Por Leopoldo Lavín Mujica
Un escenario de extrema derecha se está preparando para que desde ahí opere el gobierno de José Antonio Kast.
No es una exageración ni un ejercicio de retórica: los hechos concretos que rodean la instalación del próximo gobierno chileno configuran un tablero geopolítico diseñado por y para la ultraderecha continental, donde Chile no actuará como un país soberano sino como un administrador subalterno de los intereses imperiales en la región.
La evidencia es contundente. Mientras en Chile se define quién será el próximo embajador en Washington —Andrés Ergas, empresario; Rodrigo Yáñez, exsubsecretario de Piñera; o un tercer nombre que se mantiene en reserva—, el gobierno de Donald Trump ya ha dejado claras las reglas del juego.
La revocación de visas a 3 altos funcionarios chilenos, encabezados por el ministro Juan Carlos Muñoz, no fue un incidente diplomático menor ni un exabrupto del embajador Brandon Judd. Fue un mensaje explícito, una advertencia de que cualquier acercamiento tecnológico o comercial con China tendrá costos políticos inmediatos. Fue, en suma, la cabeza de caballo sobre la mesa antes de iniciar la conversación.
Y la respuesta del entorno de Kast no ha sido la defensa de la soberanía nacional ni la convocatoria a una diversificación de las relaciones internacionales que beneficie al pueblo chileno. Ha sido, por el contrario, el apresurado envío de una comitiva —integrada por futuras autoridades de Relaciones Exteriores, Hacienda y Economía— para presentarse ante la Cámara de Comercio de Washington, en lo que más parece un rito de sumisión feudal que una gestión diplomática entre naciones independientes.
Este escenario de extrema derecha tiene un nombre en la historia: la Doctrina Monroe, ahora resucitada bajo la administración Trump con el explícito propósito de reafirmar el dominio absoluto de Estados Unidos sobre el hemisferio occidental. Pero a diferencia de otras épocas, hoy cuenta con colaboradores locales que no solo aceptan las reglas, sino que las celebran.
La participación de Kast en la cumbre ‘Shield of the Americas’ en Miami no es un gesto simbólico: es la incorporación formal de Chile a una alianza político-militar de ultraderecha que opera como brazo de los intereses estadounidenses en la región. Los exdiplomáticos que lo califican como un ‘besamanos a Trump’ se quedan cortos: es la asunción pública de una subordinación estratégica.
La contradicción central que este proceso revela es insoslayable. China compra el 40% de las exportaciones chilenas y es socio comercial vital para sectores como el cobre y la agroindustria. El gran empresariado nacional necesita mantener abierto ese mercado. Sin embargo, la alineación ideológica con Trump empuja en dirección contraria, exigiendo que Chile «escoja bando» bajo la premisa imperial de que «el hemisferio es nuestro».
El futuro embajador —sea Ergas, Yáñez u otro— tendrá la misión imposible de conciliar lo inconciliable: administrar la presión de Washington sin provocar represalias comerciales de Pekín.
Pero esta ‘administración de crisis’ no es neutral. Los candidatos a embajador no provienen de la tradición diplomática de Estado, sino del mundo empresarial y de gobiernos anteriores de derecha. Hombres formados en la lógica de que las relaciones internacionales son un departamento de ventas de las grandes empresas, donde los intereses nacionales se subordinan a los negocios de los sectores exportadores.
Lo que está en juego, y que la narrativa dominante oculta, es la soberanía nacional o la responsabilidad política del Estado chileno. El proyecto del cable submarino Chile-China Express, que Estados Unidos ha bloqueado bajo acusaciones de «piratería extranjera maligna» y «actores que amenazan la privacidad de los ciudadanos», no es más que la excusa para impedir que Chile desarrolle infraestructura tecnológica independiente.
Detrás de la retórica de la seguridad nacional, lo que realmente se disputa es qué potencia controla los datos, las comunicaciones y, en última instancia, la capacidad de decidir de los pueblos.
La denominada «autonomía estratégica pragmática» que algunos expertos mencionan como salida —privilegiar a Estados Unidos en defensa y ciberseguridad, pero mantener criterios técnicos para no discriminar a China en lo comercial— es una fórmula vacía. No hay autonomía posible cuando se acepta que una potencia extranjera decida qué proyectos tecnológicos puede desarrollar un país, o cuando se asiste como subordinado a cumbres militares diseñadas en Washington. Es simplemente el eufemismo para describir una política exterior que entregará soberanía a cambio de migajas.
Mientras tanto, el pueblo chileno —que ha luchado por décadas por una independencia real, que necesita empleos, desarrollo y control sobre sus recursos, que exige que la riqueza generada por el uso de sus recursos naturales y por su trabajo sea redistribuida para el bienestar de las mayorías y no para engrosar las arcas de las oligarquías extractivistas y exportadoras— observa cómo se negocia su futuro en oficinas de Washington y en salones empresariales.
La ‘ruda carta náutica’ que deberá navegar el próximo embajador no es un desafío técnico: es la hoja de ruta de una derecha que ha decidido que Chile será, una vez más, colonia, pero esta vez con gobernantes que aplauden su propia sumisión.
La pregunta que debemos hacernos desde el progresismo y las izquierdas es: ¿Dónde queda la voluntad popular en todo esto? ¿Dónde están los mecanismos para que Chile decida su propio destino, para que diversifique sus relaciones internacionales sin someterse a ningún imperio, para que la riqueza que generamos con nuestro trabajo y nuestros recursos naturales se quede en quienes la producimos?
Mientras la extrema derecha se prepara para operar desde el escenario que ella misma ha ayudado a construir —el de la subordinación voluntaria, el de la renuncia a la soberanía, el de la entrega de nuestros recursos a las transnacionales—, nuestra tarea es denunciar este montaje y construir las alternativas que el pueblo merece.
Alternativas que pongan por delante los intereses de las mayorías, no los de las elites exportadoras ni los de las potencias extranjeras. Alternativas que defiendan un Chile independiente, digno, verdaderamente soberano y donde la riqueza sea finalmente redistribuida con justicia social.
Leopoldo Lavín Mujica
