Por Sara Valentina Enriquez Moldez
Cuando Marx en las primeras líneas de El 18 Brumario de Luis Bonaparte, completa la ironía de la historia que Hegel no terminó de formular: todos los grandes hechos y personajes históricos acontecen, por así decirlo, dos veces, la primera vez como tragedia, la segunda, como una miserable farsa, si bien se refería al Golpe de Luis Bonaparte después de la frustrada segunda república, hoy nos ayuda a entender la realidad grotesca que vivimos en Bolivia y que nos deja perplejos.
Lo que Bolivia vivió este jueves 12 de marzo no es otra cosa que la puesta en escena cabal de esa farsa. Además de rendir pleitesía al símbolo heredero del saqueo, genocidio y despojo durante siglos, el gobierno de Rodrigo Paz obligó a quienes algún momento fueron símbolos de liberación frente al colonialismo, a interpretar el rol de lacayos.
Mientras más de 1.400 efectivos policiales blindaban el centro de La Paz para recibir a Felipe VI, cerrando calles, avenidas y plazas al ciudadano de a pie, una no puede evitar preguntarse: ¿Dónde queda el sagrado derecho al libre tránsito que tanto esgrimen la derecha y sus medios cuando es la clase popular la que se moviliza?
Cuando los trabajadores y campesinos bloquean caminos para defender sus derechos y conquistas, como ocurrió en la resistencia contra el Decreto 5503 hace pocos meses, son satanizados, criminalizados y reprimidos. Y mientras tanto, desde el Legislativo, tomado por la derecha más lumpen e ignorante y representantes del agro, se impulsa una ley antibloqueos para castigar a quienes luchan.
Pero, cuando el Rey de España llega a la sede de gobierno, el libre tránsito ya no parece ser importante. Se vuelve protocolo, diplomacia de traspatio y colonia.
Si el cerco policial ya es humillante (su llegada ya lo es), lo ocurrido con el Regimiento de Infantería N° 1 «Colorados de Bolivia» es una puñalada burda e ignorante al corazón de nuestra memoria histórica. Verlos coreando un sumiso «Buenos días, Su Majestad», fue un espectáculo grotesco.
Habría que preguntarle al Presidente Rodrigo Paz y a esos jóvenes conscriptos si saben de dónde viene la sangre que visten. Habría que contarles que los Colorados de Bolivia no nacieron en un desfile palaciego: surgieron en el fragor de las guerras de guerrillas independentistas que conservaron latente la insurgencia contra el ejército realista.
Fue en la Republiqueta de Ayopaya, liderada por José Miguel Lanza, donde los patriotas indígenas, mestizos y criollos rebeldes resistieron durante años, logrando transformar una montonera en un verdadero ejército popular. Hombres y mujeres dignos y forjados por la convicción de liberación, que conspiraban sin descanso contra los realistas y su poder. El Mariscal Antonio José de Sucre, puso especial atención en ellos por su valor y los bautizó inicialmente como batallón «Aguerridos».
Esos hombres, los «Colorados», consiguieron la gloria luchando contra la corona española. Hoy, el gobierno de Paz los ha convertido en unos súbditos más. Un escupitajo a la historia.
Por supuesto que este acto no es aislado ni simple diplomacia circunstancial. Es la puesta en escena de un proyecto político que Rodrigo Paz ha dejado claro en sus giras a Estados Unidos incluso antes de ganar las elecciones, o en la reciente visita a Miami en el marco del denominado «Escudo de las Américas» donde se encontró con Trump, Milei, Kast, Noboa, Asfura, Peña, entre otros, para recibir órdenes del norte.
Yo me pregunto: ¿Qué tipo de sentido común existente permite que esto ocurra sin una indignación nacional generalizada? Quizá uno que esté atravesado por Jefes de Estado que se vanaglorian por ser nacionalistas de otros Estados patrones, como es el caso de Javier Milei, quien se dijo ser el presidente más sionista del mundo, explícitamente.
O quizás es el tipo de sentido común que acontece después de revoluciones (?) fallidas, frustradas, abandonadas, y con sujetos divididos sin la voluntad de construir proyecto histórico.
Es un delirio lo que vivimos, y es aún más delirante que lo permitamos. Que la historia, esa que juzga sin piedad, no lo olvide.
Sara Valentina Enriquez Moldez
