Columna de opinión

Chile en su encrucijada

Chile enfrenta un momento definitorio. Con un historial democrático reconocido en la región —interrumpido solo por la dictadura cívico-militar del siglo XX (1973-1990)—, el país observa el avance de discursos neoultraderechistas que apelan a la seguridad, a la identidad nacional, como en Europa y EEUU, contra los migrantes pobres y a la necesidad de reordenar el sistema político.

Chile en su encrucijada

Autor: El Ciudadano

Por Jaime Vieyra Poseck

En los últimos años, el mapa político chileno ha comenzado a alinearse con una tendencia que se repite en distintas democracias occidentales. El crecimiento de figuras asociadas a corrientes ultraderechistas, que son ultranacionalistas y ultraconservadoras, se combina con un debate cada vez más tenso sobre migración, seguridad y desigualdad. En ese escenario, el candidato por cuarta vez a la Presidencia de la República, José Antonio Kast (JAK), de la neoultraderecha, se consolida definitivamente como un actor clave. Su presencia refleja un fenómeno que trasciende las fronteras nacionales.

La migración se ha convertido en el punto de inflexión. Según cifras del Servicio Nacional de Migraciones y del INE, cerca de 1,9 millones de personas extranjeras residían en Chile en 2024. La mayoría llegó desde Venezuela, Perú, Bolivia, Colombia y Haití, impulsadas por crisis políticas, económicas y humanitarias. Su presencia ha modificado barrios, escuelas y mercados laborales, generando percepciones diversas entre la población local.

En sectores con empleos precarios o informales, trabajadores chilenos y migrantes compiten por oportunidades similares. Esa tensión ha sido interpretada por la neoultraderecha como una prueba ―no comprobada en los datos― de que la migración es responsable de la inseguridad y del deterioro económico, un argumento que ya ha probado ser eficaz electoralmente en otros países, como EEUU y en casi toda Europa.

Sin embargo, especialistas consultados coinciden en que las causas son más complejas. La persistente desigualdad, la baja actualización de la política fiscal y la concentración de la riqueza han dificultado mejoras estructurales sustanciales en salud, educación y pensiones. En ese contexto, sectores vulnerables impulsados por la propaganda política de la neoultraderecha, pueden ver en el migrante pobre —y no en el modelo económico neoliberal excluyente— al principal culpable de sus problemas y como un competidor en el mercado laboral.

El ecosistema digital ha amplificado este clima. La circulación de noticias falsas con desinformación premeditada, discursos simplificados y contenidos polarizados ha reforzado percepciones llenas de sesgos. Investigadores señalan que para muchos las redes sociales son la principal fuente de información política. La frontera entre datos verificados y relatos virales falsos se ha vuelto extremadamente difusa, un fenómeno visible también en Estados Unidos, Europa y parte de América Latina. En este ámbito, la neoultraderecha ha conseguido colonizar la Red para su proyecto político que muchos califican como regresivo y autoritario.

Mientras tanto, el panorama internacional muestra un giro hacia gobiernos más autoritarios y/o iliberales. En 2025, por primera vez, las autocracias superaron en número a las democracias (88 democracias versus 91 autocracias), según diversos centros de estudios globales. Estados Unidos, Rusia y China protagonizan un reordenamiento geopolítico que repercute globalmente. El alejamiento unilateral de EEUU del pacto transatlántico iniciado después de la Segunda Guerra Mundial deja a Europa sin capacidad defensiva frente a una Rusia autocrática con pretensiones imperialistas. Es más: con EEUU como uno de sus principales enemigos por adherir a la estrategia de la neoultraderecha europea para desmantelar la Unión Europea y acabar con la política de respeto irrestricto a los derechos humanos, al Estado de Derecho y al orden internacional basado en acuerdos multilaterales. En este reordenamiento geopolítico, Europa está siendo atacada por dos poderosos enemigos: el EEUU de Donald Trump, camino a la autocracia, y la Rusia autoritaria de Vladimir Putin, ambas potencias con fuertes intereses imperialistas imponen el renacimiento de un antiguo paradigma: el poder por la fuerza bruta del más poderoso. La reactivación de la doctrina Monroe ―intervención directa en los países latinoamericanos considerados nuevamente como su “patio trasero”― por parte del gobierno estadounidense queda ya consolidada por las tensiones en el Caribe, amenazando a Venezuela y Colombia con incursiones militares por tierra, ilustra cabalmente este nuevo escenario, como también la intromisión directa de Donald Trump en las elecciones de Argentina y Honduras.

En este contexto, Chile enfrenta un momento definitorio. Con un historial democrático reconocido en la región —interrumpido solo por la dictadura cívico-militar del siglo XX (1973-1990)—, el país observa el avance de discursos neoultraderechistas que apelan a la seguridad, a la identidad nacional, como en Europa y EEUU, contra los migrantes pobres y a la necesidad de reordenar el sistema político.

La elección presidencial del 14 de diciembre de 2025 podría marcar el rumbo de los próximos años: continuidad institucional con propuestas de mayor inclusión tanto social como económica y la ampliación de derechos o un giro hacia modelos políticos autoritarios que ya se han consolidado en otras partes del mundo.

Mientras los chilenos se preparan para votar, queda abierta la pregunta central de este ciclo político: qué país imaginan y qué temores, expectativas y narrativas terminarán definiendo esa decisión.


Botkast

De un partido que acostumbra a reemplazar la política por granjas de bots, ha emergido, obvio, un candidato-bot que ha convertido la contienda en un gran sketch nacional. Se trata de José Antonio von Kast (JAK), un aspirante patriarcal cuya “visión de país” cabe en un post-it cuya coherencia podría guardarse en un dedal.

Su campaña se articula sobre dos ejes tan simples como inquietantes:

  1. Seguridad pública, reducida al eslogan “migrante es igual a delincuente”, con propuestas de expulsión tan fantasiosas como impracticables.
  2. Un recorte presupuestario de seis mil millones de dólares, cuya ubicación, método y propósito solo él “conoce”, pero nunca explica.

Su cruzada contra la “amenaza migrante” tiene tintes tan surrealistas que Dalí, desde su cuadro más derretido, aplaudiría. Afirma que todos los migrantes son delincuentes por naturaleza; ante la falta de pruebas, las reemplaza con convicción, gestos teatrales y una maquinaria de bots que siembra miedo y odio para “devolver la tranquilidad a las calles”.

La paradoja es evidente: en un país construido por migrantes, históricamente se ha recibido con entusiasmo a los europeos ricos y blancos. Su xenofobia selectiva se parece más a aporofobia que a otra cosa.

Conviene precisar que no existe el “migrante ilegal”: la ley habla de situación irregular o indocumentada, una falta administrativa, no un delito. Delincuentes hay en todas las nacionalidades, y así deben ser tratados.

La ironía histórica es amarga: el propio padre del candidato ingresó a Chile con identidad falsa tras la Segunda Guerra Mundial, huyendo de su pasado nazi. Para el aspirante a sheriff, sin embargo, aquello no fue irregularidad, sino “creatividad documental”.

Hoy, ese legado ideológico resucita en su discurso: donde antes su abuelo político veía “judíos peligrosos”, él ve “migrantes pobres”. La lógica es la misma: crear un enemigo interno, polarizar, ganar la elección y gobernar por y con el miedo.

Entre sus “medidas humanitarias”, propone expulsar a 320 mil personas —número elegido, según dicen, “porque suena redondo”— y separar a los hijos chilenos de padres extranjeros para enviarlos a instituciones del Estado. El plan es tan inviable como costoso: requeriría miles de vuelos, décadas de ejecución y sumas astronómicas… mientras promete bajar impuestos.

Su segunda gran promesa, el recorte de seis mil millones, es un misterio digno de archivo secreto: no dice de dónde, ni cómo, ni por qué. Cuando se le pregunta, responde con silencios, bots o frases grandilocuentes tomadas de Trump, Bolsonaro o alguna película imaginaria.

Asiste a pocos debates y casi no responde preguntas. Prefiere sus monólogos ante una cámara que parece estar siempre desconectada. A cualquier cuestión compleja, contesta con un invariable “depende”.

Queda una duda esencial: ¿con qué autoridad moral puede “combatir la delincuencia” alguien que reivindica a figuras responsables de crímenes masivos y dictaduras corruptas? Su trayectoria es más la de un entusiasta admirador de dictadores criminales y ladrones que la de un defensor la seguridad pública. ¿Defender la democracia con medidas autoritarias propias de la ultraderecha? El círculo no cuadra.

Conclusión: La candidatura de Von Kast es una tragicómica distopía, una mezcla de reality show y libreto escolar con pretensiones épicas. Sus seguidores, alimentados por las frutas envenenadas de sus granjas de bots y un discurso que convierte la pobreza en amenaza, lo aclaman con fervor sectario.

El país observa, entre el desconcierto, la risa nerviosa y el temor. Y mientras promete salvarnos de todos los peligros, queda en el aire la sospecha de que el mayor peligro podría ser él mismo.

Por Jaime Vieyra Poseck

Antropólogo social, especialista en estudios de género y periodismo científico.


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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