¿Allamand o Golborne?

La dinámica presidencial del oficialismo ha entrado a una nueva fase con la salida de los presidenciables del  gabinete. La carrera por La Moneda no ha empezado a partir de este hecho –como ha circulado en algunos sectores-; al contrario, lleva mucho tiempo disputándose. En sentido estricto desde el mismo día en que asumió Piñera se dio inicio al posicionamiento presidencial del oficialismo. Lentamente,  se fueron manifestando coyunturas que generaron las condiciones para llegar a la actual situación en la que hay dos pre-candidatos. El rescate de los mineros en octubre del 2010 posicionó a Golborne como un potencial aspirante que luego de dos años logró mantener y consolidar esa posición. La entrada al gabinete de Allamand y Matthei en enero del 2011 y de Longueira meses después configura un escenario en el que la lucha presidencial del oficialismo se manifiesta en una primera fase al interior del Gabinete.

En marzo del 2012, hay tres ministros posicionados como presidenciables: Allamand, Golborne y Longueira. A fines de ese mes, el estratega de la UDI lanza la tesis de que los tres deben ir a una primera vuelta. La táctica presidencial de Longueira es rápidamente derrotada. Es más, días después el Consejo de la UDI le da un voto político a Golborne en el que lo reconocen como un independiente que puede representar al partido en materia presidencial. Desde entonces, Longueira comienza lentamente a salir del escenario presidencial.

La tesis Longueira, por tanto, abre una nueva fase en la que no sólo aumenta la intensidad de la carrera, sino también las confusiones que en materia presidencial al interior del sector. A la fecha, existían varias situaciones que debían resolver: mecanismo para elegir el abanderado, quiénes serían los pre-candidatos, la carta Gantt presidencial, el relato que se iba a instalar y los equipos que se iban a conformar para la competencia interna.

Hasta las municipales –octubre 2012- las confusiones seguían dominando la carrera presidencial; sobre todo, en lo referente al momento en que debían los presidenciables salir del Gabinete y dar inicio formal a la lucha por ser el abanderado de la derecha. En efecto, estaba relativamente claro que la primaria sería el mecanismo y que los que iban a competir eran dos –Allamand /Golborne-. Es más, ya se había empezado a trabajar en los lineamientos programáticos.

Sin embargo, la derrota municipal del Gobierno modificó de modo radical el cronograma presidencial del oficialismo. Se puede afirmar, que la derrota electoral contribuyó a ordenar al sector; en definitiva, a despejar las confusiones y generar certezas. Del mismo modo, las municipales –a pesar de la debacle electoral- no sólo convirtieron el pesimismo que reinaba en el oficialismo en optimismo, sino también motivaron un cambio de gabinete que va en la dirección correcta que conjuga política y comunicación. El diseño tecnocrático inicial ha sido enterrado de manera definitiva.

El cambio de planes no sólo implicó la salida inmediata de los presidenciables para empezar a “recorrer Chile con humildad”, sino también modificar su mayor convicción: que saldrían del Gabinete entre enero y marzo. Salieron antes y de urgencia con el fin de transformar la derrota en victoria. En ese escenario, se vieron obligados a proclamar a sus abanderados de urgencia en las respectivas comisiones políticas.

Este hecho, da cuenta, grafica y evidencia de modo contundente una de las mayores debilidades del Gobierno y de la coalición que  lo sustenta. En efecto, se trata de una gestión que al estar desprovista de política se convierte en defensiva y reactiva. Es un gobierno que no anticipa ni lee bien las coyunturas. Para qué vamos a insistir en la improvisación que hay frente a cada evento conflictivo. Han llegado tarde a todos los acontecimientos; el listado es largo. Por tanto, lo que ocurre a partir de la derrota municipal es otra muestra del carácter reactivo de la gestión del Gobierno. Incluso, el anunciado cambio de Gabinete para mediados de noviembre –por efecto, de que sus ministros y otros irán a competir por un cupo parlamentario- terminó siendo un fracaso.

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Se abre, por tanto, una nueva fase en la lucha presidencial en el oficialismo. ¿Qué escenarios  surgen potencialmente en esta nueva coyuntura?

Lo primero que se observa es que hay dos derechas en competencia; una política y liberal y otra técnica y conservadora. Cada pre-candidato encarna de modo muy evidente esta tensión. Un Allamand con experiencia y trayectoria política y un Golborne sin experiencia ni trayectoria política. Un Allamand centrado en la gestión política y un Golborne en la gestión técnica. Un hombre de partido y un hombre de empresa. Un estadista y un gerente. Un Allamand que se vincula con los ciudadanos y un Golborne que lo hace con los consumidores. Un candidato racional y uno emotivo.

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En definitiva, dos derechas en competencia. Este hecho no había ocurrido nunca desde la re-democratización. En este escenario, fue la UDI la que siempre impuso sus términos; lo hizo con Buchi en el ’89, con Alessandri en el ’93 y con Lavín en el ’99 y en el 2005. Solo la ambición de Piñera le pone atajo a este hecho cuando se lanza a la carrera presidencial en el 2005 y se convierte en Presidente cuatro años después. Por tanto, cuando estas derechas compiten en el escenario de los votos es la corriente liberal y política la que ha salido vencedora. ¿Se repetirá la historia?

En segundo lugar, se abre un escenario en el que el enfrentamiento entre ambos pre-candidatos irá en aumento a medida que nos acerquemos a la fecha de la primaria -30 de junio-. No olvidemos que quedan ocho meses de competencia. ¿En qué término se dará la competencia?, ¿será de guante blanco? En fin, ¿quién dará el primer golpe? No olvidemos, que este juego de fuego cruzado ya ha empezado –claro, de manera tenue-.

Un tercer escenario que se abre es la distancia que cada uno tome con el Gobierno es otra dimensión que se irá resolviendo en la campaña. Más distancia o menos distancia serán tácticas que se pondrán en marcha en función de las necesidades de cada coyuntura.

Este hecho es suma importancia para el futuro político del sector. Una de las razones para mantener a los presidenciables en el Gabinete era no dejar en la orfandad al Gobierno ni menos comenzar a recibir críticas políticas desde el propio sector. Por algo, el Gobierno los quería adentro el mayor tiempo posible. El problema es que “lo posible” nunca se pudo conciliar con “lo deseable y necesario”. Hay lealtades y compromisos en juego. ¿Quién le dará el primer golpe al Gobierno o al Presidente?

El cuarto escenario que se abre se relaciona con las diferencias que cada pre-candidato marque. No sólo es una cuestión de estilos y vínculos con los ciudadanos, sino también en el plano de las ideas. Hay una demanda social manifiesta que estará fuertemente vinculada con este debate intra-Alianza. Los presidenciables del oficialismo deben responder frente a ese escenario: ¿cómo se van a conectar con esta demanda? De hecho, no sólo debatirán entre ellos, sino también con la ciudadanía y con la oposición. En este aspecto se juegan –en gran medida- el resultado de la primaria y de la batalla final en noviembre del próximo año. ¿Qué tienen para ofrecerle al país?

En quinto lugar, surge el hecho –evidente- que la competencia no sólo será entre ellos, sino también habrá fuego cruzado con los candidatos opositores y sus coaliciones, sobre todo, con el “factor Bachelet”; la principal amenaza para sus aspiraciones de seguir en La Moneda. Este hecho, sin duda, va a tensionar la competencia interna del oficialismo al enfrentarse a una competencia doble entre ellos y con la oposición.

La competencia será larga, muy larga; a pesar de todo, quizás no era mala idea seguir en el gabinete.  Es lo que hay; la política de la no política siempre será reactiva.

Por González Llaguno

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