Columna de Opinión

Historia de “A” o el aula como territorio de mínima justicia social

Esto me hace pensar, una vez más, que la (verdadera) pedagogía acontece, con toda su fuerza y magnitud, en esa transmisión silenciosa, de persona a persona, donde una maestra le devuelve a una estudiante su derecho a la ambición intelectual.

Historia de “A” o el aula como territorio de mínima justicia social

Autor: El Ciudadano

Por Nibaldo Acero

Hay situaciones que una sociedad prefiere mantener en la penumbra, como la incomodidad de discutir quién puede acceder a la universidad y quién no. Porque a pesar de todos los esfuerzos por equipararla, la Prueba de Acceso a la Educación Superior en Chile sigue siendo un espejo negro que devuelve, implacable, la fractura social de un país con castas económicas cada vez más grotescas.

Frente a esto, muchos clamamos que la PAES no mide inteligencia, más bien computa la herencia, siendo el ADN de la desigualdad criolla, el certificado de los kilates de la cuna. Al otro lado del río, están los que veneran los puntajes nacionales con fervor casi místico, como si fueran meteoritos que cruzan un cielo impoluto y no frutos cosechados de una tierra privilegiada. Entre ambos gritos —el del desencanto inútil y del triunfalismo vergonzoso— se abre una realidad profunda y sensible: la historia de A.

A no tiene dieciocho años cartografiados por viajes de estudio; para ella, la sala de clases ha sido un espacio blindado contra la violencia que ha vivido sistemáticamente en los hogares que ha trashumado. En medio de reflexiones académicas, demasiadas veces sin calle y que, de plano, satanizan el aula, A encontró en la escuela contención, apañe, compasión. Y algo más: las expectativas —¡tan necesarias!— que algunos profesores depositaron en ella.

Y es que su mamá ausente, una casa en una población rural, donde el abuso no es noticia, y la pobreza, señora nuestra de cada día, no le facilitaron las cosas a A, quien creció escuchando que el mundo al menos se divide en dos: los que tienen todo el derecho a proyectarse y los que tienen solo el deber de sobrevivir.

La universidad nunca fue un ‘próximo paso’, fue declaradamente un sueño, una suerte de llave a un mundo vedado. Y como A tenía una determinación enorme de entrar allí, creo que la palabra resiliencia —tan deseada por los discursos bienintencionados que transmutan el sufrimiento en una anécdota completamente superable— no aplica en su caso. Tampoco fue solo tozudez, había en ella una fuerza volcánica, una terquedad tierna, un amor propio que se negaba a tirar la toalla, amor por lo que vislumbraba en sí misma. En definitiva, que se negaba a no-soñar.

 …había en ella una fuerza volcánica, una terquedad tierna, un amor propio que se negaba a tirar la toalla, amor por lo que vislumbraba en sí misma. En definitiva, que se negaba a no-soñar.

Esta visión fue alimentada por una profesora que la inscribió en olimpiadas de matemáticas, en programas de integración, que le abrió rutas, cual capitana en medio de un tornado. Esa profesora probablemente no le dio clases particulares, pero sí le dio lenguaje, le demostró que los números y las fórmulas más que ser un código secreto para elegidos, eran herramientas para leer el mundo, para descifrarlo y reconstruirlo (y reconstruirse, de paso).

Esa profesora hizo de la sala de clases un verdadero territorio de mínima justicia social. Bajo aquella mirada, A no fue “la niña pobre con potencial”, era toda una mente. Punto. Le exigió como a cualquier otra, la corrigió con rigurosidad, la alentó y le cambió la vida no a partir de la lástima, más bien a partir del respeto y la dignidad.

Como el de A, debe haber mil casos más, con una especie de system failure que me niego a nombrar con los ojos en blanco, terminando con un “si ellos pueden, todos pueden”, porque en este país hablar de resiliencia puede ser tan nefasto como hablar de meritocracia, especialmente frente a estos rebeldes que no se bancaron la negligencia, a priori, del sistema, que salieron jugando entre injusticia y miseria con convicción, ternura, con amor propio.

Su ingreso no demuestra que el sistema funcione; demuestra que, a pesar del sistema, algunas personas —con una intrepidez admirable y un acompañamiento docente determinante— baipasean el abismo. No son “ejemplos de superación”, son aquello que, convencidamente, decidieron ser y, con apenas tres clavos y cuatro tablas, construyeron un barco que cruza el océano.

Esto me hace pensar, una vez más, que la (verdadera) pedagogía acontece, con toda su fuerza y magnitud, en esa transmisión silenciosa, de persona a persona, donde una maestra le devuelve a una estudiante su derecho a la ambición intelectual. Donde le dice, quizás sin palabras: “esta puerta es TODA tuya. Entra, y ayúdanos a dejarla abierta”.

A aún no pisa los pastos universitarios y ya se sabe de memoria una cátedra magistral: que la determinación nacida del amor propio y del convencimiento pleno, cuando encuentra la guía correcta, no pide permiso… sencillamente avanza, abre la puerta y la cruza…

¡Ah! Y la deja entreabierta.

Por Nibaldo Acero

Académico investigador Instituto de Educación y Lenguaje. Universidad de Las Américas.


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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