Los orígenes que quisieron silenciar de Gabriela Mistral: estudio revela su raíz Diaguita y Afro
Cuando Gabriela Mistral escribió «yo sé algo, espero, de mí misma«, no solo defendía su identidad ante las burlas de quienes la acusaban de inventarse una ascendencia indígena, sino que afirmaba una verdad que las investigaciones académicas recién comienzan a visibilizar plenamente.
Según el estudio genealógico del historiador Cristián Cofré León, la Premio Nobel «pertenecía a la tierra, llevaba sangre indígena ancestral y africana de alguna mujer negra que vivió en el valle del Huasco«.
En la publicación de Cofré: “Antepasados de doña Gabriela Mistral” (2025), destaca Por línea paterna, a través de su padre Jerónimo Godoy Villanueva, Mistral descendía de Juana Godoy, «muy probablemente mulata», y de Paula Guanchicai, «india encomendada a don Antonio Zepeda», cuyos hijos fueron tratados como mestizos en los registros coloniales.
La propia poeta confesó en sus escritos íntimos que su padre era «muy ‘aindiado’» y que «mi abuelo Godoy era indio puro», llevando además «la mancha mongólica, cosa que me contó mi madre».
Estas revelaciones, contenidas en una publicación en la Universidad Miguel de Cervantes realizada por Lorena Figueroa, desmienten décadas de representaciones que redujeron a Mistral a una figura europeizante, ignorando su profunda conexión sanguínea con los pueblos originarios del norte de Chile.
Lejos de ser un dato anecdótico, esta herencia ancestral se transformó en el eje vertebrador de su pensamiento social y su creación literaria. La académica Lorena Figueroa sostiene que «Gabriela entiende al indio como parte natural de la mezcla racial, es el alfa del mestizaje y como elemento componente es digno de rescatar, de apreciar y de valorar por sobre el omega español».
Esta convicción no surgió únicamente de su experiencia mexicana junto a José Vasconcelos, como suele afirmarse, sino que emergió de la certeza íntima de que sus antepasados habían habitado esos mismos valles que ella describió con devoción en Poema de Chile.
La dirigente Alejandra Riquelme del clan diaguita Tamaya ya lo expresaba con fuerza y claridad en 2014: «A este pueblo Diaguita perteneció nuestro primer premio Nobel de Literatura, Gabriela Mistral Huanchicay, que siempre estuvo orgullosa de sus orígenes y hoy la reivindicamos como una de las nuestras«.
En la misma ocasión, en el marco de la primera conformación de una asociación Diaguita del Valle de Aconcagua, el Joven Simón Alfaro, indicaba con orgullo: “Este es un proceso histórico, pues como lo decía mi Tata, recuperamos la tradición diaguita y también le damos un homenaje a Lucila Godoy Alcayaga, Gabriela Mistral, quien era descendiente del Clan diaguita HUANCHICAY y eso ella nunca lo negó y siempre se reconoció como una mestiza, una india”.
El apellido Huanchicay, omitido durante décadas en la historiografía oficial, emerge ahora como la constatación de un vínculo que la poeta jamás negó, pero que el establishment cultural prefirió silenciar.
LA COSMOVISIÓN ANDINA EN LA OBRA MISTRALIANA: LA NIÑEZ DIAGUITA COMO PROTAGONISTA
La tierra del Valle del Elqui no fue únicamente el escenario geográfico de la infancia de Mistral, sino la matriz cultural que nutrió su sensibilidad y su compromiso con los marginados de América. En su poema «La Tierra», incluido en la publicación de la Universidad Miguel de Cervantes, la voz lírica se dirige directamente al niño indígena con una ternura que trasciende lo meramente estético para convertirse en declaración política: «Niño indio, si estás cansado, / tú te acuestas sobre la tierra, / y lo mismo si estás alegre. / Hijo mío juega con ella…». La tierra aparece aquí no como propiedad, sino como madre, como «lomo santo» que todo lo carga: «lo que camina, lo que duerme, / lo que retoza y lo que pena; / y lleva vivos y lleva muertos / el tambor indio de la Tierra».
Esta concepción del suelo americano, tan propia de la cosmovisión andina, atraviesa toda su producción literaria y alcanza su máxima expresión en Poema de Chile, obra donde construye un día con un niño diaguita que le permite recorrer el país desde una mirada profundamente originaria.
El historiador Cristián Cofré destaca cómo en la genealogía de Mistral «se conjugaron orígenes diversos, tan chilenos, tan nortinos», fusionándose la sangre de conquistadores españoles como Francisco de Aguirre con la de indígenas y africanos que habitaron el valle del Huasco.
Esta mezcla, sin lugar a dudas la impulsó a desarrollar un pensamiento original sobre América que Lorena Figueroa califica como «particular y universal a la vez: particular porque produjo un modelo de pensamiento concreto para América, rescatando los valores fundamentales de nuestra cultura y conduciéndolos a una propuesta respetuosa del origen; universal porque englobó todos los ámbitos de la realidad pública y política».
Cuando Mistral interpeló directamente al presidente Truman en una reunión protocolar para pedirle que un país tan rico como el que dirigía debería ayudar a los “indiecitos” de América Latina “que son tan pobres, que tienen hambre, que no tienen escuela», no actuaba movida por una compasión abstracta, sino por la certeza de que esos «indiecitos» eran parte de su propia sangre, de su propia historia familiar silenciada por generaciones.
La investigación de Lorena Figueroa publicada en la Universidad Miguel de Cervantes concluye que «su interés por la tierra abarcó un juicio político y económico; por el indio, una preocupación política y social», configurando así un legado que recién ahora, ochenta años después de su Nobel, comenzamos a comprender en toda su profundidad y vigencia.
Alfredo Seguel

