Columna de opinión

El Efecto Troxler de la izquierda chilena

El peligro no radica en realizar análisis suficientemente autocríticos, sino en instalar dicho debate como una realidad cerrada y autosuficiente -un asunto “por sí y para sí”-. Al hacerlo, al igual que en el Efecto Troxler, los elementos trascendentales del cuadro político quedan relegados a la periferia visual del análisis y en consecuencia se vuelven invisibles para nuestro consciente colectivo.

El Efecto Troxler de la izquierda chilena

Autor: El Ciudadano

Por José Carrera Orellana

En psicología visual se denomina Efecto Troxler a la ilusión óptica en donde los elementos periféricos tienden a desaparecer al fijar la mirada en un punto central por algunos segundos. Este fenómeno descubierto por el médico y filósofo suizo Ignaz Paul Vital Troxler, en los primeros años del Siglo XIX, ocurre por el funcionamiento de las neuronas sensoriales que, buscando mayor eficiencia, dejan de enviar información al cerebro sobre estímulos que consideran irrelevantes o estáticos. Así, aquello ubicado en la periferia visual sencillamente tiende a desaparecer para nuestra percepción consciente, sin embargo, los elementos siguen allí, reales y materiales aunque invisibles a nuestra conciencia.

Esta trampa visual es útil para graficar el estado actual del debate de la izquierda chilena, cuyos bordes están aún -y como casi siempre- delimitados por las urgencias y sus resultados. Si bien, este es un tema ineludible, su naturaleza no alcanza a explicar en precisión las claves del tiempo histórico que nos corresponde vivir. El peligro no radica en realizar análisis suficientemente autocríticos, sino en instalar dicho debate como una realidad cerrada y autosuficiente -un asunto “por sí y para sí”-. Al hacerlo, al igual que en el Efecto Troxler, los elementos trascendentales del cuadro político quedan relegados a la periferia visual del análisis y en consecuencia se vuelven invisibles para nuestro consciente colectivo.  

El análisis político debe ser multifactorial, de lo contrario sus conclusiones y las estrategias que se emprendan corren el riesgo de no producir las transformaciones que pretende, por cuanto su diagnóstico carece de integralidad analítica. Por ejemplo, ¿Es posible entender la derrota electoral presidencial sin el concurso del contexto geopolítico mundial? ¿Es posible explicar el triunfo de la ultraderecha sin una poderosa fuerza comunicacional? son algunas de las preguntas ausentes en el debate, reemplazadas por recriminaciones recíprocas sobre dogmatismos o concesiones ideológicas. Un estadio de debate muy poco prometedor para la izquierda y su tarea histórica.

En este sentido, bien vale tener a la vista la tesis desarrollada por el teórico marxista Antonio Gramsci para diferenciar la Revolución Pasiva —concepto acuñado antes por el historiador y político italiano Vincenzo Cuoco— de la Contrarreforma. En ella sugirió que la revolución pasiva se trata de un proceso de transformación impulsado “por arriba” caracterizado por la ausencia de una iniciativa popular unitaria y suficientemente organizada que genere una ruptura, tal y como ocurre en un proceso de revolución “jocabina”, y cuyos dos momentos fundamentales son una compleja dialéctica que tiene lugar entre la  Restauración, es decir la reacción conservadora ante una ruptura o transformación profunda, y la Renovación, cuando las clases dominantes realizan concesiones para satisfacer parcialmente algunas demandas populares como una forma de contención, de cuyo resultado efectivamente, señalaba el teórico marxista, se “modifican progresivamente la composición anterior de las fuerzas y por la tanto se transforman en matriz de nuevas modificaciones”.

¿Es posible entender la derrota electoral presidencial sin el concurso del contexto geopolítico mundial? ¿Es posible explicar el triunfo de la ultraderecha sin una poderosa fuerza comunicacional? son algunas de las preguntas ausentes en el debate, reemplazadas por recriminaciones recíprocas sobre dogmatismos o concesiones ideológicas.

Esta teoría de Gramsci es clave, pues por una parte constituye un marco de análisis perfectamente vigente para comprender la coyuntura geopolítica, caracterizada por el fin del consenso de dominación a escala mundial, sin que aún se resuelva la disputa por el consenso de los próximos 50 años, es decir, lo que él llamó Interregno. Y, por otra parte, porque aporta elementos de comprensión fundamentales en torno a las particularidades del “Estallido Social” de octubre de 2019 y sus acontecimientos posteriores, incluidas las recientes elecciones presidenciales. Pero, además, es especialmente relevante porque supone la obligación de identificar con precisión los avances y retrocesos de un proceso de transformación como el chileno, para comprender el punto desde el que continúa. 

Valga decir aquí que no se trata de una convocatoria a la detención sino a la precisión, so pretexto de comprender colectivamente el punto de continuidad del proceso de transformación y la legitimidad de una determinada estrategia, para derribar cualquier vestigio de anquilosamiento teórico y, sobre todo, no ser obsecuentes con las deficiencias detectadas, ni por cierto para resolver superficialmente las diferencias en el análisis y de proyectos. Se trata de hacer propio el rigor con que Lenin examinaba la realidad, graficado en su célebre obra ¿Qué hacer?, cuando -citando a Dmitri Písarev– señaló que “no existe disparidad entre los sueños y la realidad siempre que el soñador crea seriamente en su sueño, se fije atentamente en la vida, compare sus observaciones con sus castillos en el aire y trabaje con conciencia porque se cumplan sus fantasías”.

“La realidad no es estática”, es una frase que suele ser parte del ABC de la política, sin embargo, en ocasiones el análisis y las estrategias lamentablemente parecen serlo. La izquierda debe reflexionar con perspectiva amplia o seguirá ignorando claves que la condenan a quedar atrapada en una verdadera aporía reflexivaque le impide ver el cuadro completo, tal y como ocurre con el efecto Troxler.

Por José Carrera Orellana

Militante PC, fundador Conchalí Centenario.

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Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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