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Nazi-Comunismo: La estafa intelectual de Kaiser para blanquear al fascismo

"Bajo esta lógica infantil, el cirujano que abre un pecho para salvar una vida equivale al sicario que apuñala en un callejón; ambos empuñan un cuchillo y derraman sangre. Con esta distorsión, el autor pretende borrar el abismo ético y político que existe entre el fascismo y el comunismo".

Nazi-Comunismo: La estafa intelectual de Kaiser para blanquear al fascismo

Autor: El Ciudadano

Por Jean Flores Quintana

Axel Kaiser desfila por los estudios de televisión agitando su panfleto Nazi-Comunismo como munición para la trinchera cultural de la ultraderecha. Bajo el disfraz de ensayo histórico, el título busca reflotar la Teoría de la Herradura para igualar a la víctima con el verdugo.

Kaiser insiste en presentar al Tercer Reich y a la Unión Soviética como gemelos ideológicos, una estafa intelectual que se desmorona ante el rigor de la historia económica.

Kaiser recicla un viejo y desgastado eslogan de la Guerra Fría atribuido a Jean-Pierre Faye, desechado hace décadas por la Ciencia Política por su pobreza teórica. La maniobra es burda: reduce la historia a una curvatura donde los extremos convergen, centrando la mirada en la forma —el uso del Estado— para invisibilizar el fondo: los intereses de clase en disputa.

Bajo esta lógica infantil, el cirujano que abre un pecho para salvar una vida equivale al sicario que apuñala en un callejón; ambos empuñan un cuchillo y derraman sangre. Con esta distorsión, el autor pretende borrar el abismo ético y político que existe entre el fascismo y el comunismo.

En el terreno económico, el argumento naufraga ante los hechos. Kaiser se aferra al nombre «Nacional Socialista» como prueba irrefutable, pero omite la confesión de Hitler en 1923 ante George Sylvester Viereck: «Podría haberme llamado Partido Liberal». El Führer usurpó la etiqueta socialista como un «Caballo de Troya» para disputar la base obrera a la izquierda.

La realidad material desmiente el rótulo: la revista The Economist acuñó el término «privatización» en los años 30 precisamente para describir la política nazi. El régimen enriqueció a la burguesía industrial: gigantes como Krupp, Siemens e IG Farben operaron como socios estratégicos. Mientras el horizonte socialista busca poner la economía al servicio del bien común, el nazismo aplastó a los trabajadores para asegurar los privilegios de los grandes empresarios.

El análisis de clase supera la estética de los uniformes para juzgar al régimen por su función real. La pregunta rectora es: ¿A quién sirve el fusil? El Estado nazi operó como la dictadura terrorista del gran capital financiero; su misión fue demoler la democracia para resguardar la propiedad privada de la “amenaza obrera” alemana y europea. Kaiser confunde deliberadamente la herramienta autoritaria con el beneficiario económico. El fascismo ejerce, en esencia, como el sicario del capitalismo: cuando las urnas ponen en riesgo la rentabilidad, la élite contrata al matón de camisa parda. Revientan el Estado de Derecho para asegurar el patrimonio de la oligarquía.

La equivalencia moral resulta insostenible. El comunismo se funda en el amor a la humanidad y la razón: su brújula es la dignidad de los humildes y su horizonte, la libertad plena de los pueblos. El nazismo, en cambio, es el culto a la barbarie y la sangre: su motor es el odio y el exterminio del diferente.

Equiparar la lucha por la justicia social —que busca acabar con los privilegios— con la jerarquía racial —que busca eternizarlos— constituye una aberración histórica. Fue el Ejército Rojo el que demolió a la maquinaria de guerra alemana. La bandera soviética sobre el Parlamento de Berlín detuvo la industria de la muerte.

Este texto obedece a un modelo de negocio: Kaiser es otro peón de la Atlas Network en la región. Detrás de su retórica asoman los dueños del dinero, quienes invierten en esta «guerra cultural» para evitar impuestos y regulaciones. Su obra es chatarra ideológica de consumo masivo, diseñada para justificar el desmantelamiento del Estado.

Para el nazismo, el liberalismo era un estorbo, pero el comunismo era el enemigo a exterminar. Por eso Kaiser cita a Hayek y esconde a Carl Schmitt. En los campos de concentración, el triángulo rojo distinguía a los militantes de izquierda y sindicalistas, los primeros en sufrir el horror por defender a los trabajadores. Decir que son iguales a sus verdugos es escupir sobre su tumba.

El fascismo opera como el botón de pánico del gran capital. Eso es lo que se oculta desesperadamente.

Jean Flores Quintana

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