Cultura, arte y la pedagogía de la conciencia

Arnoldo Macker Aburto analiza cómo el arte y la educación deben unirse para despertar la conciencia social y enfrentar la injusticia

Cultura, arte y la pedagogía de la conciencia

Autor: El Ciudadano

Por Arnoldo Macker Aburto
Profesor

El sábado 21 de febrero escuché al gran grupo Illapu, junto a mi gran amigo Keno, en la Fiesta Costumbrista de El Totoral, en el Litoral de los Poetas, y comprendí, al ver a la gente cantar y emocionarse al escuchar sus canciones, una vez más, que hay momentos que son mucho más que música. Son memoria organizada en canción. Son pueblo reconociéndose en una voz. Son conciencia abriéndose paso entre el ruido de la época. Salí pensando en la importancia del artista para la igualdad social: no porque pueda reemplazar la acción política o la organización, sino porque puede encender aquello sin lo cual ningún cambio profundo es posible: la conciencia de que no estamos solos y de que la injusticia no es natural.

Hay momentos en la historia en que el arte deja de ser solo expresión y se convierte en advertencia. No porque abandone la belleza, sino porque la pone al servicio de una verdad incómoda. En Chile, esa escena no es nueva. Ya la vimos cuando cantores, actrices, escritores, muralistas y teatristas alzaron la voz frente a la dictadura, cuando el miedo era política de Estado y el silencio se administraba como disciplina social.

Hoy, en otro tiempo y bajo otras formas, volvemos a ver algo de esa continuidad ética. Muchos de esos artistas – con décadas de trayectoria, memoria y compromiso – han levantado nuevamente las banderas de la igualdad y la justicia. Y lo hacen frente a un escenario inquietante: la naturalización de la guerra, el avance del odio como lenguaje público y el surgimiento de expresiones neofascistas que intentan presentarse como sentido común.

No es un detalle menor. Cuando una sociedad empieza a acostumbrarse a la crueldad, cuando el insulto reemplaza al argumento y cuando la desigualdad se vuelve paisaje, lo primero que se deteriora no es solo la política: es la conciencia. Y sin conciencia, la democracia se vacía por dentro.

Por eso la voz de los artistas importa. Porque el arte, cuando asume una responsabilidad histórica, no solo denuncia; también revela. Le pone nombre a lo que muchos sienten, pero todavía no logran decir. Muestra la fractura moral detrás de la injusticia. Desarma la apariencia de normalidad que protege la violencia. Y, sobre todo, ayuda a reconstruir vínculos entre experiencia personal y destino colectivo.

Pero aquí es donde conviene decirlo con claridad: no basta con los artistas.

Pueden abrir grietas, conmover, denunciar, anticipar. Pueden encender la chispa. Pero si esa chispa no encuentra una trama social capaz de recogerla, la indignación se dispersa. Se vuelve comentario, desahogo, tendencia pasajera. No se transforma en conciencia organizada ni en proyecto histórico.

En esa tarea, profesoras y profesores tienen una responsabilidad decisiva. No solo enseñan contenidos: forman juicio, lenguaje, memoria, criterio, capacidad de discernir. En tiempos de confusión deliberada, de propaganda digital y de discursos simplificadores, educar también es ayudar a distinguir. Distinguir entre información y manipulación, entre debate y espectáculo, entre transformación real y retórica vacía.

Porque ese es otro rasgo de nuestro tiempo: hoy también existen políticos jóvenes que utilizan un lenguaje aparentemente transformador, pero terminan siendo parte del mismo sistema que dicen cuestionar. Hablan de cambios, derechos, justicia, pueblo, dignidad; pero muchas veces administran los mismos marcos de poder, aceptan sus límites como inevitables y convierten la promesa de transformación en una estética de renovación.

En educación, esto se vuelve especialmente visible. No son pocos los políticos, autoridades e incluso ministros que dicen pertenecer al mundo que invocan en sus discursos, pero en la práctica no pertenecen ni responden realmente a ese sector social, a sus experiencias ni a sus necesidades históricas. Se habla en nombre de la educación pública, del profesorado, de las comunidades escolares o de los sectores populares, pero sin proyecto estructural, sin construcción de red, sin horizonte de transformación. Esa distancia entre discurso y pertenencia real no es solo una inconsistencia: es también una expresión del clientelismo contemporáneo, donde se administran símbolos, identidades y consignas para obtener legitimidad, mientras se posterga la definición de un proyecto de país.

En parte, esto ocurre porque el sujeto neoliberal no desaparece por declararse transformador: sigue calculando, adaptándose, cuidando su trayectoria, temiendo perder privilegios y aceptando como límite la presión institucional. Así, incluso con lenguaje de cambio, el efecto político puede ser el mismo: la estructura de fondo permanece intacta.

Y eso también erosiona la conciencia.

Porque cuando todo parece “transformador” en el discurso, pero poco cambia en la vida concreta, crece el desencanto. Y del desencanto al cinismo hay un paso. Entonces la gente deja de creer, se repliega, se individualiza, o queda disponible para salidas autoritarias que prometen orden, castigo y certezas simples. Ahí es donde el neofascismo encuentra terreno fértil: no solo en el odio, sino también en la frustración social y en la traición de las expectativas.

Por eso, hoy, la tarea es más exigente. No se trata solo de denunciar la injusticia o de rechazar el avance neofascista. Se trata de construir conciencia crítica capaz de leer la época, desenmascarar la simulación del cambio y sostener horizontes colectivos.

Y esa tarea no pertenece a un solo actor.

Requiere artistas, sí. Pero también requiere escuelas vivas, profesorado con sentido público, estudiantes con protagonismo, trabajadores y trabajadoras organizadas, barrios que conversen, comunidades que se piensen a sí mismas como sujetos políticos. Requiere una sociedad civil que no se limite a reaccionar, sino que vuelva a deliberar sobre lo esencial: qué país queremos, qué democracia queremos, qué educación queremos, qué tipo de vida en común estamos dispuestos a defender.

Porque cuando una sociedad renuncia a esa conversación, otros la reemplazan: el mercado, la propaganda, el miedo, el algoritmo, el autoritarismo.

En ese sentido, la alianza entre nuevos artistas, jóvenes, estudiantes y profesoras y profesores puede ser decisiva. No como consigna romántica, sino como fuerza cultural y pedagógica capaz de disputar el sentido común. El arte puede conmover. La escuela puede formar criterio. La organización social puede transformar esa conciencia en acción sostenida. Esa articulación es la que puede impedir que el malestar sea capturado por el odio o por versiones maquilladas del mismo orden.

Aquí aparece una cuestión de fondo: la conciencia no nace automáticamente de la injusticia. Una persona puede vivir precariedad, abuso o humillación, y aun así no identificar las causas profundas de lo que le ocurre. Puede culparse a sí misma. Puede creer que su adversario es otro trabajador, otro vecino, otro pobre, otro migrante. Esa fragmentación no es casual: es funcional al mantenimiento del poder.

Por eso sigue siendo tan importante hablar de conciencia de clase, en un sentido concreto y no dogmático: que quienes viven de su salario reconozcan su lugar en la sociedad, sus intereses comunes y su responsabilidad histórica. No para repetir frases, sino para comprender que las transformaciones reales no ocurren por marketing político ni por relevo generacional, sino cuando las mayorías se reconocen como protagonistas.

La memoria de los artistas que resistieron la dictadura no debe quedar como homenaje pasivo. Debe ser una pedagogía pública. Debe recordarnos que hubo una generación que, en tiempos más duros, eligió no callar. Pero también debe enseñarnos algo más: que la voz valiente, por sí sola, no alcanza si no encuentra comunidad, organización y conciencia dispuestas a sostenerla.

Y quizás por eso, al escuchar al gran Illapu en El Totoral, esta reflexión nace desde este simple profesor: el arte puede encender la memoria, nombrar la injusticia y abrir conciencia, pero la igualdad solo se vuelve historia cuando una sociedad decide organizar esa conciencia en un proyecto común.

La tarea de las y los docentes en esta época es contribuir a construir conciencia y comunidad, para que nuestras futuras y futuros adultos sean capaces de ofrecer una alternativa.

Porque el arte nos abre el pensamiento para soñar, pero nuestras niñas, niños y jóvenes necesitan una sociedad consciente y organizada, capaz de realizar transformaciones para el bien de todos y no solo de unos pocos privilegiados.

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