
La colectiva celebra 10 años activando las artes al interior de recintos penitenciarios de mujeres con el lanzamiento de la reedición de su publicación “La Salvaja: Creaciones desde la cárcel de mujeres” y el cuadernillo didáctico “Correspondencias afectivas”, resultado de un intercambio de metodologías con el proyecto Mulheres Possíveis, de São Paulo.
Chile es el segundo país de América Latina con la mayor tasa de población penal femenina. Un 85,4% de ellas son madres y se encuentran principalmente recluidas por delitos menores para subsistir y sostener sus hogares y familias. Desde hace diez años, Colectiva La Salvaja trabaja en estos espacios fomentando la creación y sensibilidad artística.
Mediante el desarrollo de talleres con metodologías transdisciplinares que cruzan la educación popular, artística y feminista, han llevado la artes visuales, la danza, el teatro, el cine y otras disciplinas, como la historia y antropología, al interior de las cárceles para acompañar los procesos de las mujeres allí recluidas. Esto les ha permitido crear universos imaginativos en los cuales piensan y contextualizan sus historias de vida.
Seguir expandiendo su trabajo ―que hasta ahora han desarrollado principalmente en el Centro Penitenciario Femenino (CPF) de San Miguel y San Joaquín― a otras regiones, es uno de los horizontes que tienen por delante, como en esta entrevista lo comenta Javiera Zeme, integrante de la colectiva.
La Salvaja cumple diez años trabajando las artes en espacios carcelarios, ¿cuál ha sido el enfoque que han buscado aplicar en sus dinámicas y propuestas?
El enfoque que hemos tratado de trabajar a lo largo de nuestros talleres tiene que ver con potenciar el mundo sensible y creativo de las mujeres. Creo que a veces el mundo de la imaginación, de la creación, que inevitablemente está vinculado al arte, está un poco relegado a un espacio más recreativo y no como un trabajo permanente en el que ellas se piensen, en el que puedan contextualizar lo que están viviendo. Incluso, no sólo su experiencia al interior de la cárcel, sino también darle un lugar a sus vidas, a sus recuerdos, a sus memorias colectivas, porque cada quien llega por distintas cosas a ese lugar. Pero considero que, en términos de experiencia y lo que nos ha tocado ver y compartir, existe una historia común en torno a la pobreza, a las carencias, en el que no han podido desarrollar por múltiples factores toda su capacidad y su potencia creadora. Entonces, una de las cosas que es nuestro motor como La Salvaja es potenciar la creación y la imaginación dentro de la cárcel y, por sobre todo, sostener viva esa pulsión creadora.
¿Cómo ha sido la recepción de las mujeres privadas de libertad cuando se acercan a las artes? Cuéntame sobre este proceso creativo…
La verdad es que la recepción de ellas es muy variable. Como principalmente hemos activado al interior del Centro Penitenciario Femenino (CPF) de San Miguel ―que es un lugar de imputadas, a diferencia de San Joaquín que es un lugar de condenadas―, hemos podido corroborar que su estado emocional y psíquico está en una eterna espera y ansiedad en torno al juicio y la condena que les espera. Entonces, en realidad, nos hemos propuesto con nuestros talleres como La Salvaja, contenerlas durante el día en que entramos. Nuestras expectativas tienen que ver con siempre hacer un encuadre de cómo están, cómo se sienten, porque no es algo lineal.
Entonces, uno podría decir que el recibimiento de los talleres, siempre es positivo porque ellas agradecen mucho tener estos espacios de fuga de ese lugar, pero también está toda la otra parte, que es abordar su estado emocional, sobre todo de las que están imputadas. Además, San Miguel como edificio es un lugar que carga con mucha historia. El incendio que ocurrió ahí, creo que inevitablemente es parte de una memoria que está presente en las mujeres privadas de libertad ahí, y cada cierto tiempo sale esa conversación.
Entonces, los talleres se transforman para ellas en un espacio vital de sobrevivencia, de autocuidado, e, incluso, en un lugar de autodefensa, en términos de sostener viva su potencia creadora, como decía anteriormente, que es muy fundamental para el encierro.
Dentro de los talleres, ¿qué temas son reflexionados por las mujeres? ¿Y qué reflexión les merece a ustedes que el arte mueva dichas sensibilidades dentro de estos contextos?
Una de las temáticas que se repiten en los talleres es la maternidad. Muchas de las mujeres que toman nuestros talleres, y en realidad muchas de las que están en la cárcel, son mamás. Entonces, es algo que está en el primer plano de lo sensible y tiene que ver con la distancia con sus hijos: no poder verlos, la preocupación por quién está haciéndose cargo de ellos.
Uno de los temas más bonitos que se abre tiene que ver con la niñez, no solo de ellas siendo madres o maternando, sino también de sus niñeces. Abordamos mucho la memoria y tratamos siempre de que tengan un espacio para reflexionar en torno a sus recuerdos, más allá de ser madre. Sobre cómo ven la realidad desde sus ojos de niñas, porque muchas de ellas tuvieron que hacerse cargo de sus hermanos siendo adolescentes y hay un tema con el haber crecido muy rápido.
Junto con el libro, se presenta el Cuadernillo “Correspondencias Afectivas”, que incluye metodologías de trabajo que han elaborado en conjunto con el proyecto Mulheres Possíveis de São Paulo. ¿Qué experiencias y nuevas miradas les aportó esa instancia?
Creo que una de las cosas más poderosas que nos ha pasado como colectiva es haber conectado con Mujeres Possíveis, de Brasil. La correspondencia entre mujeres ha estado presente a lo largo de la historia: entre poetas, parejas, amigas, políticas. Es algo parte de lo afectivo, lo pensante, lo reflexivo y también de lo creativo. Por un lado, nuestro encuentro con Mujeres Possíveis nos abre esta corriente de correspondencias y, por otro, una posibilidad de conectar con las mujeres y de traer el mundo de afuera hacia adentro, generando nuevas conversaciones, temas y reflexiones en torno a lo que esas cartas les cuentan de lo que está ocurriendo afuera. Sus respuestas abordan las conversaciones con las chicas que están afuera, la espera que se genera, la amistad, la cofradía. La fraternidad en torno a esa experiencia es muy bella.
Y diría que, en nuestro vínculo con Mujeres Possíveis, es también darle un lugar a la palabra, a la expresión en términos de la escritura. Un papel y un lápiz, dentro de la cárcel, se transforman —más que en un material didáctico— en una herramienta política, filosófica y sensible. Me refiero a la palabra como aquello que, si bien tiene que ver netamente con lo que se escribe, también es cómo se llega a eso que se escribe, porque, en general, en La Salvaja, antes de escribir, tenemos otras actividades que tienen que ver con despertar el mundo creativo, sensible y pensante. No solo es lanzarlas a escribir, sino que tiene que ver con todo el contexto en el que esa escritura surge.
¿Cómo proyectan su trabajo y qué estrategias les gustaría integrar en los talleres?
Creo que uno de los desafíos que tenemos como La Salvaja es darle continuidad a nuestro trabajo, reconocerlo y nombrarlo como un activismo, en términos de querer estar ahí dentro, a pesar del desafío emocional que implica. Para nosotras entrar y salir de la cárcel es, a veces, muy doloroso: uno se empapa de la experiencia de las mujeres y de todo el contexto que significa cruzar todas esas rejas.
Nosotras, en general, dependemos de algunos fondos —como el FONDART— para darle continuidad a los trabajos y una de las proyecciones es buscar en otros lugares para financiar ese trabajo que requiere tiempo, planificación y compra de materiales, cosas que lamentablemente desde Gendarmería, o las instituciones ligadas al universo carcelario, no tienen voluntad de financiar. Me atrevo a decirlo con esas palabras, porque no es que no existan los recursos, no existe voluntad de financiar eso.
Proyectamos también conectar con otras colectivas que están activando al interior de las cárceles de mujeres en otras regiones. Esto lo empezamos a hacer este año y ha sido muy bonito. Tuvimos un encuentro nacional de activistas anticarcelarias, antipunitivistas y creo que fue muy potente vernos a las caras, encontrarnos, conversar, reflexionar y compartir experiencias. Nos quedó pendiente elaborar nuestras metodologías que son fundamentales para llevar a cabo el trabajo artístico al interior de las cárceles, tener claridad de lo que queremos hacer para salir de este plano recreativo del cual institucionalmente se realizan estos talleres y darles el lugar que merecen, más que decirlo en términos profesionales, el espacio que tiene que ver con la necesidad vital de la creación.

