COMENTARIO LITERARIO

La palabra insurrecta: No hallar la palabra. Apuntes sobre poesía y vida de Stella Díaz Varín

"En cada frase, en cada fragmento de estas declaraciones ahora reunidas en este libro, arde la conciencia de una poeta que se supo destinada a la intemperie. Una voz que no pidió permiso ni concedió indulgencias, y que, en lugar de plegarse al paisaje literario de su tiempo –como ya lo sabemos, dominado por hombres–, lo enfrentó como quien contradice a un severo juez".

La palabra insurrecta: No hallar la palabra. Apuntes sobre poesía y vida de Stella Díaz Varín

Por Felipe Reyes F.

Para Stella Díaz Varín, la palabra podía ser una llama que lo incendiaba todo. No se trataba solo de escribir: era, más bien, un acto de combustión interna que podía iluminar o devastar, según la compañía, la memoria que estuviera de regreso o el fantasma que la habitara en ese preciso momento.

Por eso, en cada frase, en cada fragmento de estas declaraciones ahora reunidas en este libro, arde la conciencia de una poeta que se supo destinada a la intemperie. Una voz que no pidió permiso ni concedió indulgencias, y que, en lugar de plegarse al paisaje literario de su tiempo –como ya lo sabemos, dominado por hombres–, lo enfrentó como quien contradice a un severo juez.

Hablar, para ella, era resistir; callar, una forma de muerte. Así se alza contra cualquier etiqueta, y el silencio y la omisión que durante tanto tiempo quiso envolverla.

En No hallar la palabra. 100 apuntes sobre poesía y vida (publicado recientemente por Carbón libros), ese fuego adquiere el espesor de un testimonio que no busca explicar ni redimir, sino constatar la incandescencia de una existencia vivida como en una trinchera.

Díaz Varín –una de las presencias más intensas y desbordantes de la poesía chilena del siglo xx– habla del oficio con la misma pasión con que vivió: contra la corriente, sin temor a las sombras, decidida a no entregar jamás la fuerza de su lenguaje a la comodidad de las formas domesticadas por el celo editorial.

“Si he roto cánones ha sido sin mayor espanto, porque es algo que está en uno. Entonces para mí los raros siempre han sido los demás. El desorden y la irreverencia son los lujos que yo me he podido dar”, declaraba la poeta en una entrevista de 2003.

La escritura de Díaz Varín es un territorio donde cuerpo y palabra se vuelven políticos por necesidad, donde cada verso es un gesto de desobediencia frente a un mundo que intentó, una y otra vez, reducir la voz de las mujeres a un murmullo decorativo.

Así se propuso ser “la mosca en el oído de mucha gente, la mosca en la nariz. Una persona muy molestosa que no soporta que la molesten –explicaba la poeta en una entrevista de 1995–. Cuando se habla de irreverencia se habla como que uno es gratuitamente irreverente, incongruente. Pero resulta que no es tal la cosa. Es una actitud de vida, pero no prefabricada. Es espontánea. Hay cosas que a ti te erizan los pelos y tú respondes del modo que es más justo”.

Su irrupción en la escena literaria chilena se dio en un momento de fractura y desplazamientos: la llamada Generación del ’50, de la que formó parte, convivía entre los últimos resabios de las vanguardias, su desmarque estético y político de la generación anterior –la del 38– y una atmósfera cultural marcada por la efervescencia urbana, los debates ideológicos y el cuestionamiento de las tradiciones.

Mientras, contemporáneos suyos como Enrique Lihn, Jorge Teillier, Delia Domínguez o Efraín Barquero, entre tantos otros, indagaban en el cultivo de una voz propia, Stella elegía otro registro: el de la confrontación directa, sin anestesia, con aquello que dolía o desbordaba.

Era, en cierto modo, la expresión feroz y marginal de una generación que jamás fue homogénea, pero que compartía el impulso de desmontar los lugares comunes de la poesía chilena.

Su figura, sin embargo, no encajaba con facilidad en los relatos oficiales. La intensidad, la franqueza brutal, la vida errante, el temperamento volcánico, la falta de concesiones: todo aquello que le otorgaba una fuerza única como poeta operó también en su contra dentro de un ambiente literario gobernado por jerarquías masculinas y por los mismos mecanismos de exclusión que su escritura denunciaba.

Stella circuló entre cafés, bares, talleres, pasillos universitarios y noches interminables en Santiago, dejando una estela de historias que con el tiempo se transformaron en mito, opacando –o distrayendo a algunos de– la potencia de su obra.

Pero el contexto en el que surgió su voz no se limitaba al ámbito literario. En pleno tránsito entre los años cincuenta y sesenta, la modernización acelerada convivía con profundas desigualdades sociales, mientras que las tensiones políticas presagiaban las fracturas que vendrían.

En ese paisaje convulso, su poesía se levantó como un registro de la subjetividad de una mujer en un tiempo que aún no encontraba palabras para nombrarla. Su fuego no era solo estético; era un modo de atravesar la historia desde el cuerpo, desde la precariedad, desde la resistencia.

Quizás por eso su reconocimiento ha sido, en gran medida, póstumo. Con el paso de los años, su figura comenzó a emerger nuevamente, despojada del anecdotario que tantas veces la redujo a ser solo un nombre en la crónica literaria. Nuevas generaciones de lectoras y lectores han encontrado en su descaro, en su lucidez herida, en su impulso insurreccional, una forma de verdad que la crítica de su época no supo o no quiso ver.

Su obra ha sido reeditada, su nombre ha recuperado el peso que siempre tuvo, y su vida –intensa, contradictoria– empieza a ser leída no como un mito desbordado, sino como parte esencial de la tradición poética chilena.

Entre la lucidez y la herida, entre la furia y la ternura, No hallar la palabra reúne la memoria de una voz que no se apaga, que vuelve para renovar su actualidad y recordarnos que la poesía, cuando es sangre que emana, no admite servidumbres.

Porque para Stella Díaz Varín, la poesía no fue una vocación ni un oficio: fue una forma de estar viva (“un compromiso con la vida”, dirá), un territorio donde incendiar lo que hiciera falta para que el mundo, aunque fuera por un instante, ardiera con ella.

Felipe Reyes F.

Obtén tu Pasaporte y apoya a El Ciudadano

Elimina la publicidad, accede a contenido exclusivo y sé parte de la comunidad.

Elige tu plan

Turista

$1.990 /mes

 


Sin anuncios · Publica tus artículos

Ciudadano — TOP

$4.990 /mes

 


Sin anuncios · Publicar artículos · PDFs · Newsletter exclusivo · Favoritos

Diplomático

$10.990 /mes

 


Sin anuncios · Publicar artículos · PDFs · Newsletter exclusivo · Favoritos · Voz editorial

Cancela en cualquier momento  ·  Sin permanencia


Reels

Ver Más »
Busca en El Ciudadano