Asquerosamente ricos

Jeffrey Epstein: Anatomía de un escándalo capitalista

El caso Epstein no es un escándalo sexual aislado, sino un entramado de relaciones económicas y políticas de elite, donde el abuso sexual funciona como instrumento de control y protección de redes de poder.

Jeffrey Epstein: Anatomía de un escándalo capitalista

Autor: El Ciudadano

Por Verónica Aravena Vega

Jeffrey Epstein no fue un excéntrico solitario perdido en la bruma de la élite global. Fue un producto funcional del capitalismo oligárquico, una pieza de la maquinaria económica y política que no solo tolera al poder sin escrúpulos, sino que lo protege, lo integra y lo utiliza. El escándalo que lleva su nombre no es un accidente sensacionalista para entretener lectores nocturnos; es una radiografía del poder del dinero, de cómo la clase dominante se reproduce, se protege y consolida sus intereses más allá de cualquier norma ética o legal.

La narrativa mediática dominante ha simplificado la historia de Epstein hasta convertirla en un espectáculo de fotos y listas de invitados: Trump aquí, Clinton allá, un príncipe en un yate. Todo esto es cierto en términos anecdóticos, pero no es la esencia del caso. Epstein no era solo un depredador sexual: era un intermediario del poder global, alguien que conectaba dinero, política y tecnología de vigilancia, y que operaba sin que la justicia ni la prensa tradicional pusieran verdaderamente límites a su actuar.

En enero de 2026, el Departamento de Justicia de Estados Unidos publicó más de tres millones de páginas de documentos, correos electrónicos, imágenes y videos relacionados con los casos contra Epstein y sus asociados, la mayor divulgación de evidencia jamás realizada. Entre esos materiales se encuentran correos con ejecutivos financieros, políticos, académicos y filántropos de alto perfil.

Pero incluso con esta avalancha de información, la prensa sigue enfocándose en lo sensacional: “¿Quién estuvo en la isla?”, “Fotos comprometedoras de multimillonarios”, “Teorías conspirativas sobre la muerte de Epstein”. Ese exceso de fragmentos no permite entender la estructura del poder detrás de los abusos. Mientras el público se distrae, las víctimas siguen invisibilizadas, y el sistema que protegió al depredador permanece intacto.

La verdad es que Epstein no construyó riqueza de manera convencional. No gestionaba un fondo de inversión transparente ni reportaba a accionistas públicos. Su fortuna era opaca por diseño, basada en sociedades pantalla, cuentas offshore y relaciones estratégicas con quienes controlan instituciones y flujos de capital. Su valor no estaba en producir, sino en intermediar entre quienes tenían dinero y quienes tenían poder político, en crear conexiones que ningún otro operador podía replicar.

Su valor no estaba en producir, sino en intermediar entre quienes tenían dinero y quienes tenían poder político, en crear conexiones que ningún otro operador podía replicar.

Un ejemplo crítico de esta función como intermediario es su relación con el ex primer ministro de Israel, Ehud Barak. Archivos y correos electrónicos liberados muestran que Epstein coordinaba reuniones y acuerdos relacionados con tecnología de vigilancia y seguridad en países como Costa de Marfil y Mongolia, involucrando a gobiernos y empresas de defensa. En un correo fechado en 2015, Barak le escribía: “Jeff, por favor organiza la reunión con el equipo africano. Esto es prioritario”, a lo que Epstein respondía con instrucciones precisas sobre logística y seguridad.

Estos intercambios dejan claro que Epstein funcionaba como un mediador de alta confianza, alguien capaz de facilitar la interacción entre Estados, empresas y élites financieras. Era un operador multifuncional: podía conectar a Barak con líderes africanos, coordinar acuerdos de tecnología de vigilancia, y simultáneamente mantener la logística de vuelos privados con figuras como Donald Trump o Bill Clinton. Esto no es cine ni teoría conspirativa; son documentos oficiales, correos electrónicos y registros de vuelos.

Costa de Marfil y Mongolia no son meras anécdotas geopolíticas. Según los documentos, Epstein facilitó la venta de tecnología de espionaje cibernético y armamento de vigilancia a estos países, involucrando empresas vinculadas al establishment israelí y contactos políticos de alto nivel. Barak y sus asociados utilizaron a Epstein como puente informal, mientras la prensa estadounidense se distraía con las historias de fiestas y vuelos privados. Esto evidencia que el caso Epstein no es un escándalo sexual aislado, sino un entramado de relaciones económicas y políticas de elite, donde el abuso sexual funciona como instrumento de control y protección de redes de poder.

Epstein también tenía conexiones con Trump, Clinton y otros magnates. El expresidente Clinton viajó en el jet privado de Epstein en varias ocasiones, mientras Trump aparecía en fotos sociales en las propiedades de Epstein en Palm Beach y Nueva York. La prensa ha retratado estos vínculos como curiosidades, sin profundizar en la función política y económica de esos contactos.

A nivel financiero, Epstein estaba protegido por instituciones que deberían haber supervisado sus operaciones. Bancos como Deutsche Bank y JPMorgan manejaron millones de dólares en transacciones sospechosas y cuentas vinculadas a Epstein durante años, a pesar de las señales de alerta y la condena de 2008. Deutsche Bank fue multado en 2020 con 150 millones de dólares por ignorar transacciones ilícitas. La lección es clara: el capitalismo protege a los ricos, incluso a delincuentes sexuales convictos, porque su utilidad política y económica supera los riesgos de reputación.

La lección es clara: el capitalismo protege a los ricos, incluso a delincuentes sexuales convictos, porque su utilidad política y económica supera los riesgos de reputación.

Y mientras Epstein construía esta red, operaba sobre un marco de impunidad estructural. Su acuerdo de 2008 le permitió evitar la mayoría de los cargos federales, gracias a negociaciones legales agresivas, el apoyo tácito de abogados de elite y la inacción de autoridades locales. La élite le permitió operar sin controles efectivos, y la prensa, en lugar de exponer la estructura, convirtió su historia en un festival de fotos, nombres y teorías conspirativas.

La dimensión de clase y género del caso es ineludible. Las víctimas de Epstein eran generalmente jóvenes, vulnerables y económicamente desfavorecidas, mientras los perpetradores y beneficiarios eran ricos y poderosos. Este contraste no es anecdótico: muestra que la élite opera transgrediendo límites sociales y legales, enviando un mensaje de impunidad y de poder absoluto sobre los cuerpos y vidas de los más vulnerables.

Epstein también actuaba como blanqueador de dinero y facilitador de negocios ilícitos. Sus registros contables y los correos filtrados indican que participaba en operaciones que incluían transferencias financieras internacionales, acuerdos de inversión opacos y negociaciones con empresarios, gobiernos y líderes políticos, todos protegidos bajo un manto de legalidad parcial. No estaba solo: formaba parte de una red que combinaba finanzas, política y crimen sexual como un engranaje funcional.

Mientras tanto, los medios han preferido el morbo sobre la investigación estructural. Cada nueva filtración se convierte en titular, pero raramente en análisis. Las imágenes de vuelos privados, fiestas o encuentros con figuras famosas ocupan más espacio que la explicación de cómo y por qué un sistema global permite que un depredador sexual convicto siga operando durante décadas, protegida por dinero, conexiones y miedo institucional.

Los documentos liberados también muestran que Epstein facilitó contactos entre Barak y Vladimir Putin, según correos internos, para abrir canales de negociación relacionados con tecnología y seguridad. Este detalle es ignorado por gran parte de la prensa sensacionalista, que prefiere reducir el caso a anécdotas sociales. La verdad es que Epstein funcionaba como un nexo de relaciones que abarcaba gobiernos, corporaciones y élites globales, mucho más allá de su rol en abusos sexuales.

La verdad es que Epstein funcionaba como un nexo de relaciones que abarcaba gobiernos, corporaciones y élites globales, mucho más allá de su rol en abusos sexuales.

El patrón es claro: el capitalismo de ultraderecha global protege y utiliza a sus operadores, les permite actuar con impunidad y los integra en un sistema de relaciones estratégicas que trasciende fronteras. Epstein ofrecía aviones de lujo, acceso a redes políticas, coordinación de negocios estratégicos, mientras mantenía un esquema de abuso y explotación que servía para garantizar lealtades y secretos.

En otras palabras, Epstein no era un fenómeno aislado, sino un producto de la lógica capitalista que protege a los ricos y poderosos. La estructura permite que se crucen los límites de manera sistemática: se abusa de los vulnerables, se facilitan acuerdos internacionales, se protegen las instituciones financieras y legales, y los medios funcionan como cortina de humo. El resultado es un sistema que protege a los ricos y castiga a los pobres, que invisibiliza a las víctimas y que refuerza la noción de que el capital manda más que la ley, la ética o la moral.

El caso Epstein debería enseñarnos que el escándalo no es solo sexual, sino también económico y político. Su red, su protección institucional y su utilidad para la élite revelan un capitalismo de clase extremo, donde el dinero compra inmunidad, influencia y la posibilidad de transgredir límites sociales y legales con total impunidad. Los asquerosamente ricos, como Epstein, Trump o Clinton en su entorno de relaciones, no operan como anomalías humanas; operan como consecuencia de un sistema que los protege y los utiliza para mantener la hegemonía económica y política.

Mientras el público sigue entretenido con titulares fragmentarios y fotos de fiestas, las estructuras que permiten estos abusos permanecen intactas. La lección no es sensacionalista: es clara y brutal. Los ricos no son solo ricos; son peligrosamente poderosos porque el sistema los ampara, los integra y les permite cruzar líneas que destruirían a cualquiera sin capital.

Si queremos justicia y cambio, no podemos limitarnos a hablar de Epstein como un criminal aislado. Debemos mirar la anatomía de un capitalismo que protege a los suyos, que usa a sus operadores y que deja intacta la impunidad estructural. Los asquerosamente ricos no necesitan conspiraciones secretas: el sistema los protege de manera perfectamente legal, y los medios nos distraen mientras operan.

Epstein ya no está, pero la red sigue viva, intacta y funcional. Mientras eso suceda, la impunidad de los poderosos seguirá marcando la pauta del mundo, y las víctimas seguirán invisibles, relegadas a notas de prensa fragmentarias. No hay película de terror que se acerque a la realidad del capitalismo de élite: Epstein nos enseñó que el verdadero horror no es el individuo, sino el sistema que lo produce y protege.

Por Verónica Aravena Vega

Psicóloga. Doctora en Estudios de Género y Política, Universidad de Barcelona. Máster en Masculinidades y Género. Máster en Recursos Humanos. Máster en Psicología Social/Organizacional. En Instagram

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Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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