La franja sur del Líbano, comprendida entre la frontera y el río Litani, se ha convertido en el nuevo escenario de una receta de destrucción, desplazamiento y ocupación que ya fue aplicada por Israel en Gaza.
Lo que durante meses fue una hipótesis barajada por analistas y organismos internacionales, dejó de serlo el pasado 24 de marzo. El anuncio del gobierno del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu confirmó lo que los patrones de ataque ya evidenciaban la ocupación militar de esta zona, que representa aproximadamente el 10% del territorio libanés, no es una incursión temporal, sino una estrategia en marcha que busca redibujar las fronteras a base de violencia sistemática.
Según consignó el medio digital Spanish Revolution esta operación, que despliega una mecánica bélica ya vista en la Franja de Gaza, combina tres ejes fundamentales: bombardeos masivos, el desplazamiento forzado de la población y la destrucción sistemática de las infraestructuras.
Localidades fronterizas como Kafr Kila, que durante años han sufrido un desangre demográfico constante, son ahora el epicentro de una aceleración del vaciamiento territorial. En las últimas semanas, los ataques no se han limitado a posiciones militares, sino que han alcanzado también carreteras, hospitales, redes hídricas y viviendas. Lejos de ser daños colaterales, se trata de un patrón operativo que replica el modelo aplicado en Gaza: primero se destruye lo esencial para la supervivencia, luego se obliga a la población a huir, allanando el camino para la ocupación.
Un patrón histórico que desmonta la excepcionalidad
Para comprender la magnitud de lo que ocurre en el sur del Líbano, es necesario situarlo en un contexto histórico que echa por la borda cualquier argumento de excepcionalidad. La postura del régimen sionista hacia Líbano no es nueva ni coyuntural. Desde la creación del Estado de Israel en 1948, el sur del territorio libanés ha sido escenario de invasiones en 1979, 1982 y 2006, sumado a una ocupación prolongada que se extendió entre 1985 y el año 2000.
Durante ese periodo, la alianza con milicias locales no solo implicó control territorial, sino que derivó en episodios de extrema violencia contra la población civil.
Al respecto, el artículo de Spanish Revolution recordó las masacres de Sabra y Shatila, donde fueron asesinadas 3.500 personas civiles, dejando en claro que «no es un episodio aislado, es una continuidad.”
Esta menciones sirven como un recordatorio de que la devastación actual no es una anomalía dentro del conflicto, sino la manifestación más reciente de una continuidad histórica de expansión y control.
Expansión sionista bajo el paraguas de la “seguridad”
En su discurso oficial el régimen sionista intenta enmarcar sus operaciones dentro del derecho a la legítima defensa. Sin embargo, tras el análisis de las acciones militares sobre el terreno se puede descifrar que el objetivo de neutralizar a Hezbolá parece ser solo una parte de un plan más amplio que busca redibujar las fronteras de manera unilateral.
El medio digital destacó que este concepto, conocido como el “Gran Israel”, tiene raíces tanto religiosas como políticas y propone la expansión territorial sobre países vecinos.
Planteó que aunque pueda parecer una noción marginal en el debate internacional, diversas declaraciones de dirigentes israelíes lo han situado en el centro de la discusión política. «No es necesario asumirlo como dogma para observar sus efectos prácticos: ocupación progresiva, fragmentación del territorio vecino y debilitamiento estructural del Estado libanés», explicó.
El precedente inmediato que confirma esta intención expansiva se encuentra en el comportamiento posterior al alto el fuego firmado en noviembre de 2024 entre Israel y Hezbolá. Lo que se presentó como una tregua se tradujo en una pausa operativa. Según los informes de la misión de la ONU en Líbano (UNIFIL), en el año posterior al acuerdo se registraron 11.400 violaciones del alto el fuego, la inmensa mayoría provenientes del lado israelí. La escalada definitiva se desencadenó tras el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero, un evento que intensificó el conflicto en Medio Oriente.
Hezbolá respondió con bombardeos contra el norte del territorio israelí el 1 de marzo, y el gobierno de Netanyahi respondió con misiles lanzados hacia todo el territorio libanés, incluyendo zonas donde se registra la presencia del grupo armado.
«El resultado es una guerra que ya no distingue entre objetivos militares y la población civil», alertó Spanish Revolution.
Destruir para desplazar: el modelo Gaza se exporta al Líbano
La brutalidad de la nueva fase de la guerra se refleja en las cifras, que evidencian una asimetría no solo en capacidad militar, sino también en términos humanos y estratégicos. Mientras que el lado israelí ha registrado la muerte de un civil, las autoridades sanitarias libanesas contabilizan más de 1.100 personas fallecidas. Sin embargo, la magnitud de la estrategia va más allá de las bajas mortales.
Israel ha roto deliberadamente la narrativa de una ofensiva selectiva contra Hezbolá atacando municipios de mayoría cristiana, como Aitou, demostrando que ninguna comunidad está a salvo.
Pero el golpe más demoledor contra la estructura del sur del Líbano ha sido la destrucción de los 15 puentes que cruzan el río Litani desde el 22 de marzo. Esta acción, que aísla completamente la región sur del resto del país, fue acompañada de una orden militar de evacuar y una amenaza por parte del ejército israelí de que cualquier movimiento al sur del río pondría en peligro la vida.
“Esto no es una advertencia. Es un mecanismo de expulsión”, enfatizó el artículo, resumiendo la lógica operativa que convierte la destrucción de infraestructuras de conexión en un instrumento para forzar el éxodo masivo.
Las consecuencias humanitarias son catastróficas y de una magnitud desbordante para un país de las dimensiones del Líbano, que cuenta con apenas 10.400 kilómetros cuadrados y una población de 5,3 millones de habitantes. Según datos de ACNUR, cerca de un millón de personas han sido desplazadas internamente, de las cuales 340.000 son menores de edad. Las ciudades del norte, especialmente Beirut, enfrentan una saturación fuera de límite, ya que se registran casos de familias enteras que se han visto obligadas a dormir en las calles, vehículos y en refugios improvisados.
A este escenario se suma un ataque directo contra recursos básicos incluyendo infraestructuras hídricas que han resultado destruidas; así como la contaminación de tierras agrícolas, afctando el cultivo de alimentos.
Como señaló el análisis, bombardear infraestructuras hídricas no debilita a una milicia, sino que condena a la población a la sed. Destruir hospitales no es una estrategia militar convencional, sino un ataque directo a la supervivencia de los heridos y los enfermos.
“Vaciar un territorio no es un efecto colateral. Es el objetivo” , planteó, desnudando la esencia de la estrategia aplicada por Tel Aviv.
La impunidad como facilitadora de la guerra
La comparación entre lo que ocurre en Líbano y lo que ya ocurrió en Gaza ha encendido todas las alarmas, tomando en consideración que la destrucción masiva le permitió el régimen sionista obtener control de más de la mitad del territorio.
En Líbano, el proceso sigue exactamente la misma receta de destrucción: primero el bombardeo indiscriminado que destruye la infraestructura civil, luego la orden de evacuación que convierte a la población en desplazada, y finalmente la ocupación militar del terreno vaciado.
Todo este proceso se desarrolla en un contexto de impunidad internacional que resulta determinante para su continuidad. Las resoluciones de Naciones Unidas, que llevan décadas siendo ignoradas sin consecuencias, evidencian la fragilidad del derecho internacional humanitario. Cuando este marco legal se convierte en papel mojado, no es respetado la guerra deja de ser un recurso excepcional para convertirse en política de Estado.
Aunque el discurso del régimen de Netanyahu sigue apelando a la seguridad como justificación última, la evidencia sobre el terreno sugiere que la seguridad de unos se está construyendo sobre la expulsión y el sufrimiento de otros
“Porque cuando un Estado bombardea hospitales, destruye infraestructuras civiles y desplaza a un millón de personas, ya no está defendiendo sus fronteras: está redefiniéndolas a base de violencia” , concluyó el artículo de Spanish Revolution, sintetizando la transformación de un conflicto armado en un proyecto de reconfiguración territorial por la fuerza.
Mientras no existan consecuencias reales para las violaciones sistemáticas del derecho internacional, la “receta” de destrucción, desplazamiento y ocupación aplicada por Tel Aviv seguirá exportándose de un territorio a otro, redefiniendo fronteras y condenando a poblaciones enteras al éxodo y el sufrimiento.
