Por Leopoldo Lavín Mujica
A solo una semana de asumir la presidencia, José Antonio Kast tomó una decisión que revela su manera de hacer política: poner fin abruptamente al proceso de traspaso de mando con la administración de Gabriel Boric.
El argumento esgrimido por el líder republicano fue contundente: el gobierno saliente actuó de ‘mala fe’, ocultó información y, por lo tanto, no es un interlocutor confiable.
Sin embargo, una revisión de los hechos y las declaraciones cruzadas de los últimos días abre una interrogante incómoda para la futura administración: ¿Estamos ante un simple tropiezo comunicacional o, por el contrario, el gobierno de Kast ya enfrenta su primera controversia por afirmaciones que no se ajustan a la realidad?
El núcleo de la discordia: una llamada que fue real
Todo comenzó el lunes 3 de marzo, cuando el Presidente Boric declaró en una entrevista que había informado a Kast sobre el proyecto del cable submarino chino y las advertencias de Estados Unidos «semanas antes» de que estallara la polémica.
La respuesta del equipo del presidente electo fue inmediata y tajante. El futuro ministro del Interior, Claudio Alvarado, salió a contradecir a Boric asegurando de manera «taxativa» que Kast «nunca fue informado ni tomó conocimiento de esta situación».
El problema es que, apenas 24 horas después, el propio Kast admitió lo contrario. En una rueda de prensa realizada el 5 de marzo, el líder republicano confirmó que sí mantuvo una conversación telefónica con Boric el 18 de febrero, en la cual el mandatario saliente le ‘esbozó’ el tema del cable submarino.
La matización de Kast —que se trató ‘más de enunciados’ que de ‘información’ y que esperaba mayores detalles— no alcanza para borrar el hecho central: su principal colaborador negó algo que, efectivamente, había ocurrido.
Esta serie de incoherencias dejó a Alvarado en una posición incómoda y, de paso, terminó dándole la razón a Boric, tal como lo señaló la ministra vocera Camila Vallejo. La estrategia comunicacional del futuro gobierno, diseñada para mostrarse como víctima de la «falta de transparencia», se resquebrajó por una imprecisión que provenía de su propia trinchera.
Si la acusación de «mentira» hacia Boric era el pilar de la ruptura, la admisión de Kast desmoronó ese argumento.
La llamada que nunca se quiso contestar: ¿desinformación u omisión?
El episodio no termina ahí. La futura vocera de gobierno, Mara Sedini, enfrentó sus propias dificultades para explicar por qué Kast no respondió los insistentes llamados de Boric el mismo 20 de febrero, cuando Estados Unidos anunció la revocación de visas a funcionarios chilenos.
En una entrevista en Radio Duna el miércoles 5 de marzo, Sedini justificó que Kast no contestó porque el Presidente llamó desde «un número desconocido» y argumentó que «los presidentes no andan contestando el teléfono» a números no registrados.
Sin embargo, la periodista Mónica Pérez reveló que tres miembros del equipo de Kast —su jefa de gabinete, su jefe de asesores y su jefa de prensa— fueron contactados por sus pares de La Moneda para advertirles que era el Presidente quien llamaba.
A pesar de esta evidencia, Sedini insistió en que Kast «nunca se enteró» de los intentos de comunicación. Sus palabras —»nos estamos fijando en detalles pequeños, que quién le contestó o no le contestó el teléfono»— fueron mal evaluadas incluso en sectores republicanos, que advirtieron que «pudo manejarse mejor al verse acorralada».
Lo más grave es que esta versión implica necesariamente una de dos posibilidades: o los colaboradores de Kast recibieron la alerta y decidieron no informarle —lo que sería una grave falla interna—, o la futura vocera está omitiendo información para proteger una imagen que ya empieza a mostrar fisuras. En cualquiera de los dos escenarios, la transparencia que el equipo de Kast exige al gobierno saliente brilla por su ausencia en sus propias filas.
La minuta que delata una estrategia premeditada
El lunes 3 de marzo por la noche, tras la tensa reunión en La Moneda, el equipo de Kast hizo circular entre los partidos una minuta interna para bajar la línea política y comunicacional. En ella se acusa al gobierno de Boric de actuar «de mala fe», «ocultar información» y «dinamitar cualquier confianza». El documento, al que accedió Ex-Ante, señala textualmente: «El Presidente Boric afirmó que se informó sobre el cable chino y eso no es verdad».
Pero los hechos demuestran que la premisa central de esa acusación es, a lo menos, cuestionable: sí hubo información, aunque Kast la considere insuficiente o superficial. El propio Kast, en su rueda de prensa, reconoció que la conversación existió. Entonces, si el documento que fija la postura oficial parte de una base que el propio líder del sector terminó desmintiendo, ¿no estamos ante un problema de credibilidad más profundo?
¿Un sello de firmeza o un ensayo de la era de la posverdad?
En el entorno de Kast aseguran que la decisión de terminar las bilaterales busca mostrar el «sello» de la nueva administración: «un gobierno que toma decisiones firmes». Sin embargo, lo que se ha visto en estos días es más bien un manejo comunicacional errático, con voceros que se contradicen y explicaciones que no resisten el contraste con los hechos.
Diversas voces críticas han interpretado esta actitud como un adelanto del «estilo Kast»: confrontacional, rupturista, que prioriza la declaración impactante por sobre la precisión de los hechos.
La diputada Ana María Gazmuri sintetizó esta percepción: «Estamos viendo la instalación del estilo del verdadero Kast». Pero más allá del estilo, lo que está en juego es la relación que el nuevo gobierno establecerá con la verdad y con la ciudadanía.
Mientras tanto, el gobierno saliente ha mantenido su voluntad de diálogo y ha puesto a disposición toda la información necesaria. Boric, en sus redes sociales, lamentó «profundamente que el presidente electo haya tomado la decisión de empañar la sana y orgullosa tradición republicana de realizar un traspaso de mando».
El costo de la incoherencia
A pocos días del cambio de mando, Kast optó por la ruptura basándose en una acusación de «falta de información» que sus propias declaraciones se encargaron de relativizar.
Ahora la pregunta queda planteada para la historia y para la ciudadanía: ¿Fue este un primer tropezón, propio de la inexperiencia o de los nervios de un equipo que recién se instala? ¿O estamos ante el primer episodio de un gobierno que construye su relato sobre afirmaciones que no resisten verificación, inaugurando una era en que la estrategia comunicacional se impone a los hechos?
La firmeza es una virtud, pero cuando se ejerce sobre una base endeble, corre el riesgo de convertirse en tozudez. Y en política, empezar con una controversia sobre la veracidad de las propias declaraciones puede tener consecuencias que trascienden los primeros días de gobierno.
La política republicana, o la ‘cosa pública’ como su nombre lo indica, más allá de las diferencias ideológicas, debe priorizar el bien común y la transparencia por sobre la estrategia comunicacional. El episodio del cable chino deja una lección amarga: antes de acusar a otros de mentir, conviene asegurarse de que la propia versión sea inexpugnable. Y en este caso, no lo fue.
Un marco teórico: las extremas derechas y su relación con la verdad
Este episodio no debe leerse como un simple error comunicacional de principiantes, sino como una manifestación en Chile de un fenómeno global que la ciencia política ha estudiado con creciente preocupación: la relación estructural de la ultraderecha con la verdad.
Investigadores como Kris Hartley han definido la «post-verdad» no como una mentira ocasional, sino como una «estrategia deliberada para crear un entorno donde los hechos objetivos pierden influencia en la opinión pública, donde los marcos teóricos se socavan para imposibilitar la comprensión de los fenómenos y donde la verdad científica es deslegitimada».
En esta línea, centros de estudio como el C-REX de la Universidad de Oslo documentan cómo la extrema derecha ha perfeccionado el arte de la «guerra epistémica», donde la desinformación no es un accidente sino parte integral del proyecto político.
El mecanismo es perverso: cuando los sentimientos («gut feelings«) reemplazan a los hechos, como observa la politóloga Iris Segers, se construye una realidad alternativa donde la coherencia importa menos que la movilización emocional de las bases.
Lo que hemos presenciado en estas primeras semanas —una acusación de «falta de información» que los propios dichos de Kast desmienten, una vocera que minimiza los hechos llamándolos «detalles pequeños», y un equipo que se contradice sin que ello genere autocrítica— no es entonces un simple tropiezo.
Es, como advierte el historiador John Adams, el abandono de la máxima republicana de que «los hechos son cosas tozudas, y cualesquiera que sean nuestros deseos o pasiones, no pueden alterar el estado de los hechos y la evidencia».
Cuando la realidad se vuelve maleable a los intereses del relato, cuando la verdad se subordina a la estrategia comunicacional, la democracia misma se erosiona porque, como señala Rex Smith, sin una comprensión compartida de lo que es cierto, «una democracia puede desmoronarse debido a la desinformación, la manipulación y la falta de confianza pública».
La evidencia internacional muestra que esta dinámica no es exclusiva de Chile, pero lo preocupante es que el gobierno de Kast parece estar estrenando, en su primera semana, un libreto que en otras latitudes ya ha demostrado sus consecuencias: la construcción de una realidad a la medida del poder, donde lo que importa no es la verdad, sino su manipulación y eficacia política.
Leopoldo Lavín Mujica
