Excéntrico, muestra de cine y placeres críticos

Porno, no es

"El post-porno emerge a fines del siglo 20 como respuesta crítica al porno hegemónico, especialmente al dispositivo audiovisual industrial que organiza el deseo desde la lógica del consumo, la heterosexualidad normativa y la objetualización del cuerpo".

Porno, no es

Autor: El Ciudadano

Por Valentina Serrati, académica UC, artista medial y performer

Desde los estudios del cuerpo en el ámbito de la performance en artes visuales, el post-porno emerge a fines del siglo 20 como respuesta crítica al porno hegemónico, especialmente al dispositivo audiovisual industrial que organiza el deseo desde la lógica del consumo, la heterosexualidad normativa y la objetualización del cuerpo.

Es desde aquí que Excéntrico, muestra de cine y placeres críticos tiene un rol fundamental en el desarrollo de la cultura erótica en Chile y Latinoamérica.

El post-porno, más que un “género”, es un campo de prácticas estéticas, políticas y performativas que desplaza el foco desde la excitación estandarizada hacia la producción de sentido, la agencia corporal y la reapropiación del deseo, así como la emancipación de identidades y prácticas corporales.

En el ámbito académico y curatorial, el post-porno se inscribe en la historia expandida de la performance y el arte corporal, dialogando con feminismos sex-positive y transfeminismos, los estudios queer, la biopolítica, la crítica institucional y los nuevos materialismos.

Desde esta perspectiva, el cuerpo no es soporte ni objeto, sino un lugar donde se producen saberes encarnados. El post-porno opera como performance crítica del sexo, en la que el acto sexual —real o representado— funciona como lenguaje, no como espectáculo. La escena se vuelve un laboratorio de relaciones, consentimientos, afectos y narrativas no normativas.

Como bien lo señala Lucía Egaña Rojas -artista, escritora e investigadora chilena-, “la post-pornografía será entonces una nueva forma de entender los cuerpos en crítica directa a las representaciones de lo que entendemos por pornografía sin post”.

De forma certera, la autora señala que la post-pornografía no provoca que la pornografía desaparezca, sino que plantea una revisión crítica de sus preceptos y mecánicas así como, y porque no, una posible reelaboración de sus productos.

En este sentido, la autora nos invita a establecer nuevos matices, establecer esta historia como un fenómeno cambiante no sólo a nivel de estilo, sino (y sobretodo) a nivel de contenido ideológico. Y esto es lo más interesante, porque lo que se cuestiona es la ideología detrás de la iniciativa y el financiamiento estatal que lo avala.

Pero basta con observar en toda la historia del arte cómo las tendencias que proponen nuevas reconfiguraciones siempre generan tensiones entre los que alimentan un establishment conservador con falsa moral y con poco acceso a educación artística y apertura cultural.

Establezcamos entonces que el problema de raíz es la falta de acceso a la educación en todas las formas de expresión artisticas; entendemos desde Chile lo “artístico” como una lista limitada de prácticas convencionales y también nos falta mucho nombrar las nuevas como tales.

No es pornografía, es post-porno. Una diferencia central con el porno comercial es la suspensión de la lógica extractiva del cuerpo. El post-porno no busca maximizar visibilidad, rendimiento o excitación, sino reconfigurar el régimen de la mirada. La cámara deja de ser instrumento de captura para convertirse en dispositivo de negociación, cuidado o incluso opacidad.

Esto permite una crítica directa a la objetualización del cuerpo, no mediante su ocultamiento, sino mediante su reapropiación activa: el cuerpo se autorrepresenta, se narra, se fragmenta o se rehúsa a ser legible bajo códigos dominantes. En este sentido es altamente crítico de la pornografía al desarticular la equivalencia entre erotismo y mercancía.

Desde la historia de la performance, este imaginario no se propone como modelo cerrado sino como la reconstrucción de un imaginario erótico justo y responsable. Como práctica artística, el post-porno contribuye a la justicia corporal -importa qué cuerpos aparecen y cómo aparecen-, así como el placer, como derecho y conocimiento.

El post-porno se consolida no como exceso, sino como herramienta crítica para imaginar otras formas de intimidad, deseo y coexistencia. Leído desde los estudios del cuerpo y la performance, no amplifica el consumo sexual: lo desarma, proponiendo prácticas artísticas que entienden el erotismo como espacio de emancipación, producción de saber y transformación cultural.

Puedes seguir leyendo sobre este tema en el siguiente artículo publicado en lafuga.cl: La pornografía como tecnología de género.

Por Valentina Serrati.-

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