Por Juan Pablo Orellana de la Rosa
ustedes cuando aman calculan interés
y cuando se desaman calculan otra vez
nosotros cuando amamos es como renacer
y si nos desamamos no la pasamos bien.
(Ustedes y Nosotros, Mario Benedetti)
Hay algo que el capitalismo avanzado no logra digerir del todo: el amor. Pudo digerir (integrar diría el filósofo Herbert Marcuse) las disidencias, parte del feminismo, elementos contraculturales, pues puede mercantilizar todo, incluido el deseo, convirtiendo el sexo en industria, fabricar aplicaciones para “gestionar” vínculos, pero aún tropieza con un resto indócil.
Ese resto es precisamente el amor cuando no está domesticado ni en clave neoliberal.
Nuestra época ha intentado vaciarlo de contenido. Se nos enseña a vincularnos como consumidores: evaluar, comparar, descartar. El lenguaje afectivo se llenó de términos empresariales —compatibilidad, inversión emocional, costo-beneficio— como si la experiencia amorosa fuera un contrato de servicios al cual yo puedo limitarme y también rescindir cuando no me sea útil.
Alain Badiou, filósofo que ha bregado desde hace mucho tiempo en defensa de la hipótesis comunista como coordenada existencial, identifica con claridad el potencial subversivo del amor en tiempos de ultraderechas y gobiernos de corte neofascistas: vivimos bajo la convicción de que cada cual persigue su propio interés, y el amor entonces aparece como la refutación práctica de esa ideología.
Amar significa aceptar que la existencia ya no se organiza en torno al Uno, sino que se abre a la experiencia del Dos; en definitiva, el amor puede romper con el egoísmo recalcitrante que es la base común de esta cultura derechizada.
Por eso el sistema necesita neutralizarlo, volverlo un objeto más de consumo. La cultura contemporánea va a ir promoviendo cada vez más un “amor sin riesgos”: encuentros calculados, afinidades verificadas por un algoritmo, emociones bajo control. Nada debe desestabilizar al sujeto productivo. Nada debe poner en peligro la continuidad del yo como pequeña empresa.
Pero un amor asegurado es una contradicción en sus propios términos. Amar implica exponerse a lo imprevisible, introducir en la vida algo que no se puede administrar. Es, en esencia, un acto antiutilitario en una sociedad obsesionada con la utilidad.
La ofensiva cultural del neoliberalismo ha buscado reducir el amor a experiencia consumible —rápida, reemplazable, ligera— tal cual un café del Starbucks, porque solo así puede integrarlo al circuito de mercancías. Si todo es intercambiable, también lo serán los cuerpos, las historias y las promesas.
Defender el amor, entonces, no es un gesto sentimental. Por el contrario, tiene tremenda carga política y axiológica que nos aleja de un amor mercantilizado por un lado y de los apellidos inocuos como esa crítica del amor “romántico” que una parte del feminismo lleva adelante, entendiendo que lo que ahí se define no es más que una construcción histórica funcional al orden social. Y es que a veces se puede llegar a mezclar la idea de lazos libres con una nueva forma de consumo: consumir encuentros del tipo que sean.
Por eso queremos disputar un terreno donde también se juega la forma de sociedad que habitamos. Allí donde todo empuja a la autosuficiencia ficticia del individuo, el amor reaparece desde una perspectiva militante, como una experiencia que desarma esa ilusión y nos obliga a salir de nosotros mismos.
Porque amar no consiste simplemente en sentir algo por alguien. Consiste en aceptar que la vida ya no puede pensarse en singular. Y es justamente ahí —en ese desplazamiento incómodo desde el Uno hacia el Dos— donde comienza su verdadera carga política. No en el instante romántico del encuentro, sino en la decisión de construir, sostener y mirar el mundo desde esa nueva condición compartida.
Y en eso, amor y revolución se parecen, pues, lo importante no es el día de la victoria del proceso, sino precisamente lo que se empieza a construir después de eso, cuando la fiebre del encuentro baja y se comienza a fundar un nuevo acontecimiento.
En otras palabras, lo importante para el amor no es hacer “match” sino que ocurre el día después, cuando nos conocemos en nuestras virtudes y errores. De eso trata, finalmente, el escándalo que el amor introduce en nuestro tiempo. Y es ese escándalo el que vale la pena examinar con más atención.
Juan Pablo Orellana de la Rosa
