Por Mariana Hales
El próximo jueves 19 de marzo, a las 20:15 horas, en la librería Lolita de Providencia, se realizará el lanzamiento de En las cenizas, el nuevo libro de Luis Alberto Soto, publicado por Editorial Hueders. En la presentación participarán el escritor y periodista Francisco Mouat y la escritora Paz López, en un encuentro abierto al público.
En las cenizas es un texto íntimo que cruza autobiografía, autoficción y ensayo para narrar una experiencia límite: el regreso de un agresivo cáncer gástrico cinco años después de que el autor hubiera superado la enfermedad por primera vez.
A partir de ese diagnóstico, el libro explora el miedo, la fragilidad del cuerpo y la búsqueda de sentido frente a una enfermedad que parece arbitraria, desplazando la pregunta del “¿por qué?” hacia el “¿para qué?”.
En sus páginas, la lectura y la escritura aparecen como herramientas para comprender y atravesar la experiencia, una forma de ordenar el caos y afirmar la vida incluso en la cercanía de la muerte.
Luis Alberto Soto (Santiago, 1966) es abogado, consultor de empresas y coach. Lector apasionado y participante de diversos talleres literarios, ha trabajado con autores como Pedro Mairal, Leila Guerriero, Alejandro Zambra y Vera Giaconi.
En su escritura ha encontrado una forma natural de expresión en el cruce de géneros, combinando memoria personal, reflexión y literatura para dar forma a una voz honesta y reflexiva.
De la experiencia que dio origen al libro, del lugar que ocupa la literatura en momentos de crisis y de la pulsión de vida que atraviesa sus páginas, conversamos con Luis Alberto Soto.
¿Cuándo y cómo comenzaste a escribir En las cenizas? ¿Fue una decisión inmediata tras el diagnóstico o un proceso que se fue dando a medida que avanzaba la enfermedad?
Fue un proceso que se fue dando a medida que iba transitando el camino. Al principio me parecía una buena idea para darle sentido a lo que me estaba pasando, pero a medida que avanzaba la escritura apareció una reflexión sobre lo que había sido mi vida, una manera de redescubrirme y de soltar miedos antiguos buscando un nuevo tipo de libertad.
En ese sentido, el libro más que hablar del cáncer como tal habla de la pulsión de vida que me tomó en ese momento. En rendirte a la posibilidad de morir, aceptarla, pero al mismo tiempo, resistirte a la idea, y vivir la experiencia con una intensidad vital desconocida para mí.
El libro indaga en la búsqueda de sentido frente a una enfermedad que parece arbitraria, cuando ni la medicina, ni la religión ni la psicología ofrecen respuestas definitivas. ¿Qué aprendiste de esa falta de explicaciones y cómo la ves hoy?
Hoy día estoy cada vez más convencido de que es imposible encontrar una explicación inequívoca. El cáncer es el fruto de nuestro estilo de vida contemporáneo. Es todo y nada. En ese contexto no tiene sentido preguntarse ¿por qué? La única pregunta válida es ¿para qué? Si salgo vivo de todo esto para qué me puede servir. Atravesar la enfermedad conscientemente como una experiencia transformadora, en la que uno no tiene todas las respuestas, pero puede detenerse a observar los pequeños cambios que empiezan a operar en ti.
Tu relato muestra un cuerpo vulnerado, pero también una conciencia muy lúcida. ¿Cómo cambió tu relación con tu propio cuerpo y con la idea de control después de atravesar esta experiencia límite?
La verdad es que uno se propone cambios pero el animal que soy vuelve rápido a las viejas costumbres. Diría que los cambios que se producen son más bien en contra de mi voluntad, no los que hubiera querido.
Lo que sí cambia es la idea de control. Te das cuenta de que es una ilusión. La vida es azarosa y desafiante en sí. No hay nada que podamos hacer por evitar las pérdidas, los conflictos, la enfermedad, la vejez y la muerte.
Nuestra obsesión contemporánea con la salud, el ejercicio, la alimentación, me parece una especie de enajenación absurda. Me parece que sería de mayor provecho ejercitar una política del goce. Relajarnos y disfrutar mucho más del hecho de estar vivo, de los pequeños placeres cotidianos, la comida, el sexo, la conversación con los amigos, un libro, una película.
Citas a Spinoza: “No reír, no llorar, comprender”, como una suerte de guía. ¿Qué significa hoy para ti “comprender” después de haber estado tan cerca de la muerte, y qué esperas que los lectores encuentren en ese gesto?
Yo diría que hoy comprender tiene para mí un sentido que va más allá de lo puramente racional para abarcar también lo trascendente. Me parece que buena parte de nuestros males tienen que ver con nuestra dificultad para re imaginar una relación con el Espíritu, así con mayúsculas, para desarrollar una religiosidad personal que nos ayude a atravesar este mundo secularizado al extremo.
El cáncer es, naturalmente una enfermedad del cuerpo, pero también una enfermedad del alma. Estar cerca de la muerte te conecta con esa profundidad cotidianamente inalcanzable, con la presencia del misterio en nuestra vida, y paradojalmente con un sentido de vitalidad intensificado.
Sentirse conectado a algo incomprensiblemente más grande que uno te habilita para enfrentar mejor los retos de la vida.
Cuando comenzaste a escribir sobre la enfermedad, ¿qué apareció primero: la necesidad de contar lo que te estaba pasando o la búsqueda de una forma literaria capaz de sostener esa experiencia?
Efectivamente, lo que primero aparece es la necesidad de contar. El registro de lo que sucede a nivel fenomenológico. En la medida que lo escribía apareció en mí las ganas de darle una forma literaria noble que le diera el sostén estético apropiado para la historia.
Escribí y rescribí el libro varias veces hasta alcanzar un resultado que me produjera mediana satisfacción, recopilé opiniones de amigos que leyeron fragmentos del libro y me ayudaron con sus sugerencias, y luego me entregué al juicio de mi editor para que corrigiera todo aquello que él estimaba podía darle más potencia narrativa al relato.
Mencionas a varios autores en tu novela, cuéntame sobre eso.
Creo que la lectura tiene un valor terapéutico además de todas las otras virtudes que uno quiera adjudicarle. Se dice que en el dintel de la entrada a la biblioteca de Ramsés II en Tebas, estaba escrita la leyenda Psyches Latreion, Sanatorio del Alma.
Abandonándonos a la lectura nos experimentamos de una manera nueva. Alivianamos muchas veces la presión del mundo real. Nos ponemos en contacto con emociones que duermen profundamente en nosotros. La quietud de la lectura es un espacio de reflexión sobre uno mismo. O de olvido de uno mismo y deslizamiento hacia lo trascendente.
En mi caso, me sirvió mucho volver sobre ciertos autores y libros que me ayudaban a darle sentido a la experiencia. Lecturas que me interpelaron. Que me permitieron ponerle palabras y expresión a ciertos espacios mudos. Leo con la intención de prolongar la vida, y de ensancharla, y con la ardiente convicción de retrasar el encuentro con la muerte.

El Ciudadano
