ser represalias por nuestro litio, por nuestro cobre o por nuestra agua. Ha llegado la hora de despertar del sueño de la neutralidad. Debemos prepararnos para defender a nuestra patria, decidiendo de una vez por todas construir un Estado soberano, dueño de su destino y de sus recursos, y no seguir arrastrándonos como una colonia o un vasallo sumiso que ni siquiera se atreve a protestar cuando le roban su futuro. La dignidad no se negocia, se defiende.

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