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Yo aborto la Iglesia (La polémica protesta en la Catedral de Santiago)

 

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas,

pues sois semejantes a sepulcros blanqueados,

que por fuera parecen bonitos,

pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!

Mateo 23, 27-32

La marcha comenzó política, diversa, desbordante, desautorizada. Plaza Italia a las 19 horas del 25 de julio era el lugar, fecha y hora de la partida de una polémica e inédita manifestación por  el aborto libre, gratuito y seguro en Chile. Multitudes, gritos, consignas, carteles y amplia diversidad política – sexual se congregó y expresó en las calles de la capital reuniendo a más de 10 mil personas que enfilamos vigiladas pero decididas rumbo a La Moneda férreamente cercada por un importante contingente de policías, destacando hermosas jóvenes carabineras en llamativa nueva mayoría. El guanaco, la estampida, los golpes y la represión habitual debió ser el cierre predecible del marchar feminista y emancipado. Sin embargo, algo novedoso e importante acontecería. ¡A la Catedral, a la Catedral!, comenzamos a gritar feministas autónomas y locas disidentes, armando poco a poco el profano e irreverente desvío por un Paseo Ahumada inundado de gritos y cánticos evangélicos. El principal templo católico terminó siendo el destino final de una crucificada manifestación que aún provoca y desboca. “Sexo anal en la Catedral”, gritábamos las locas sodomitas en el camino al templo mayor de Chile, deseando y empujando la polémica estampida social de la que seríamos testigos y protagonistas.

Ya en Plaza de Armas, invisibles a la inteligencia policial, irrumpimos en el templo católico en medio de la santa misa arzobispal ofrecida a Santiago Apóstol demandando aborto libre, seguro y gratuito. Mientras la plebe intentaba avanzar desbordante, saltando bancas, esquivando los golpes de guardias y enfrentando a molestos feligreses, logré infiltrarme entre nerviosos e ingenuos creyentes hasta llegar a escasos metros de la dorada e iluminada escena sacramental presidida por el mismísimo Arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati. Ahí, rodeado de religiosas y beatos culposos pensé llevar la irreverencia hasta límites escandalosos, buscando profanar el escenario central, pero una milagrosa hilera de guardias hizo imposible mi loco e incendiario  actuar. Entonces, mirando al cura Ezzati a la distancia comencé a gritar desafiante y a todo pulmón: ¡Aborto legal y gratuito, aborto, legal y gratuito! La alcaldesa de Santiago Carolina Tohá, nerviosa e incómoda a mi lado, sólo atinó a señalar molesta: “Esto es una falta de respeto”.

En éxtasis performativo, golpeado, irrespetuoso e increpado por la intolerancia eclesial solo atiné a correr tras mi boina tipo Che Guevara que era secuestrada por un sagaz feligrés que detuvo mi loca intervención. Ya de regreso en el corazón de la ruidosa protesta fui testigo del descontento transformado en grito de justicia frente a una iglesia castigadora y abusiva que   bebía de su propia maldita medicina. Una bienvenida pócima que recuerda el triste historial de una Iglesia inquisidora que castigó la desobediencia religiosa. Una Iglesia asesina que mató a herejes, judíos, mujeres, protestantes y disidentes católicos. Una Iglesia acientífica que envió a la hoguera a brujas, abortistas, aborteras, prostitutas y sodomitas. Una Iglesia conquistadora y evangelista que robó y destruyó riquezas de culturas precolombinas, matando y torturando a los pueblos originarios. Una Iglesia rica y poderosa que habla en nombre de Jesús obrero.

La policía desconcertada, armada e inquieta esperaba en las puertas del templo no pudiendo distinguir la salida de católicos molestos y abortistas satisfechas. La TV y la prensa oficial corrió en búsqueda de monstruosas imágenes desplegaron su criminalizante condena medial espectacularizando rayados, desorden y violencia en el templo patrimonial de Chile. “Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen”, dogmatizó el Arzobispo de Santiago, colgándose en la cruz de un cristo moribundo, hoy inundado de insurrectas “almas perdidas” que impugnamos las  intervenciones de la Iglesia Católica en políticas públicas de salud, educación y derechos sexuales. La protesta demostró el justo irrespeto a una dictadura religiosa cómplice de abusos e históricas injusticias, poniendo duda las promesas de integración y diálogo democrático en el Chile de hoy.

En ese tenso escenario, columnistas prestigiosos e inquisidores condenaron la “profanación”, mientras la Iglesia Católica recibía la pinochetista solidaridad de conservadores parlamentarios de la UDI que rechazan el aborto y el matrimonio igualitario. Hoy, junto a querellas interpuestas en el Séptimo Juzgado de Garantía en contra de quienes resulten responsables de los daños al templo, la Iglesia de Chile reabrió las puertas de la Catedral de Santiago para celebrar una publicitada misa de desagravio religioso – militar que valida y revalida su político e ideológico poder moral.

 

Por Víctor Hugo Robles es periodista, apóstata y activista, conocido como “El Che de los Gays”.

El Ciudadano

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