Por Jean Flores Quintana
Ryan Coogler convierte la pantalla en una trinchera política con Sinners (Pecadores). La cinta, nominada a los Oscar 2026, trasciende la etiqueta del cine de terror para ofrecer un diagnóstico geopolítico feroz.
El director utiliza el mito del vampiro para explicar la naturaleza depredadora del imperialismo en su fase de decadencia. La historia nos sitúa en los años 30, pero nos habla directamente del monstruo que habita hoy la Casa Blanca.
El actor Michael B. Jordan asume el desafío de interpretar a los gemelos protagonistas, Smoke y Stack. Su doble actuación materializa las dos caras del sujeto oprimido ante la barbarie: la tentación de pactar y la urgencia de combatir. A través de sus rostros, vemos el dilema de una clase trabajadora acorralada por un poder antiguo y podrido que se niega a morir.
El antagonista de la película funciona como la metáfora perfecta de Donald Trump y su proyecto de dominación. El ente sureño, al igual que el magnate republicano, necesita fluido vital ajeno para rejuvenecer un cuerpo en descomposición.
La sangre que busca el imperio tiene nombres concretos: se llama Litio en el norte de Chile, se llama fondos de pensiones en la bolsa financiera y se llama soberanía digital. El vampiro Trump y sus gerentes locales buscan morder cuellos para drenar nuestros salarios y saquear la cordillera. El «America First» traduce el instinto básico del depredador que ve al resto del mundo únicamente como alimento o batería.
Coogler dibuja un villano que seduce antes de atacar. Esta dinámica refleja la estrategia de la ultraderecha global. El caudillo del norte lidera una corte de imitadores serviles. Figuras como Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile, Giorgia Meloni en Italia o Viktor Orbán en Hungría actúan como los familiares del conde. Administran la granja humana para el amo. Estos gobiernos antipobres aplican la austeridad y el odio para transferir la riqueza de sus pueblos hacia la metrópoli imperial.
El horror se vuelve real cuando vemos al vecino abrirle la puerta al monstruo. Coogler nos muestra la figura del «yanacona», el traidor de clase que entrega a los suyos soñando que la bestia le perdonará la vida. Vemos esa misma actitud en los políticos que llaman al consenso con el fascismo, creyendo en la posibilidad de dialogar con quien te quiere de cena. La película destroza esa ilusión: la alianza con el opresor solo garantiza la propia destrucción moral.
La narrativa de Sinners (Pecadores) elimina cualquier esperanza en las instituciones tradicionales. El sheriff y la ley protegen al depredador. El Estado burgués garantiza la impunidad del saqueo imperial. La policía cuida los intereses de la bestia mientras reprime a las víctimas.
Ante esta realidad, los personajes de Michael B. Jordan comprenden que la salvación reside en la autonomía. Su bar clandestino se transforma en el cuartel general de la resistencia. El blues suena como un grito de guerra, disputando la hegemonía al relato del miedo.
Aquí en Chile sabemos de resistencia. Sobrevivimos a la dictadura y despertamos una vez. Frente a los colmillos de Milei, Kast o Trump, nuestra respuesta debe ser la misma que la de los gemelos en la pantalla: organización barrial, cultura propia y ni un paso atrás. La estaca se afila en la asamblea, en el sindicato y en la calle.
Vayan a ver esta película con la mirada afilada. Sinners nos alerta sobre el peligro real. El mayor monstruo contemporáneo despacha desde el Salón Oval y tiene sucursales en nuestros propios países.
La lección final es clara: al imperio y a sus capataces locales se les enfrenta con decisión. La organización del pueblo es nuestra madera y nuestra fuerza.
Jean Flores Quintana
