“Él para nuestra familia fue un verdadero ángel”. La frase no la dijo un militante de izquierda ni una voz nostálgica de La Habana. La dijo Andrés Allamand, histórico referente de RN, al recordar cómo Fidel Castro intervino —según su propio testimonio— cuando su hijo tuvo un grave accidente en los años 90. “Un hijo mío muy chiquitito tuvo un gravísimo accidente… y mi mujer y yo recibimos un llamado directo de Fidel Castro donde nos ofrecía ayuda para el tratamiento y recuperación de nuestro niño”.
Hoy, ese relato vuelve a aparecer justo cuando la derecha cuestiona que Chile preste apoyo al pueblo cubano. Cancillería informó el jueves 12 de febrero de 2026 que el Gobierno realizará un aporte de un millón de dólares a UNICEF, vía el Fondo Chile contra el Hambre y la Pobreza (AGCID), para atender la “crítica situación” en la isla: provisión de agua, atención de salud y nutrición, equipamiento e insumos para sostener servicios esenciales, “con especial foco en la población de niños, niñas y adolescentes”.
Ahí está el nudo: mientras se trata de una ayuda canalizada por Naciones Unidas y dirigida a necesidades básicas, sectores de oposición la leen como apoyo político. Para muchos, suena a doble estándar: cuando la ayuda toca a la puerta propia, se agradece; cuando llega a otras familias, se cuestiona y se piden castigos.
Ayuda humanitaria de Chile a Cuba: lo que se anunció y a quién llega
El comunicado de Cancillería no habla de transferencias directas al gobierno cubano, sino de un aporte a UNICEF. Además, el Ejecutivo sostuvo que la catástrofe humanitaria “se ha visto agravada por el endurecimiento del bloqueo económico y energético” y reiteró su condena a “cualquier medida o sanción unilateral” cuando golpea directamente las condiciones de vida de las personas. En lo concreto, cuando faltan agua, insumos médicos o nutrición, el costo se multiplica en quienes cuidan —mayoritariamente mujeres— y en niñeces que no pueden “esperar” a que la política se ponga de acuerdo.
Ayuda humanitaria de Chile a Cuba: el coro de críticas y la línea dura
Desde el Partido Republicano, su presidente Arturo Squella sostuvo que si el gobierno chileno “quiere dar una ayuda de verdad, lo que tiene que hacer es respaldar las iniciativas de la comunidad internacional que pongan fin de una vez a una de las dictaduras más crudas y violentas […]”. Felipe Kast (Evópoli) subió el tono: el Gobierno estaría “una vez más del lado equivocado de la historia […] decide salir a ayudar con limosnas a la dictadura más cruel y longeva de América”. Y Jorge Alessandri (UDI) remató con sanciones: “el régimen cubano merece las más grandes sanciones por tener a ese país sumido en la pobreza por más de 70 años”.
A ese cuadro se sumó presión desde Estados Unidos. El legislador Carlos Giménez escribió en X: “Los chilenos sobretodo deben estar al lado de la democracia y no de una dictadura militar. Chile enfrentará las consecuencias de este patético accionar”. Incluso desde la DC, Eric Aedo dijo que “el gobierno […] se deja pautear por el PC para enviar ayuda a Cuba”, diferenciando entre ayudar al pueblo y “apoyar a un régimen”. Con ese marco, la discusión se corre del agua, la salud y la nutrición —el corazón de la ayuda humanitaria— hacia una disputa de trincheras, donde la solidaridad se vuelve un botín político.
El recuerdo Allamand–Fidel que vuelve a incomodar
Y ahí es donde reaparece el testimonio que desarma el libreto. Tras ese primer contacto, Allamand aseguró que el vínculo no quedó en una llamada: viajó a la isla durante 10 años y, según su relato, el seguimiento fue constante y personal. En sus palabras, «Fidel Castro no solamente nos ayudó, sino que él durante muchos años se preocupó personalmente de la recuperación de Juan Andrés. Muchas veces a título de nada llegaba al hospital, hablaba con los equipos médicos, se preocupaba de los medicamentos y las terapias».
Y, sin embargo, Allamand dejó una pista ética difícil de esquivar cuando contó que, tras advertirle a Fidel Castro que era un dirigente de la oposición, el líder cubano le respondió: “lo tengo absolutamente claro y ésto no tiene nada que ver con eso”. Corolario: la ayuda humanitaria no puede administrarse según conveniencias. Cuando se usa para la pelea chica, el costo lo asumen —de nuevo— quienes menos tienen.
