Por Valeria Paz Yáñez Álvarez, actriz, directora e investigadora teatral, directora Casa Marx Santiago y militante de Pan y Rosas
El 14 de diciembre de 2025 se realizó la segunda vuelta presidencial en Chile, en la cual resultó electo José Antonio Kast, representante de la extrema derecha conservadora, militante del Partido Republicano y proveniente de una familia vinculada al golpe de Estado en Chile y las violaciones a los DDHH.
En una candidatura anterior, Kast había declarado: “Si Pinochet votara por alguien, sería por mí”. Con un discurso centrado en recortes fiscales, seguridad y políticas antimigratorias, fue electo presidente.
A los dos días de la elección, Kast viajó a Argentina para reunirse con el presidente Javier Milei, militante de La Libertad Avanza, en la Casa Rosada. En su primera visita al extranjero, ambos abordaron algunos de los ejes de su futura relación diplomática: la creación de un corredor “humanitario” para migrantes y acuerdos comerciales.
Estas ideas xenófobas y racistas se inscriben en una matriz ideológica propia del ADN de la ultraderecha internacional. Sin embargo, lo que generó mayor polémica fue la fotografía y el video difundido públicamente en el que ambos mandatarios posan junto a la motosierra, símbolo característico de la campaña de Milei.
La motosierra aparece como metáfora explícita: una herramienta para reducir el tamaño del Estado y ampliar el mundo privado; una motosierra para despedir funcionarios, una motosierra para recortar derechos sociales y atacar las jubilaciones. En Argentina simboliza el ajuste fiscal impulsado por Milei, y en Chile anticipa una posible réplica, considerando los más de 6.000 millones de dólares en recortes fiscales anunciados por Kast durante su campaña, sin explicar claramente de dónde se realizarían.
La motosierra emblema de Milei lleva una inscripción calada en láser titulada: “Las fuerzas del cielo”, frase que remite a la construcción de una imagen en-diosada del presidente argentino.
Milei, declarado sionista y defensor del Estado de Israel, recurre frecuentemente a referencias bíblicas en sus discursos, especialmente vinculadas al judaísmo. Una de las frases que utilizó al inicio de su campaña fue: “El triunfo en la guerra no viene de la cantidad de soldados, sino de las fuerzas que vienen del cielo”.
Esta consigna inspiró incluso a grupos de jóvenes militantes y simpatizantes que se autodenominan la “guardia pretoriana” o el “brazo armado” de La Libertad Avanza, quienes creen estar “salvando al país” con apoyo divino.
Su estética —estandartes, referencias al héroe romano, videos generados con inteligencia artificial y música clásica grandilocuente— construye una puesta en escena de que “pueden con todo”, como una estética fascista, acompañada con el discurso violento de Milei hacia sus opositores, los zurdos, comunistas y el Estado (los fascistas glorificaban la violencia contra grupos “enemigos”), donde la motosierra se vuelve símbolo de arrasar con todo a su paso y envalentonar a sus seguidores.
Esta puesta en escena de la política, fuertemente influenciada por el imperialismo norteamericano y la ultraderecha reaccionaria global, pone en escena una representación del hombre poderoso: el ‘american first’, la supremacía del hombre blanco.
En 1967, Guy Debord publicó su famoso ensayo ‘La sociedad del espectáculo’, donde analiza cómo el espectáculo se convierte en el lenguaje oficial de la sociedad, incluso un instrumento de unificación: “El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”, señala Debord, es decir, es un dispositivo que obtura nuestra mirada y nuestra capacidad de acceder a lo auténtico.
Debord plantea que la sociedad ha devenido en imágenes, en consumo y circulación de mercancías que se contemplan a sí mismas: un reino hechizado por el fetiche de la mercancía. Este diagnóstico que realiza Debord pone en tensión y problematiza la relación entre verdad, realidad y apariencia.
Desde esta perspectiva, la imagen de la motosierra nos interpela: ¿Es real esta motosierra? ¿Es Milei un trabajador? ¿Es un león o un “gatito mimoso” del poder económico?
La motosierra de la fotografía no es cualquier motosierra. Es una motosierra de bronce, de colores dorado, negro y plata: una motosierra elegante “hecha en casa”. Fue fabricada artesanalmente por el artista argentino y vendedor de maquinaria de construcción Tute Di Tella, quien también fabricó otra mosotierra similar para Elon Musk regalada por Milei en Washington, y otra para Donald Trump, que dentro del diseño tiene una pequeña estatua de la libertad.
La motosierra encarna la idea de “ir por todo”, de arrasar como amo y señor de la tierra, en sintonía con la Doctrina Monroe que concibe a América Latina como el “patio trasero” de Estados Unidos. Es la motosierra del extractivismo y de la depredación capitalista del medio ambiente.
Muy distinta es esta motosierra simbólica de la herramienta real utilizada por un trabajador asalariado para despejar árboles del tendido eléctrico o en una faena forestal. La motosierra que aparece en la imagen de Kast y Milei no es una herramienta de trabajo: es un artefacto de violencia simbólica, de amenaza y masculinidad, diseñado para exhibir poder e intentar producir temor o impacto en la población.
Esta imagen busca configurar una escena de poderío, que representa la euforia, rabia e indignación que resuena particularmente en un sector de jóvenes varones desencantados de los gobiernos progresistas. Las campañas políticas recientes se han llenado de iconografías de emperadores romanos y narrativas épicas. En Chile lo vimos con videos generados con inteligencia artificial, estética norteamericana y abundancia de banderas nacionales, reforzando una identidad nacionalista exacerbada.
Ahora bien, ¿qué son y que representan Milei y Kast? Ambos forman parte de una derecha reaccionaria organizada a nivel internacional: participan del Foro Madrid, desde donde atacan a los gobiernos progresistas latinoamericanos y preparan escenarios de cambio político, como ocurrió en Chile. Defienden el modelo familiar tradicional, promueven el aumento de la natalidad, son antifeministas y negacionistas.
También participan de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC), que desde la era Trump se ha alineado con el movimiento MAGA (Make America Great Again) y la derecha populista internacional, incluyendo sectores de supremacía blanca.
A propósito de como leemos las imágenes, Susan Sontag en su texto “Contra la interpretación” (1966) escribe: “La interpretación no es (como la mayoría de las personas presume) un valor absoluto, un gesto de la mente situado en algún dominio intemporal de las capacidades humanas. La interpretación debe ser a su vez evaluada, dentro de una concepción histórica de la conciencia humana. En determinados contextos culturales, la interpretación es un acto liberador. Es un medio de revisar, de transvaluar, de evadir el pasado fenecido. En otros contextos culturales es reaccionaria, impertinente, cobarde, asfixiante”.
La interpretación de esta fotografía se vuelve un acto liberador en la medida en que permite leer el entrelíneas, desentrañar el poder simbólico que buscan construir ambos mandatarios y confrontar su ideología. Es, como dice Sontag, una “venganza que se toma el intelecto”.
Es la batalla cultural contra el sentido común que la derecha contemporánea intenta imponer, contra sus enemigos declarados del “maxismo cultural” o el “progresismo woke”, usan todo lo que que esté en sus manos por construir hegemonía, en este caso con la imagen del “héroe” que anuncia un supuesto “cambio de época”, con una motosierra que va por el cambio como símbolo.
Resulta fundamental preguntarse cómo estas imagenes operan como juegos de poder y cómo procesamos los entramados sociales y la red de relaciones que los sostienen. Giorgio Agamben propone pensar la profanación de los dispositivos: interrumpir su funcionamiento para establecer una relación lúcida y consciente con ellos.
Si los dispositivos orientan conductas, modelan opiniones y producen discursos, entonces la pregunta crítica por otra relación con la imagen se vuelve urgente: ¿Cómo transformar la mirada? ¿Cómo no quedar capturados en esa imagen?
En esta línea, Alejandra Castillo en ‘Adicta imagen’ (2020) plantea que la imagen se encuentra en el centro de la economía política. “La imagen activa y anestesia, seduce y altera como una droga”, señala.
Sin embargo, advierte que el poder de alteración no reside en las imágenes mismas, sino en los encuadres discursivos y archivísticos que las narran. Las imágenes nos conmueven y nos afectan, y a su vez son afectadas por las coordenadas que las encuadran.
De este modo, la pregunta por el régimen de dominio que las imágenes despliegan se vuelve central, así como su potencial transformador y la posibilidad de una alteración del régimen escópico. ¿Cómo se profanan las imágenes? Es la pregunta que también abre Agamben.
En este sentido, el uso de la motosierra busca producir miedo y temor, orientando la reacción del espectador —o del ciudadano— hacia la demanda de seguridad individual. Al mismo tiempo, las grandes maquinarias amplifican el delirio de grandeza de los gobernantes y activan a sus seguidores más fanáticos.
No deja de llamar la atención que ambos mandatarios presenten una escasa presencia física, alejados del ideal clásico de masculinidad fuerte y musculosa. En el caso de Milei, sus arranques de ira y contradicciones públicas evidencian una masculinidad herida que se refuerza mediante objetos que simbolizan potencia y destrucción, por eso la necesidad de acompañarse de un objeto que amplifique su presencia.
Retomando a Debord, el espectáculo constituye el modelo de vida socialmente dominante, donde hay una degradación del ser en el tener, y del tener al parecer.
“Se trata de la vida puesta por completo al servicio del capital, en donde ni siquiera el aumento del ocio puede considerarse como una liberación del trabajo, ni del mundo conformado por ese trabajo, sino como otra actividad perdida en la sumisión de su resultado”, analiza Soto Calderón retomando a Debord.
En su texto “La performatividad de las imágenes” (2020) Soto Calderón habla de una desconexión, de un “padecimiento de los ojos” y de un cansancio de la mirada ante una “abundacia de imágenes y estímulos visuales que nos ahogan y nos anestesian, impidiéndonos digerir aquello que vemos; a su vez, esas imágenes demandan nuestros cuerpos, nos devoran”.
Creo que eso pasa con estas imágenes, que escandalizan y luego se naturalizan. En Chile, el video de Kast celebrando que “si hay una buena noticia es que la libertad avanza en toda Latinoamérica”, mientras Milei responde “¡Viva la libertad, carajo!” empuñando la motosierra, operó como imaginario de un preludio de lo que podría venir en Chile.
En un escenario saturado por la circulación incesante de imágenes, se vuelve urgente detener la mirada y fisurar el régimen escópico dominante. No se trata de ver más, sino de aprender a mirar críticamente los dispositivos visuales que producen afectos, orientan conductas y moldean el sentido común. Afinar el ojo frente a imágenes que exaltan la violencia, la masculinidad autoritaria y la reacción patriarcal resulta imprescindible.
Estos montajes no son provocaciones aisladas, sino dispositivos de poder que canalizan el miedo y la frustración social hacia demandas de orden, seguridad y ajuste, desactivando la imaginación política y borrando otras experiencias e imaginarios posibles. Como advierte Soto Calderón, “el mayor problema tal vez sean todas esas realidades que no tienen imágenes, es decir, que carecen de capacidad de ser imaginadas”. Pensar la imagen es, por tanto, una tarea política central.
No es casual que tanto Kast como Milei se presenten como aliados de Donald Trump, adopten su retórica y se alineen con los intereses del imperialismo estadounidense, ofreciendo sus países como plataformas de subordinación económica y política. La imagen de ambos mandatarios empuñando una motosierra no es una anécdota ni un gesto excéntrico: es una condensación visual de un proyecto de poder que promete arrasar derechos, cuerpos y memorias.
Profanar esa imagen, desmontar su operación simbólica y disputar su sentido se vuelve, entonces, una condición indispensable para imaginar otros futuros posibles.
Por Valeria Yáñez Álvarez
