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Cuba: ¿Por qué una isla tan pequeña sigue siendo un problema tan grande para EEUU?

"Cuba no es castigada principalmente por lo que hace, ni siquiera por lo que es, sino por lo que demuestra que es posible. La isla funciona como una anomalía viva dentro del orden capitalista global, no porque haya construido una utopía, sino porque ha persistido como sujeto político no subsumido".

Cuba: ¿Por qué una isla tan pequeña sigue siendo un problema tan grande para EEUU?

Autor: El Ciudadano

Por Anjuli Tostes (*)

Las acciones de Estados Unidos contra Cuba suelen analizarse desde marcos ya conocidos: la Guerra Fría, la confrontación ideológica, el castigo a un régimen socialista o la política doméstica estadounidense. Incluso las lecturas críticas más sofisticadas tienden a quedarse en la lógica del poder duro (sanciones, embargo, aislamiento) o en su dimensión humanitaria.

Sin embargo, hay un ángulo menos explorado, más incómodo y estructural: la relación entre Cuba y Estados Unidos como un conflicto ontológico sobre el sentido mismo del poder en el sistema internacional.

Desde esta perspectiva, Cuba no es castigada principalmente por lo que hace, ni siquiera por lo que es, sino por lo que demuestra que es posible. La isla funciona como una anomalía viva dentro del orden capitalista global, no porque haya construido una utopía, sino porque ha persistido como sujeto político no subsumido.

En términos de filosofía política y relaciones internacionales, Cuba encarna una forma de heterodoxia existencial que desafía la gramática profunda del sistema mundial.

El orden internacional contemporáneo no se sostiene solo sobre reglas, tratados o instituciones, sino sobre una ontología implícita, la idea de que la racionalidad económica capitalista es el horizonte natural e inevitable de toda organización social.

En ese marco, la soberanía es aceptable solo si se ejerce dentro de los límites de esa racionalidad. Cuba rompe ese pacto silencioso. No porque sea económicamente eficiente o moralmente superior, sino porque insiste en ejercer soberanía fuera del consenso ontológico dominante.

Por eso el cerco contra Cuba no opera únicamente como una política exterior, sino como un mecanismo disciplinador del sistema. El embargo no busca solo debilitar al Estado cubano; busca producir un mensaje estructural al resto del mundo: la desobediencia ontológica tiene costos permanentes. Es una pedagogía del castigo, dirigida menos a La Habana que a cualquier sociedad que contemple seriamente un camino autónomo.

Aquí aparece el punto ciego más relevante: Estados Unidos no teme a Cuba como amenaza material, sino como precedente simbólico de no-alineación radical. En términos realistas clásicos, la obsesión es absurda: una isla pequeña, sin capacidad militar ofensiva relevante, sometida a enormes limitaciones económicas. Pero, en términos de poder estructural y simbólico, Cuba representa algo intolerable, la demostración histórica de que un país puede sobrevivir —con enormes sacrificios, sí— sin aceptar la total integración subordinada al mercado global liderado por Washington.

Desde esta óptica, el embargo funciona como una tecnología del tiempo. No solo castiga en el presente, sino que busca agotarla en el largo plazo, erosionar la transmisión intergeneracional de la experiencia revolucionaria y convertir la resistencia en mera supervivencia biológica. Se trata de vencer no en el campo militar, sino en el plano de la duración. Hacer que el tiempo juegue contra Cuba hasta que la rendición parezca “natural”.

Lo más revelador es que este castigo persiste incluso cuando ha perdido toda racionalidad instrumental. El fin de la URSS, la apertura parcial de la economía cubana, los cambios generacionales y los gestos diplomáticos no alteraron la lógica de fondo. Eso confirma que no estamos ante una política reactiva, sino ante una estructura punitiva autónoma, sostenida por inercias ideológicas, intereses internos y, sobre todo, por la necesidad sistémica de cerrar cualquier grieta ontológica.

Desde la filosofía política, esto permite una lectura aún más profunda. Cuba funciona como un recordatorio viviente de que la historia no terminó. Y eso es precisamente lo que resulta intolerable para un orden que se presenta como final, inevitable y sin alternativas. Mientras Cuba exista —con todas sus contradicciones, errores y límites— el relato de la inevitabilidad capitalista permanece incompleto.

En ese sentido, el castigo a Cuba no es una excepción, sino un ritual de reafirmación del orden global. Un sacrificio prolongado que mantiene cohesionada la narrativa del poder estadounidense como garante del “mundo posible”. No se trata de exportar democracia, ni de proteger derechos humanos, ni siquiera de derrotar al socialismo: se trata de impedir que la desobediencia soberana sea concebible.

Por eso Cuba sigue siendo un problema. No porque triunfe, sino porque no desaparece. Porque persiste como signo de que el sistema internacional no es un destino, sino una construcción histórica y, por lo tanto, reversible.

Esa es la herejía que Estados Unidos no puede tolerar. Y esa es, paradójicamente, la fuente más profunda de la dignidad política cubana.

(*) Anjuli Tostes es licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad de Brasilia, abogada y doctoranda en Derecho y Economía por la Universidad de Lisboa. Es auditora de carrera de la Controladoria-Geral da União (CGU) de Brasil desde 2012 y miembro fundadora de la Asociación Brasileña de Juristas por la Democracia y de la Asociación de Juristas por la Democracia de Chile.

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