Cuando el feminismo es usado por los monstruos del poder

No en nombre de las mujeres

Las niñas bajo los escombros no confirman la superioridad moral de nadie. Desmontan la ficción de que la guerra puede ser pedagógica. Y la historia sigue: hoy son las mujeres iraníes; ayer fueron otras; mañana serán otras más. El guion cambia de escenario, pero mantiene la estructura: libertad para disciplinar, democracia para negociar recursos, feminismo para legitimar lo que contradice.

No en nombre de las mujeres

Autor: El Ciudadano

Por Verónica Aravena Vega

Hay algo que me revienta en ver a la extrema derecha erigirse en portavoz de las mujeres iraníes. No por la gravedad de lo que sufren —eso es obvio— sino por la facilidad con la que quienes han combatido la autonomía femenina en sus propios países descubren, de golpe, sensibilidad moral. ¿Y para qué? Para algo útil, siempre útil. Para ponerlas de prueba moral, para decirnos: miren, aquí hay barbarie que necesita nuestros valores, nuestra intervención, nuestro sello civilizatorio.

Las mujeres aparecen entonces como argumento. No como sujetos políticos, con historia, contradicciones, estrategia y rabia propia. No. Aparecen como prueba de civilización: si ellas están oprimidas, nosotros somos lo opuesto. Y eso funciona. Funciona para mover la conversación de lo económico a lo cultural, de lo material a lo moral, de lo concreto a lo narrativo.

Pero Irán no es solo un régimen autoritario. Es petróleo. Gas. Rutas estratégicas. Control sobre equilibrios regionales que nadie puede ignorar. Pensar que la preocupación por las mujeres surge al margen de ese tablero es ingenuo. O más cruel: cómodo.

Sara Farris llamó “femonacionalismo” a la apropiación del discurso feminista por fuerzas nacionalistas y reaccionarias para legitimar agendas racistas y securitarias. Esa construcción de la “mujer musulmana oprimida” funciona como espejo moral: nos hace sentir bien, superiores. Pero hay otra capa que no podemos olvidar: la geopolítica y la economía. Recursos, rutas, contratos, sanciones. Eso es lo que de verdad se juega.

Cuando se alinean los derechos de las mujeres con sanciones, invasiones o movimientos estratégicos sobre reservas energéticas, conviene sospechar. No es paranoia; es política básica. El poder rara vez actúa por altruismo.

Cuando se alinean los derechos de las mujeres con sanciones, invasiones o movimientos estratégicos sobre reservas energéticas, conviene sospechar. No es paranoia; es política básica. El poder rara vez actúa por altruismo.

La historia reciente lo muestra claro. Afganistán: invasión presentada como una intervención con pretensión civilizatoria destinada a liberar a las mujeres. Dos décadas después, miles de muertos civiles, país destruido, mujeres atrapadas entre ocupación y abandono. Lila Abu-Lughod lo dijo hace años: “¿Cómo salvamos a las mujeres musulmanas?” es una pregunta mal formulada. Ya contiene jerarquía. Ya supone que la liberación viene desde fuera y que ellas son objetos de rescate. Uno no puede leer eso y no sentir algo entre rabia, vértigo y asco.

Acá no necesitamos mirar solo a Europa. América Latina también tiene memoria. Chile, nuestro sur, ha sido laboratorio de intervenciones justificadas en nombre de la democracia, mientras se aseguraban recursos y se alineaban territorios. Así que me cuesta tragármelo: la ligereza con que ciertos discursos repiten esquemas civilizatorios que ya conocemos, como si nada hubiera pasado… cuesta digerirlo.

Y luego están las imágenes que duelen: niñas muertas bajo los escombros de una escuela. Mochilas, lápices, uniformes, polvo. Los mismos que meses antes hablaban de democracia, derechos y protección civil. Y de pronto, silencio. Lo que se destruye no es solo la escuela; se destruye la coherencia moral. Y, sin embargo, muchos discursos siguen flotando, perfectos, lineales.

Ahí es donde la instrumentalización se hace visible y cruda.

No se trata de negar la represión en Irán ni de relativizar sus luchas. Sería idiota. Se trata de negarse a que esa represión se use para justificar políticas que agravan el sufrimiento. Las sanciones económicas amplias, lo sabemos por informes de Naciones Unidas y organismos internacionales, golpean primero a la población civil: alimentos más caros, trabajo precario, cuidado doméstico que recae sobre mujeres y niñas.

Si el resultado de una política que actúa en nombre de las mujeres es más pobreza y más dependencia, hay que preguntar: ¿a quién beneficia realmente?

Si el resultado de una política que actúa en nombre de las mujeres es más pobreza y más dependencia, hay que preguntar: ¿a quién beneficia realmente?

Carol Cohn lo señaló: el lenguaje tecnocrático de la seguridad convierte la guerra en gestión racional. Neutraliza lo humano. Y cuando el feminismo se mete ahí sin fricción, se transforma en legitimación moral de la violencia. La “protección de las mujeres” convive, sin pestañear, con presupuestos militares crecientes y desplazamientos masivos.

La extrema derecha se alimenta de eso. Puede denunciar el patriarcado islámico mientras implementa leyes misóginas en casa. Puede hablar de libertad femenina en Teherán y, al mismo tiempo, recortar derechos reproductivos o perseguir migrantes. La coherencia no importa; la narrativa sí.

Anahita Nassir lo repite sin florituras: las mujeres iraníes no son iconos congelados en fotos virales. Son estudiantes, trabajadoras, abogadas, artistas, organizadoras que llevan décadas disputando espacios. Reducirlas a víctimas culturales es otra forma de desposesión: se les arrebata la condición de sujeto para convertirlas en argumento.

El feminismo crítico no puede caer ahí. No puede denunciar el patriarcado religioso y tolerar el patriarcado geopolítico. No puede aceptar que su lenguaje legitime jerarquías globales, aseguramiento de rutas energéticas o alianzas estratégicas.

La indignación es legítima. Pero no alcanza. La política exige algo más: distinguir entre acompañar y dirigir, entre escuchar y utilizar, entre solidaridad que fortalece procesos autónomos y la que los subordina a agendas externas. La emancipación no puede exportarse como paquete cerrado ni imponerse mediante bombardeos selectivos o asfixias económicas.

La pregunta no es si nos importan las mujeres en Irán. Esa respuesta es obvia. La pregunta es qué estamos dispuestas a permitir que se haga con su nombre.

Porque cuando una escuela es bombardeada después de meses de discursos sobre democracia y protección, lo que se derrumba no es solo el edificio. Se derrumba la coartada. Queda al descubierto la arquitectura real del poder: cálculos estratégicos, equilibrios energéticos, rutas comerciales, pactos silenciosos que pesan más que cualquier declaración solemne.

Las niñas bajo los escombros no confirman la superioridad moral de nadie. Desmontan la ficción de que la guerra puede ser pedagógica. Y la historia sigue: hoy son las mujeres iraníes; ayer fueron otras; mañana serán otras más. El guion cambia de escenario, pero mantiene la estructura: libertad para disciplinar, democracia para negociar recursos, feminismo para legitimar lo que contradice.

La pregunta no es si nos importan las mujeres en Irán. Esa respuesta es obvia. La pregunta es qué estamos dispuestas a permitir que se haga con su nombre.

El feminismo que quiero conservar sigue siendo incómodo. No sirve al poder ni como adorno ni como coartada. No es departamento cultural de la política exterior de nadie. Es práctica radical, crítica, desestabilizadora de jerarquías.

Las mujeres iraníes no son metáfora. No son argumento. No son ficha estratégica. Son sujetos políticos que luchan en un terreno que no cabe en esquemas de salvador y víctima. Y reconocer eso exige más que indignación: exige negarse a convertir su resistencia en combustible de agendas externas.

Por Verónica Aravena Vega

Psicóloga. Doctora en Estudios de Género y Política, Universidad de Barcelona. Máster en Masculinidades y Género. Máster en Recursos Humanos. Máster en Psicología Social/Organizacional. En Instagram

Fuente fotografía


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

Sigue leyendo:

Suscríbete
|
pasaporte.elciudadano.com

Reels

Ver Más »
Busca en El Ciudadano