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Alerta de Spoiler: «Una batalla tras otra» expone la maquinaria destructiva del capital

"El psiquiatra Enrique Pichon-Rivière entrega la clave analítica de esta lectura. La estructura material enferma la mente colectiva y quiebra a la sociedad en su conjunto. Y el director Paul Thomas Anderson captura esta devastación en cada encuadre, fusionando la estética opresiva con el colapso psicológico".

Alerta de Spoiler: «Una batalla tras otra» expone la maquinaria destructiva del capital

Autor: El Ciudadano

Por Jean Flores Quintana, politólogo

«La izquierda necesita construir un nuevo bloque histórico y articular las rebeldías dispersas para enfrentar al capital». Marta Harnecker definió esta urgencia organizativa con precisión pedagógica.

Hoy, la pantalla grande ofrece un diagnóstico visual de esta crisis con el estreno de Una Batalla Tras Otra (2025), donde Paul Thomas Anderson utiliza su lente como un bisturí clínico sobre el tejido social estadounidense.

El director encierra a sus personajes en el formato asfixiante de los 70 milímetros, dejando que las sombras de la ciudad devoren a la clase trabajadora en cada plano. El sonido estridente de la película acompasa el quiebre psicológico de la sociedad.

La carrera cinematográfica de Anderson evidencia la fractura que la lógica de acumulación provoca en las relaciones humanas: Juegos de Placer (1997) abordó la mercantilización de los cuerpos, Magnolia (1999) desnudó la alienación urbana y Petróleo Sangriento (2007) diseccionó la codicia fundacional del orden establecido.

Más tarde, El Maestro (2012) enfrentó el trauma de la posguerra y Vicio Propio (2014) evidenció la domesticación de la contracultura. Una Batalla Tras Otra sintetiza 30 años de observación aguda. La película certifica el fracaso del liberalismo progresista estadounidense. Tras esa caída, la construcción de una alternativa real recae directamente en la juventud.

Chase Infiniti encarna a Willa, el rostro de la urgencia generacional de una juventud que hereda un planeta en ruinas y un movimiento social fracturado. Willa asume las cicatrices de la militancia paterna para organizar la contraofensiva clandestina.

Figuras como Benicio del Toro y Alana Haim —quienes regresan a trabajar con el director— junto a Regina Hall y Teyana Taylor, encarnan a los sectores marginados y sostienen el tejido comunitario frente a los discursos de odio dominante. Anderson emplea la cámara para centralizar a estos sujetos, planteando una premisa política contundente: la organización germina siempre desde las periferias.

El choque con la generación neutralizada por el engranaje corporativo resulta brutal. Leonardo DiCaprio edifica a Bob Ferguson a partir de un quiebre emocional profundo. El orden establecido opera desmantelando la red colectiva y quebrando el núcleo familiar. Así, Ferguson encarna la soledad total del sujeto paranoico y consumido por el consumo.

El modelo económico vacía los bolsillos de la clase trabajadora antes de devastar su salud mental. Anderson certifica esta metodología del despojo recuperando el trauma de la orfandad afectiva presente en toda su obra.

El engranaje corporativo desecha su fachada democrática al ver amenazados sus intereses globales. Sean Penn encarna al Coronel Lockjaw, la expresión brutal de la violencia imperial desatada. Su figura sintetiza la lógica intervencionista de los exterminios contemporáneos avalados por el Norte Global. El poder financiero militariza los territorios y aniquila el derecho internacional para asegurar su rentabilidad corporativa.

El psiquiatra Enrique Pichon-Rivière entrega la clave analítica de esta lectura. La estructura material enferma la mente colectiva y quiebra a la sociedad en su conjunto. Anderson captura esta devastación en cada encuadre, fusionando la estética opresiva con el colapso psicológico.

Frente a esta radiografía, la industria cultural neutraliza el filo político de la obra. La validación de la Academia materializa el “realismo capitalista” de Mark Fisher. El sistema empaqueta la legítima rabia de clase como un simple entretenimiento masivo para asegurar la paz en las calles. El espectador consume la indignación en su butaca y retorna dócil a su rutina de explotación.

El cine actúa aquí como el testamento del colapso imperial. Frente a la cooptación industrial y la brutalidad del orden establecido, la periferia emerge como el único bastión efectivo. Willa personifica a la generación dispuesta a tomar el control del curso histórico.

El desafío de nuestro tiempo demanda convertir la alienación cotidiana en potencia popular y disputar la hegemonía directamente desde las bases materiales para erigir, definitivamente, ese nuevo bloque histórico.

Jean Flores Quintana

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